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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Torquemada Club


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 25 de enero de 2011, 09:10
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Cada club tiene unas condiciones particulares para aceptar nuevos miembros, y las del Torquemada Club son que éstos sean particularmente intransigentes con los sus semejantes, partidarios de la censura carismática e incondicionales devotos de la fundación de sedes religiosas (checas) en las que obtener mediante torturas las confesiones de conducta inapropiada o pecaminosa de los sospechosos de herejía ideológica ante los santos tribunales de pureza de credo stalinista.

Torquemada, su adalid y maestro, no militó en el PSOE, pero como si lo hubiera “hacido”, dicho en palabras de la ministra Pajín. Para los miembros de su Club, sin embargo, es una fuente de inspiración y un modelo de recto proceder, aunque, ¡pobre!, estuviera equivocado en su credo, demasiado avanzado el sociata, quizás, para su época de, o moros, o judíos, o cristianos. Sin embargo, y como les ha legado toda su memorable técnica de investigación, método y control de la población, pues le han perdonado sus ligeros equívocos y le han puesto su insigne nombre a este Club que pretende la pureza dogmática del credo sociata-stalinista que se afanan en implantar en España. Como tiene que ser, ni más ni menos, en esta tierra de librepensadores en la que algunos se han creído que libertad es algo que se puede aplicar, y mucho menos disfrutar, fuera del asfixiante redil en que los del puño y tal les han puesto.

Sobre el suelo adamado de la logia de Torquemada Club, los hermanos, ataviados de sus hábitos domingueros –que no dominicos-, se reúnen, todos ellos con el rostro velado por capirotes de verdugos –que no de nazarenos o de penitentes- o de los capuchones de la Orden, con el rosario de su Fe –cada una de cuyos abalorios representa a un real decreto o a una ley liberticida promulgada a contraEspaña y contraconstitución- entre las manos, y con sus semblantes estigmatizados por un inefable rictus de impiedad contra los derechos civiles. A tétrico y solemne paso procesional, mientras se riza en la viciada atmósfera de hedentina infernal los bemoles de sus gregorianas internacionales de mística crucífera invertida, rodean al siniestro maestro del que pende la estrategia doctrinal, se detienen ante el trono que representa la crudelísima dictadura a la que aspiran y, por fin, guardan silencio para escuchar las palabras del dómine del Interior, quien les insuflará nuevos bríos y les dará las consignas para la siguiente escalada de crispación, no sin relatarles, antes de concluir su exordio, los logros contra los derechos ciudadanos conseguidos en loor de su fe de huesos, paseíllos y calaveras, y dibujarles un alegre escenario en el que ya podrían atisbar las trincheras y los campos ensangrentados. Y, por fin, concluido el concilio en la parte de liturgia en la que le ofrendan sus alcanzaduras al siniestro señor de la tinieblas, suenan cítaras y claricémbalos, laúdes y pandoras, rabeles y chirimías, y todos, remangándose sus hábitos o despojándose de ellos, se entregan a la orgiástica de sus misterios, danzando dichosamente y copulando con fruición en honor de su santo fundador. Aquí, el jadeo placentero por el dolor causado a la ciudadanía; allá, el ñiquiñaque que les barrunta la dopamina por los venideros resultados de su próxima añagaza; acullá, la danza macabra de quienes alcanzan el trance de comunicar con su señor de los abismos; y por todos lados, entre la sádica libídine de de su tenebrosos ritos individuales, un grupo de fanáticos devotos sacrifica otro poco, en los múltiples artilugios de tortura, a la púber Libertad, viciándola con los estupefacientes de sus delirios e infamándola con el falo que representa al gran Macho Cabrío que les representa.

Es un divertido Club de amigos de lo siniestro y el martirio legal, de partidarios de mucho madrugar para ver a cuántos ciudadanos más subyugan con su orgiástica, porque todo está medido y bien medido por su negro señor, al que ahora llaman El Moreno, no sea que se ofenda con términos discriminatorios. Un Club, dudoso, adempero, al que, si tuvieran alguna voluntad fuera de la ciega obediencia de logia que se les exige, bien sabrían que no deberían ingresar, simplemente porque admiten a miembros de su catadura, transliterando las palabras de Groucho Marx, quien sólo era marxista de sí mismo. Lo ignoran, claro, porque no son muy listos, sino sólo liberticidas; pero deberían estar al tanto. Bastaría con que se fijaran en la Revolución Francesa y en cómo retribuyeron sus camaradas de entonces a Robespierre, Louis Saint-Just y Goerges Couthon los servicios prestados: disfrutaron tanto éstos con su sadismo desenfrenado y sus afeitados en seco, que finalmente terminaron por perder la cabeza.

Bienvenidos, pues a Torquemada Club. Quien sea partidario de la mordaza civil, las prohibiciones arbitrarias y la conculcación de los derechos civiles, tiene en estas fechas un abono especial para hacerse miembro de honor. En la calle Ferraz, tiene Torquemada Club su delegación administrativa.

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