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Tags: Opinión · The Washington Post Writters Group · E. J. Dionne
La elocuencia de JFK, 50 años después


E.J. Dionne


E. J. Dionne E. J. Dionne
viernes, 21 de enero de 2011, 08:58
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WASHINGTON - Es recordado como un día enfriado por "un viento siberiano que cortaba la Avenida de Pennsylvania" e iluminado por "la deslumbrante combinación de la luz del sol y la nieve cuajada".

El 20 de enero de 1961, John F. Kennedy comenzó su presidencia con un discurso de altura y solemne a la vez. Cincuenta años después, no hemos escuchado un discurso de investidura igual. Indisolublemente vinculado a su época y lugar, sigue desafiando con su ambición de aparejar el realismo con el idealismo, el patriotismo con el servicio a la nación, los intereses de la nación con la aspiración universal.

Theodore Sorensen, principal artífice del discurso, siempre fue modesto con su propio papel, no tanto con la propia investidura. "Ciertamente no fue tan bueno como el segundo de Lincoln o el primero de Roosevelt", escribía Sorensen en sus memorias, añadiendo que Kennedy pensó que no era tan bueno como el primero de Jefferson.

Al reconocer lo que su producto conjunto no era, Kennedy y Sorensen definieron el empaque histórico que aún arrastra.

Un gran discurso incluye fragmentos tan memorables que los oradores aficionados lo transforman con el tiempo en cliché. "No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta lo que puedes hacer tú por tu país". Este llamamiento firme al sacrificio ha introducido un millar de discursos menos relevantes.

"El civismo no es una muestra de debilidad" y "Nunca negociaremos por miedo, pero nunca temeremos negociar" - referencias de primera necesidad siempre que el clima político se crispa particularmente.

"La antorcha ha pasado a una nueva generación de estadounidenses". Y la antorcha vuelve a pasar una y otra vez, cada vez que un político más joven marca el territorio generacional.

Fue un discurso compacto - de 1.355 palabras, menos que el doble de la longitud de esta columna. Kennedy, escribía el historiador Robert Dallek, insistió en que fuera breve, porque "no quiero que la gente crea que soy un charlatán". No tenía de qué preocuparse.

Derecha e izquierda todavía batallan por las palabras de Kennedy. ¿Eran un llamamiento a la resolución frente a la amenaza comunista ("pagaremos cualquier precio, acarrearemos cualquier peso, superaremos cualquier penalidad, apoyaremos a cualquier amigo y nos opondremos a cualquier enemigo, para garantizar la supervivencia y el éxito de la libertad") o eran una referencia a la negociación como respuesta a la aniquilación nuclear?

Probablemente ambas cosas. La declaración del realista clásico de que "sólo cuando nuestras armas sean suficientes sin lugar a dudas podremos estar seguros sin lugar a dudas de que nunca serán empleadas" se acompañó de:

"Pero tampoco es posible que dos grandes y poderosos grupos de naciones se conformen con nuestro actual rumbo - lastrados ambos por el coste de las armas modernas, alarmados ambos con razón por la proliferación generalizada del mortal átomo, pero ambos apresurándose a alterar ese incierto equilibrio de miedo que sostiene la mano de la guerra final de la humanidad.

"Así que empecemos de nuevo".
Y por eso hemos seguido siendo una nación en permanente búsqueda de nuevos principios, invocando, por turnos, a Lincoln o a Kennedy para sazonar los nuevos comienzos.

Todos los escritores confían: Kennedy y Sorensen escriben y vuelven a escribir, aceptando con frecuencia cambios propuestos por amigos. Una afortunada corrección llegaba de John Kenneth Galbraith. El discurso final rezaba: "Unidos, hay poco que podamos hacer en un abanico de empresas de cooperación". El borrador original aludía a "empresas mixtas", que Galbraith pensó suena a minería.

También aceptaron la sugerencia de Walter Lippmann, cambiando "enemigo" por "rival". La palabra menos hostil encajaba mejor con el deseo del discurso de que "un puente de cooperación pueda despejar una selva de sospechas" - un fragmento que el autocrítico Sorensen veía como "una metáfora forzada".

Y los asesores de Kennedy Harris Wofford y Louis Martin lograron la inserción de seis palabras y ayudó a cambiar la historia.

En el borrador original, Kennedy afirmaba que la nueva generación de la que hablaba "no está dispuesta a presenciar o permitir la lenta desintegración de los derechos humanos con los que esta nación ha estado comprometida siempre, y con los que estamos comprometidos en la actualidad".

A lo que Wofford y Martin lograron que Kennedy añadiera, "en el país y en todo el mundo", maridando así la lucha por la libertad en el extranjero con la causa nacional de los derechos civiles. No habría vuelta atrás.

Puede que deba reconocer que me enamoré de este discurso cuando era joven, comprando el disco de discursos de Kennedy por 99 centavos en el supermercado y escuchándolo una y otra vez después del asesinato de Kennedy.

Se podría decir que sigo escuchando su tono volviéndonos a citar. Y cuando Kennedy dijo: "No creo que ninguno de nosotros se cambiara por ningún otro pueblo o cualquier otra generación", supe - millones más pensaron lo mismo - que estaba hablando de mí.

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