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Tags: Opinión · Opiniones de un paisano · Mario López
Qué tiempos aquellos


Mario López


Mario López Mario López
domingo, 30 de enero de 2011, 00:50
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Qué tiempos aquellos en los que el hombre no aparecía por casa y ella le guardaba ausencias con la pata quebrá. Aquellos días en los que, a la primera de cambio, el maromo le soltaba a la chorba un guantazo, apostrofando: "Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle". Eran tiempos plácidos para hombres como Jaime Mayor Zaragoza, tiempos en los que los próceres que ahora son amueblaban la cabeza en los colegios de El Pilar, Rosales o Santa María de las Nieves, a capón limpio, sobredosis de espíritu nacional, con la Lobito aparcada en la puerta, el loden de uniforme y los relucientes "castellanos" con borlitas, hechos a medida, por calzado. Comiendo con ministros del Régimen, empresarios y banqueros, aprendían los retoños que el pueblo español no estaba preparado para la democracia y que el enemigo lo teníamos en casa (la servidumbre, se entiende). Medio país callaba, amordazado por un miedo que ya se había hecho crónico, mientras hacían encaje de bolillos para meter en la olla un triste muslo de gallina. En los hospitales, curas, monjas, médicos y matrimonios estériles de "buena familia" robaban los niños de los obreros en los paritorios (y luego acusaban de ello a los gitanos), desgarrando de dolor a sus pobres madres. La población civil tenía que solicitar el certificado de buena conducta para salir al extranjero; certificado que era dispensado por el párroco y la guardia civil siempre y cuando el solicitante hubiera asistido todos los días a misa. Siempre que pasaras por delante de una iglesia tenías que santiguarte, a los curas había que besarles la mano como a las señoras y en Semana Santa no se podía cantar. Los señoritos violaban a las criadas, las preñaban y las hacían abortar con agujas de hacer calceta. Los homosexuales eran encerrados en presidios, aplicándoles la ley de vagos y maleantes (les llamaban invertidos), y te podías quedar ciego si te la tocabas. La juventud, en general, tenía que solicitar permiso a la policía para hacer un guateque en casa. Y los hijos de los caciques, en particular, tomaban las discotecas de los pueblos para ellos solos, privando de ese pequeño solaz al resto de sus paisanos. Qué tiempos aquellos de sotanas y tricornios; de criadas con cofia y mutilados de guerra. De vacaciones en Torrelodones, los Peñascales, los Molinos, la Granja... Y el NO-DO.

Qué tiempos aquellos en los que al alucinado jefe de Estado, que se creía padre de todos los españoles y se paseaba bajo palio, se le homenajeaba en el Teatro Calderón el día de su cumpleaños, con las espeluznantes actuaciones de Raphael, Lola Flores y Manolo Escobar. Qué extraordinario elenco, cuando la inmensa mayoría de la intelectualidad se hallaba exiliada en el extranjero o criando malvas por las cunetas de todo el país. Aún recuerdo en 1977 a Goyo Ruíz-Jarabo, cabeza de lista por Fuerza Nueva en Cuenca, subido en el balcón del Ayuntamiento de Garcinarro haciendo campaña electoral: "Y si queréis seguir comiendo, ya sabéis a quien tenéis que votar; los perros no muerden la mano que les da de comer". Sí señor, eso es un programa político, social y democrático, como dios manda.

Pues ahí siguen ellos, dispuestos a inundar de confesionarios el parque del Retiro. Ellos que todavía no han confesado ni una sola de sus infamias, ni las pretéritas ni las presentes. Y, para colmo de desgracias, en un parque en el que hasta ahora los únicos secretos que se han venido guardando son secretos de amor. Y todavía tenemos que oír decir a los cavernarios reformistas de la historia que la dictadura fue algo estupendo. Con dos pares.

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