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Tutores vitalicios
Rafael Pérez Ortolá
Con las experiencias diarias se ponen de manifiesto las emociones y los sentimientos de cada persona, el fenómeno es evidente y no siempre voluntario; sin embargo, no es tan evidente que sepamos a donde nos conducen sus impulsos. Uno siente afectos, alegrías, miedos o repugnancias, junto con un sinfín de sensaciones. Desde esa abundancia, ¿Entenderemos su funcionamiento? ¿Lo utilizamos de manera pertinente? Constituyen la primera realidad personal, a la que podemos añadir el aprendizaje y los razonamientos. No obstante, la convivencia entra en una paradoja impensable, se torna IMPERSONAL, se aleja de lo que siente el individuo en particular. Por abdicación propia o por imposición foránea se admiten sumisiones ilógicas. ¿Por ignorancia? ¿Por comodidad?
Que bien, se deja uno llevar y se acabaron las preocupaciones, sin esfuerzos suplementarios. Será suficiente con el cumplimiento de la orientación ya diseñada. ¿Merecen la pena esas renuncias? Aunque se trate de un servilismo necio, nos aporta la contrapartida de la facilidad. La pérdida por la renuncia se diluye en la comodidad efímera de lo superficial. Antiguamente solían mencionarse los tres clásicos vigilantes del buen hacer, el médico, el jurista y el sacerdote, mantenían a salvo lo fundamental, es un decir, salud, bienes materiales adjudicados y los enfoques espirituales. Había que resignarse a la conformidad con sus DESIGNIOS; una suerte de hechiceros con voz y voto, con muy poca contestación por parte del público. De esa manera, también declinaba uno su responsabilidad sobre el porqué de las cosas. Veamos a continuación la enorme actualidad de las renuncias, se van extendiendo por diferentes sectores.
La actitud abandonista del personal favorece la aparición de voluntarios para la dirección del cotarro. ¿En aras de conseguir los beneficios para una gente liberada? Ni por asomo. Les convienen las pocas aspiraciones de los particulares para mantenerse ellos en el control. A esas figuras de los TUTORES no les faltan pretendientes, voluntarios y muy interesados en serlo. Y como intuyó la perspicacia de Kant, acuden con el afán de permanencia a lo largo de su vida, no se cansan en sacar provecho de su trabajo dirigista. Surgen en cada actividad. ¿En qué piensan los banqueros atrincherados en sus armazones económicos? Ocurre algo parecido con los capitostes de la gestión en los grandes medios de comunicación. ¿Nos creemos que les preocupa la información libre y abierta de cara a la audiencia? Hay otros ejemplo similares. Ejercen de manipuladores interesados, envalentonados por la sumisión general.
También asombran, o quizá no tanto, los excesos en este sentido promovidos por el ESTADO CONTROLADOR de progresiva instalación en Europa y España; visible en cada norma con que nos sobresaltan después de cada reunión. ¿El Estado está al servicio de los componentes de la sociedad? ¿O más bien promueven la sociedad estatal de adictos? Una de las inefables ministras actuales dijo con un desparpajo tutorial, que los denunciados por comportamientos antisociales deberán demostrar su inocencia, se acabó aquello de considerarnos inocentes mientras no se demuestre lo contrario. Si no se les pone freno, pronto editarán una guía completa para los perplejos ciudadanos. En ella definirán los matrimonios diversos, como deban desarrollarse las fiestas, el sexo que deba practicarse, la educación en las escuelas según sus directrices excluyentes; así como, cuando y cuales patrimonios deban engrosarse. Las tutorías son completas y llevan adosada la alarma kantiana del afán vitalicio.
Se establecen una serie de grados en la presentación de estos fenómenos de dominación, solapada o descarada, alevosa en gran parte del muestrario, si no, pasen y vean. La pasividad inicial de los indecisos o perezosos, abre los ojos a los avispados; ese sería el caldo de cultivo necesario. La indiferencia crítica, a la hora de votar o adherirse a determinadas instituciones, es una colaboración auténtica y nefasta que luego se tiñe de COMPLICIDAD, cuando se detectan beneficios colaterales amparados por las actividades tutoriales. No son raras las contrataciones ventajistas, con la condición latente del servilismo al sistema, comisiones disimuladas al calor del dinero público, junto con tramas de calibres muy diversificados. Son los mecanismos de un tutelaje con vocación de aumento, de su progreso sin limitaciones. Los disfraces de la complicidad son múltiples y se cuidan bien de no ponerlos de manifiesto. A la vista de la tendencia, no parece que interese revertir esa orientación, y en eso nos debatimos. ¿O no?
La crisis es también política y moral, no se ciñe a lo económico o ecológico. Una vez menospreciados los argumentos, se eligen los personajes, unos tutores que se ofrecieron voluntarios, con recónditas intenciones y nada dispuestos a ser controlados, vigilancia sobre la que no insistimos con suficiente fuerza; y se plasmaron con esas maneras unos comportamientos irracionales. En cuanto a la moralidad, esta no se consolida a base de renuncias o servilismos, requiere de una buena elaboración de criterios razonados, para que la opción elegida tuviera su fundamento. Estamos en lo mismo, si prescindimos del debate abierto y racional, dónde quedará lo moral. La disyuntiva nos invita a una decisión radical. O bien nos alteramos lo menos posible, al son marcado por los gestores de turno encaramados en las tramas dirigistas. O por el contrario, nos agarramos al imperativo de la DISIDENCIA propugnado por Javier Muguerza para cuando nos enfrentemos a los enfoques maliciosos, es el saber decir que no continuaremos por los senderos trazados por los arribistas del egoismo inflado. Aquel derecho a disfrutar de los aciertos o lamentar los errores propios. Ahora bien, ¿Reivindicamos eso?
De no hacerlo así, continuará la acumulación de este tipo de pilotajes hipócritas, presentados como ideales para el pueblo sencillo y distanciados al máximo del bien común. De tan repetidos, se convierten en el sentido y significado habitual de la convivencia. La CONFUSIÓN reinante es la realidad auténtica, su manifestación genuina. Se sirven de cualquier mecanismo a su alcance. Cuando es menester, con silenciamientos degradantes de todo aquel o de sus opiniones que no fueron controladas previamente. A base de ruidosas parafernalias bien programadas para el entretenimiento y satisfacción de los indolentes. Utilizando gráficos, esquemas y programaciones estadísticas adobadas según sus conveniencias. O bien disimulando las financiaciones bajo subterfugios intrincados. Una realidad, que por impensable, no deja de faltar al respeto de cada ciudadano.
Por lo expuesto, los hechos apuntan a una necesidad, el REPLANTEAMIENTO de las vigilancias y tutelajes, con el descubrimiento primero y la desmitificación a continuación, de ese conjunto de tutores que no dimitirían nunca de su labor, como voluntarios encaminados a su propio y exclusivo beneficio. Si no disponemos de arrestos o atributos, la reconversión será imposible. Interesado por esa falta de atribuos, escribió Robert Musil; “ La villanía de hoy en día no consiste en cometerla, sino en despreocuparse de ella; esta crece en el vacío”. Vacío en el que, antes y ahora, colaboramos con la desidia.
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