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La memoria de los verdugos

Blanca Álvarez
Redacción
jueves, 20 de enero de 2005, 10:36 h (CET)
Los verdugos gozan de excelente memoria cuando ejercen su trabajo desde la bendita poltrona del poder; cuando lo pierden, alegan demencia senil, como Pinochet, o desfallecimiento crónico y cómico como el asesino Scilingo, quien no hace tanto hablaba del modo en que se lanzaba al mar desde los aviones a los prisioneros civiles argentinos: apenas dopados y bendecidos por un cura, se iban directos al fondo del océano. Entonces, Scilingo lucía bigote tanguero y la hermosa calma que asegura contar con la verdad y la razón de su parte. Después, en el juicio, se aferraba a una manta y dejaba el cuerpo blando, de babosa moribunda, con los ojos cerrados y el gesto amargo del verdugo atrapado.

La historia la escriben los verdugos victoriosos. Cuando son derrotados, al cabo de unas décadas, sus hijos, aprovechando las ventajas de la democracia, reescriben sus crímenes a mayor gloria de la mentira universal: Le Pen afirma que los nazis evitaron muertes inocentes y que Auschwitz tenía más de balneario que de crematorio. Claro que también los príncipes británicos acuden a fiestas de disfraces con la esvástica en el brazo y la nariz roja por el alcohol. Incluso nuestro Fraga, con su lengua de trapo acelerada, reescribe las causas que originaron nuestra triste Guerra Civil: la cosa no fue un levantamiento militar, sino una cabezonería socialista.

Los verdugos se autogeneran una curiosa memoria y tratan de introducirla en nuestras neuronas utilizando incluso los recursos de una democracia que jamás desearon: libertad de prensa, libertad de expresión.

Cuando la mierda de sus tropelías sale a luz, los Grandes Verdugos utilizan a sus peones para representar la farsa de un juicio rápido y una condena que tranquilice nuestras conciencias: al soldado Charlie le caerán diecisiete años por las fotos de sus torturas en Irak; el juicio duró tres dÌas. Su compañera, la soldado Lynndie, también será condenada. La prensa se recrea en el hecho de que estos dos peones torturadores, tras las sesiones a los iraquíes, se lo montaban en plan sexo y el fruto es el niño parido por la soldado Lynndie.

A los verdugos-jefes, que programaron la tortura, ni los roza la justicia, siguen gobernando y manipulando la historia que un día esperan escribir a mayor gloria de sus tropelías. A Donald Rumsfeld ni lo rozan. Será por su parecido con el pato Donald, y ya se sabe que los yanquis son muy cuidadosos con sus héroes nacionales.

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