|
Un Senado poliglota
Rafa Esteve-Casanova
“La riqueza de las modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”, así reza textualmente el apartado 3 del artículo tres de la Constitución española aunque en el primer apartado del mismo artículo los legisladores de la transición ya dejaron claro que “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla” y por si a alguien le quedaba alguna duda de sus intenciones en el apartado 2 del mismo artículo tercero se otorgaba graciosamente la cooficialidad a las lenguas distintas del castellano pero tan sólo en el ámbito restringido de las CC.AA. La verdad es que en cuestiones de derechos la Constitución suele quedarse en simple papel mojado y para muestra tan sólo citaré dos de los derechos que, supuestamente, tienen todos los españoles como son el del trabajo y el de una vivienda digna, dos derechos que son conculcados cada día sin que nadie diga nada.
El Partido Popular está a la que salta para aprovechar la más mínima ocasión y darle “leña al mono” aunque desde hace pocas semanas el mono se ha duplicado y sus ataques tienen que dirigirse en dos direcciones, hacia Rodriguez Zapatero y hacia Rubalcaba, lo mismo les da tomar el rábano por las hojas y acusar a Zapatero de la muerte de Manolete que señalar con el dedo acusador a Rubalcaba como culpable de la agresión que sufrió uno de los suyos en Murcia, todo vale con tal de llegar a Moncloa y aposentar sus posaderas en los mullidos sillones de la sede de Presidencia del Gobierno. Esta semana la ocasión para el vapuleo gubernamental ha sido la utilización de las lenguas propias de las CC.AA en el Senado. Como muchos de los políticos españoles, con contadas excepciones, suelen ser bastante negados para los idiomas necesitan del servicio de traducción para entender a los senadores que hablan vasco, gallego y catalán y los seguidores de la gaviota han apuntado sus cañones de matar moscas hacia el coste económico de los trujamanes.
Pero escondida entre la protesta económica anidaba su españolismo centralista y unitario y buena prueba de ello es que los senadores políticos de CC.AA en las que se habla una lengua diferente al castellano utilizaron la lengua española en sus intervenciones siguiendo las directrices emanadas desde la calle Génova que no eran otras que “todos en castellano” y se dedicaron, con el acompañamiento mediático de sus voceros de la “Brunete mediática”, a denostar el que senadores de otras lenguas las utilizaran. El caso más flagrante fue el del senador del PP valenciano José María Chiquillo que debe su cargo a haber ejercido de topo de los populares en las filas de Unión Valenciana hasta conseguir la desaparición de los escaños de esta formación. Cuando Chiquillo militaba en el PP era un fiel defensor del valenciano, eso si anteponiéndolo al catalán ya que toda la base de aquel partido de la más extremada derecha regionalista consistía en hacer creer a sus votantes que Catalunya perseguía anexionarse el País Valencià. Les salió mal la jugada, los votantes prefirieron votar al original antes que a una mala copia y se decantaron por la enseña de la gaviota que también utiliza ardides del mismo estilo para embaucar a sus votantes.
Pero todo este lío no es nuevo. Ya en 1988 el senador de CiU Joaquim Ferrer presentó ante el Senado una moción para que se pudieran utilizar en sus reuniones las otras lenguas españolas, como las ha calificado Zapatero, la entonces Mesa del Senado, presidida por un militante del PSOE se negó a aceptar la moción por considerarla contraria a la Constitución española. El senador catalán no se detuvo ante la negativa y llevó su protesta ante el Tribunal Constitucional quien en Sentencia 205/1990 de fecha 13 de Diciembre de 1990 estimó su recurso de amparo declarando nulos los acuerdos de la Mesa del Senado. Ya ha llovido desde entonces y las cosas han seguido igual durante todos estos años excepto en alguna ocasión en la que se ha hecho la merced a los senadores de las CC.AA. con lengua propia de dejarles utilizar durante alguna sesión excepcional su propia lengua, aquella en la que aman, trabajan y viven.
Pero no ha sido tan sólo la derecha la que ha arremetido contra la utilización de otras lenguas en los nobles salones senatoriales. Alfonso Guerra, Presidente de la Comisión Constitucional del Congreso, tampoco ve como buenos ojos que se hable en otras lenguas en el Senado, Guerra sigue fiel a sus principios, es un jacobino redomado que nunca vio con buenos ojos el Estado autonómico, y aunque luzca en su solapa la insignia del puño y la rosa, por cierto bastante ajada en los últimos tiempos, su pensamiento es tan centralista en muchos aspectos como el de sus enemigos políticos de la bancada de la derecha.
Lo importante, con serlo, no es la utilización o no de otras lenguas en el Senado, la verdadera discusión que los políticos en ejercicio deberían llevar a cabo es preguntarse para qué sirve esta cámara territorial que en sus largos años de vida ha demostrado no servir para nada, al fin y al cabo si alguna vez desestiman alguna de las disposiciones legales que les llegan desde el Congreso de los Diputados sus votos tan sólo sirven para que vuelva la Ley al Congreso donde será aprobada sin duda alguna. Generalmente, también con excepciones, los partidos políticos suelen enviar a los escaños senatoriales a políticos en horas bajas o que ya han dado todo su rendimiento en otros ámbitos de la política, los envían a unas vacaciones muy bien pagadas, algunos aprovechan, como Fraga Iribarne, las sesiones para dormitar una corta siesta ya que cuando hay que votar con mirar los dedos de la levantada mano del jefe de filas ya saben que botón apretar. Una y otra vez en cada legislatura se está perdiendo la ocasión para eliminar el Senado, una institución que no presta ningún servicio a los españoles y que, esa si, cuesta mucho dinero. Pero nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato pues se quedarían sin ese balneario para clases altas que es el Palacio de la Plaza de la Marina Española. Mientras esto sucede podrían aprovechar el tiempo e instaurar clases de vasco, gallego y catalán, tal vez algo de inglés tampoco les vendría nada mal, así no tendrían que ponerse el pinganillo ni cuando están en el Senado, su casa, ni cuando salen a visitar alguna institución extranjera.
|