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El lorito Epulón
Ángel Ruiz Cediel
Cada vez que se le pregunta a cualesquiera de sus holgazanas señorías parlamentarias sobre el porqué de un oneroso o exagerado gasto, replican: “Eso es el chocolate del loro.” Y puede ser que lo sea en el conjunto de los gastos del Estado, pero extraña un poco lo que come este loro, que al paso que va nos arruina, seguro. Será, a lo mejor, que éste no es un país tropical y que debido a sus fríos extremos el loro precisa acumular más calorías, pero se nos va a poner como un capón, como poco, o como un pterodáctilo. Quizás, lo que convendría es que, en vez de loro, tuviéramos un gorrión, o incluso un jilguero, que son especies más autóctonas y, desde luego, más adaptadas a nuestra economía: con un poquitín de alpiste, basta y sobra.
Pero así está la cosa: que si los expresidentes se llevan un pastazo por poner al servicio de las depredadoras multinacionales los saberes y relaciones que han acumulado mientras les pagábamos otro pastazo, más la vida de regalo, parabienes y superpensiones jubilatorias (sin 67 años de edad, ni 41 de cotización, ni nada), pues ya saben, “es el chocolate del loro”, y se quedan tan panchos; que si sus indolentes señorías se jubilan con una pensión que para qué cuento con apenas unos añitos de darse la vida más cómoda imaginable, pues “el chocolate del loro”; que si un dineral mensual libre para gastos en lo que quieran, pues “el chocolate del loro”; que si sus ociosas señorías se llevan otro pastazo por pegarse la vida padre mientras están en supuesto activo (ya saben, apretar el botón que les digan), pues “el chocolate del loro”; que si teléfonos móviles para uso y vacile de sus perezosas señorías, pues “el chocolate del loro”; que si tarjetas Visa-oro para sus haraganas señorías, pues “el chocolate del loro”; que si extras para sus negligentes señorías, que si primas (y cuñadas, y parientes, y coleguis, y troncos, y tal), pues “el chocolate del loro”; que si subvenciones a cejilleros, agrupaciones compradas, amiguetes del cina, sindicatos, ongs, empresas de conocidos o testaferros, y tal, pues “el chocolate del loro”; que si coches oficiales, desquicios varios, leyes improvisadas, cafelitos, representaciones, vestuarios, mandangas y gastos onerosos de vacile al personal paganini, pues “el chocolate del loro”; que si créditos a ninia de su inútil señoría, subvenciones cajeras y todo eso de las comunidades, ayuntamientos y empresas paraestatales, pues “el chocolate del loro”; que si sus gandulas señorías hacen viajes a todo tren, se llevan a las prendas de sus entretelas, les otorgan dietas, les pagan los viajes de casa al parlamento u hoteles de mucho lujo para que vivan como en casa y tal, pues “chocolate del loro”; que si televisiones públicas a tutiplén con la pasta de los trabajadores (hasta 6 en una sola comunidad con la densidad de población de un pueblo deshabitado), pues “el chocolate del loro”; que si incorporar a la peña de cada negligente señoría a la Administración, e incluso blindar sus contratos con unos sueldos de toma pan y moja, pues “el chocolate del loro”; que si formar vivales con cargo al Estado para que en cuanto puedan pedir la excedencia y/o colocarse en la empresa privada, pues “el chocolate del loro”; que si autorizar impuestos excesivos, IVAs, cánones mafiosos de trabuco naranjero, multas de recaudación en B, subidas de precios de atraco y tal, pues “el chocolate del loro”; que si gastan fortunones en cursos de formación que ni existen siquiera, pues “el chocolate del loro”; que si pasta por aquí, pasta por allá para que sus pasivas señorías, sus sindicatos y sus truculentas agrupaciones no se agiten y también vivan como maharajás, pues “el chocolate del loro”; que si un pastazo de miles de millones para comprar las voluntades de las autonomías, pues “el chocolate del loro”; que si… ¡Joder con el loro! Esto es gula. A este loro hay que despedirle enseguida. No, no; mejor, mucho mejor, sacrificarle y pegarnos una panzada con él, que seguro que hay pechuga para todos porque tiene ya el tamaño de un pterodáctilo, ya digo: total, que se trasiega entre un veinte y un treinta por ciento del PIB entre pan, y hasta se queda con hambre.
Sus maulas señorías deben haberse vuelto locas, al menos lo bastante como para que el señor Durán i Lleida (que está en el Parlamento nacional sólo por el truco del almendruco de la Ley de D´Hont) se queje de que imponerles a sus apoltronadas señorías restricciones económicas a su vida de lujos y desenfrenos a costa de los contribuyentes, es ni más ni menos que convertir a sus zánganas señorías en mendicantes. Su mendacidad y morro chotuno, como se ve, son extremos. Y no, no es eso, sino que lo que dilapidan convirtiendo el Estado en un cortijo personal y su vida profesional de pelafustán despelote en un estar como en el Caribe con mulata y todo, para ellos es “el chocolate del loro”. Y es que no hay delicadeza, porque mira que darles este disgusto a sus gandulas señorías justo después de pegarse más de un mes de vacaciones navideñas pagadas, comiendo turrón a base de bien y tomando cava a destajo (pagamos nosotros), es que no es de recibo. ¡Criaturitas!... Los hay, ya se ve, que no tienen corazón, y que les echan en cara a esta sarta de ronceros, buenos sólo para conchabar, trincar de donde sea y cargar con más y más y más y más impuestos a los contribuyentes, que se gasten…, na´, “el chocolate del loro”, que al caso son apenas unas centenas de miles de millones de euros entre unas cosillas y otras. Una miajica, como aquél que dice.
¡Un asado es lo que hay que hacer con el loro ése en España! Un buen asado, acompañarlo de un buen vino, y saciar el hambre que ya cabalga por distintas partes de los solares patrios de España, porque estos gansos y estos ociosos comodones de sus señorías se han cargado las ayudas otorgadas a quienes sufren y han prolongado la vida laboral de los que… trabajan (eso que sus candongas señorías ni saben lo que es), pero entretanto ellos se pegan una vida que es pecado de los gordos sólo imaginarlo. Esta golfería parlamentaria, política e institucional debe terminar ya, o el lorito Epulón (como Epulones son sus indolentes señorías), ya sin chocolate, termina por deglutirnos a todos o por producir un estallido social como ni siquiera pueden sus tardas señorías imaginar. Estamos hartos del lorito Epulón, hartos de sus Epulonas señorías, hartos de que tanto vago viva a nuestras expensas y hartos de que estos moliciosos se crean que en España tienen barra libre.
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