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Con los dedos en el enchufe
Ángel Ruiz Cediel
No sé si la energía eléctrica será nuclear o no, pero vivir en España bajo el imperio del PSOE es hacerlo como si tuviéramos los dedos metidos en el enchufe. Cosa fantástica, oiga, porque el cardado de cabello es automático y vamos todos con los pelos como Einstein, cual si se nos estuvieran ocurriendo brillantísimas ideas. Pero no; no es la Teoría General de la Relatividad lo que se nos ocurre, ni siquiera la Especial, sino que simplemente echamos chispas como una bola de Faraday porque nos estamos electrocutando.
El PSOE debe su exigua cuota de votos, pero suficiente para alzarse con una mayoría truculenta por virtud de la aberrante Ley de D´Hont , además de a esos abueletes que votan por atavismo a quien les jura por sus ninios que tienen la pensión asegurada, a los muchos jóvenes que en cada elección se suman a la masa de votantes, todos ellos sobreprotegidos ingenuotes que creen que el mundo siempre fue como el que viven y que no pueden imaginar siquiera que hubo un tiempo en que en España hubo cierta dignidad, expectativa y progreso, y en la que incluso los ciudadanos (también los trabajadores) tenían derechos, pues añadido a su inmadurez biológica –ni siquiera han echado sus muelas del juicio (de la razón, vaya)- tienen una eónica falta de experiencia y una formación torcida en la que ni siquiera han estudiado nuestra Historia reciente (la Guerra Civil). De no ser por estos dos grupos, o si las leyes sólo permitieran que votaran personas formadas, creo yo que nadie fuera del chiringuito clientelista que se han montado los sociatas les votaría; es decir, que sólo tendrían sus propios votos, y no son muchos, palabra.
Los que, por el contrario, tenemos cierta experiencia y edad, sabemos quiénes son los sociatas sin lugar a dudas. Cristalino, oiga. Sabemos por nuestros mayores lo que fueron en la República y cuánto karma negativo acumulan por aquellas sangres inútilmente derramadas por su codicia y angurria, como sabemos lo que era la vida bajo el imperio de Felipe González y su apisonadora, formada por todos los pillos más pillos de nuestra Historia inmediata, cuando no había día en que uno no se levantara, no al sonido del despertador, sino del chisporroteo de la electrocución noticiosa. Una panda de vivales que arrampló con todo lo que había en España, incluida su dignidad, y en la que hasta sus votantes ocultaban avergonzados el hecho de haberles dado su confianza, resultando que no había nadie fuera de los militantes que confesara haberles respaldado, y aún a éstos, por lo bajini, había que oírles. Desde el choriceo del caso Flick, previo a su arribo al trinque en grande del poder, hasta los casos Filesa, Times-Sport, BOE, etc., con que se despidieron, no dejaron esquina de España sin escobar, metiendo la corrupción como una institución más en cada rincón de esta vieja piel de toro hasta el extremo de que algunos radicales desembocaron en la Jet-Set, otros guidaron empresas como Galerías Preciados y Rumasa y Banesto para mayor gloria de los Cacos Bonifacios patrios o extranjeros, jugaron con Defensa y sus contratos, nos metieron en guerras injustas como la de Iraq, liquidaron el tejido industrial español, nos enfangaron en la Guerra Sucia como si fuéramos hampones, arrasaron el campo con el arranque de olivos para regalarles las aceiteras a los italianos, implantaron “coyunturalmente” los contratos-basura (y la televisión-basura, y la cultura-basura, y la vida-basura, y…), el director del Banco de España estaba entre rejas y el director de la Guardia Civil en busca y captura, y nos convirtieron en un país de limpiabotas y de putas, sin derechos y enlodados de ignominia. Relatarlo todo no requeriría un artículo de opinión, en fin, sino que sólo enumerar sus tropelías precisaría de un epítome como la guía telefónica mundial. Todo un prodigio de paz y progreso, en fin. ¡Como para repetir!
¡Qué tiempos, oiga! Dice ahora aquél nefandísimo personaje que comandó a los pillos –Felipe González-, que el pueblo ya le ha perdonado sus muchos y muy gordos pecados, y debe decirlo porque hay dementes que o tienen alzhéimer, o precisan un psiquiatra de urgencia, quienes paporretean de él que era un brillante estadista. ¡Qué cachondos, los tíos! ¡Vamos, como para partirse la caja! O a lo mejor lo hacen porque ahora está Zapatero, que parece que es peor pero que en realidad es lo mismo. ¡Incluso creo que es González que se ha operado…! Nada más igual, oiga usted, con iguales o parecidos delirios mesiánicos y manteniendo a la misma España con los dedos metidos en el enchufe. ¡Esto es un sinvivir, coño! Como entonces, no hay un día en que no nos levantemos con un nuevo escándalo, con un disparate propio de quienes no están en su sano juicio, con un Torquemada que da un paso más hacia el estado stalinista, con una intriga con etarras y negocios sucios, con nuevas leyes coercitivas de ardorosas ministras, con más prohibiciones, con más discriminación, con más parados, con más injusticias, con más corrupción, con más degradación de la vida civil, con más pobreza, con más trinque del gordo, con más enfermizos delirios y con más crispación. Créanme que no hay cosas más iguales.
Cuando llegó Aznar le fue bien, y crecimos no porque fuera un brillante político ni nada de eso, sino porque estábamos libres del hartazgo y de la crispación. Progresamos porque no estuvimos atascados en ese nefasto fango sociata o sociópata y respirábamos en paz, que es lo único que necesita este país para progresar. Como los argentinos, los españoles no necesitamos que los políticos hagan algo: nos basta con que no hagan nada o con que no jodan. Ya nos las arreglamos bien solos. Sin embargo, el atavismo de quienes aún están en el pleistoceno político, piensan con el hígado y creen que las izquierdas o derechas existen y prefieren votar rojo, les volvieron a traer de vuelta, cual si la experiencia no sirviera de nada y tuvieran más valor algunas palabras como “progresía”, “izquierda”, “proletariado” y todos esos mantras de algunos pijos que no saben ni por dónde se andan. Y tenemos lo que tenemos, claro. Estamos repitiendo lo de González, multiplicado por un delirio que, lejos de ceder por no curarse, se agrava, como es natural. E iremos a más, seguro, mientras el PSOE gobierne. Vivimos, como decía, con los dedos metidos en el enchufe. El cardado de cabello, eso sí, es gratis.
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