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Tags: Opinión · Disyuntiva · Rafael Pérez Ortolá
Tindaya simbólica


Rafael Pérez Ortolá


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
sábado, 29 de enero de 2011, 00:00
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En ocasiones tenemos delante una realidad sin que nos apercibamos de ella; incluso la definimos con mil palabras, sin que consigamos adentrarnos en su meollo. Ese carácter evanescente no disminuye su presencia, a veces refuerza sus potenciales atributos. El amor, la felicidad, los orígenes de los hombres y del mundo, el mal, la capacidad de comunicación entre las personas, figuran con frecuencia como entes ambiguos y escurridizos, se constituyen como SÍMBOLOS. Todos afirmamos su existencia, aunque en la práctica no somos dueños de sus influencias. Permanecen como propiedades lejanas y próximas a la vez, con unos límites imprecisos e inseparables del ser humano. Su fuerza radica en esa permanencia superadora de los avatares diarios.

Una de las ideas matrices del incomparable artista vasco Eduardo Chillida es la de los ENCUENTROS. Sean derivados de la combinación de los diversos materiales con las fuerzas físicas actuantes en el Universo, provengan de los cruces de todo el conglomerado cósmico con la presencia humana; o bien entren en escena como el colofón lógico representado por la llamada de lo artístico, en este caso escultórico, que clama por el intercambio humano de experiencias, en un diálogo respetuoso entre las personas. Cuando se suman todos los elementos mencionados, el diálogo estará ceñido a las experiencias radicales y a los mejores conocimientos. El muestrario de los ambientes sociales en alza, atiende con preferencia a las realidades mostrencas sin ningun ánimo reservado para las búsquedas tenaces; suponen una obcecación de poco lustre. Por contraste, los encuentros bien orientados se convierten en una carencia chirriante.

Los lugares naturales suelen quedar marcados por los sucesos acaecidos en ellos. Obervaremos así los grandes prodigios o las catástrofes naturales, como las significativas intervenciones de los humanos; fijados en una serie de señales características. En Fuerteventura, la montaña de TINDAYA constituye una de estas ubicaciones, ejerció de aglutinante para los antiguos pobladores,”los majos”, que grabaron en sus grutas los “podomorfos” de dudoso significado. ¿Por qué se la denominó la montaña de las brujas? En épocas posteriores se explotó como cantera para la extracción de traquita, material muy apreciado en la construcción ornamental. No cabe duda, la riqueza arqueológica del entorno, las peculiaridades de la flora y de la fauna, componen un núcleo digno de respeto.

En dichos parajes se centró la famosa INSPIRACIÓN escultórica de Chillida, la creación de un espacio vacio dentro de la montaña, con aperturas estratégicas para la luz solar; todo un espacio liberado para el ensamblaje de individuos y universo, un lugar para la comunicación. Verdadero símbolo del diálogo sin cortapisas artificiosas. Visto así, no vendría mal, no, una Tindaya en cada montaña, en cada llanura, en los armatostes generados en las ciudades, en los pueblos pequeños, allá donde al menos coincidan 2 personas. Hablamos de fuerzas colaboradoras, palabras sentidas, debates, contactos, contrastes; como relieve de una vitalidad que no debiera ser amortiguada. La mencionada inspiración fue un sueño de superación ante los sucesivos aislamientos; un toque de atención, para invitarnos a la recuperación de una comunicación franca, con el intercambio de pareceres diferenciados. Es la reivindicación de un espacio dispuesto para la reposición del bagaje anímico y racional preciso para la convivencia.

Uno de los problemas acuciantes, tanto antiguo como moderno, sigue sin solución a la vista. Me refiero a las GRIETAS del MAL. Con qué facilidad se agrandan. Si observamos los regueros de la humedad en una cueva, de la misma manera se filtra el mal por los resquicios minúsculos, entre las voces, a través de los roces personales, agarrado a las palabras puntillosas, como acompañante de las miradas torcidas o aupado sobre las maniobras veladas. Desde los indicios a las maldades, proliferan sin una explicación satisfactoria. Evidencian la incapacidad para el buen encuentro comunitario; más aún, lo emponzoñan a ritmos acelerados. Si son pequeñas deviaciones, pasan desapercibidas o no se las valora; darán paso a los peores comportamientos. Los ambientes crispados potencian la crueldad de unos tiempos abrasados por tendencias ruínes. Se infiltran en las familias, poblaciones, barrios, aglomeraciones y en las cercanías de las neuronas.

Los dislates son enormes a la hora de los supuestos debates; en teoría racionales, devienen en un vocerío sin sentido que distorsiona la urdimbre social. No es suficiente con el espacio para colocarse, se precisa la disposición adecuada para la valoración de los diferentes puntos de vista. ¿Sabremos aprovechar los foros para una asimilación fructífera de las circunstancias? Si no fuera así, ¿De qué servirán entonces los lugares de encuentro? Entre otras cosas, se pierde aquella espontaneidad para la participación del individuo. Unas veces por negligencia, al no esforzarnos en una comprobación de los mejores argumentos. Las disciplinas de los partidos políticos, la cerrazón de las instituciones y ese nefasto criterio de lo políticamente correcto a pesar de otras argumentaciones; contribuyen a la ASFIXIA progresiva de la deliberación, sin ella progresa la mediocridad servil y se favorecen las actitudes caciquiles. Precisamente, abundan los intentos impositivos con este sentido totalitario. En la presente legilatura se sirvieron leyes doctrinarias y uniformistas de cara a la educación, se carga contra los pensionistas cuando se continua con porcentajes mayoritarios de prejubilaciones. Abundan los impuestos y prohibiciones arbitrarios, por no considerar las particularidades.

Sobre aquella visión artística de Chillida, al menos removeremos la inteligencia con una cierta añoranza, con algun revuelo interior. El anhelo de un diálogo constructivo nos hace ver con mejores ojos la propuesta, volveremos a la idea simbólica de Tindaya. En esa idea se asienta la indeterminación de la Naturaleza, como reflejo de las grandes variables cósmicas, verdadera encrucijada de luces, ondas y presiones; en esa inmensidad de la que no podemos sustraernos. Se trata de una apertura radical, desde el fondo íntimo de cada persona, dirigida sin impedimentos extraños hacia el amplio horizonte de las posibilidades. Los forzamientos y componendas no entran en este estilo que se acerca al flujo de la naturaleza. Aunque esta vez se añade una velada CURA de HUMILDAD, la de sentirnos empequeñecidos al somarnos a las dimensiones inalcanzables. ¿Dónde situaremos la frontera? ¿Alguna vez captaremos el equilibrio indispensable para nuestra presencia digna? Chillida nos abre grandes ventanales, señales inequívocas de las perspectivas. Destaca la ubicación de cada partícula de los materiales y las opciones de una captación individual o colectiva. ¿Pasaremos de largo? ¿Tenemos aspiraciones concordantes? El envite estará presente en cada pálpito de vida, en cada persona.

La resonancia de las malas maneras, de la crispación o de las agresiones directas; reflejan un predominio desgraciado de las componendas de un egoismo desbocado. La iluminación artística nos impulsa hacia una panorámica centrada en las esencias vitales, con amplios espacios para la concordia y la ilusión.

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