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Márquetin político
Ángel Ruiz Cediel
El márquetin, en su esencia conceptual, es la técnica de destacar las fortalezas sobre las debilidades de un producto, aportando argumentos falaces que permitan que los defectos de ese producto puedan ser vistos por los consumidores como indudables beneficios, y de aplicar los adecuados medios de difusión de la idea o el producto resultante entre los consumidores, de modo que llegue al mayor número de ellos. Toda una filosofía estratégica orientada, como decía Goëbbels, a apropiarse de la voluntad de aquellos a quienes se dirige la propaganda. Así, uno de los factores estratégicos básicos de una adecuada campaña de márquetin se fundamenta en los individuos que, tras sesudos brainstorms, seleccionan las ventajas del producto, las sintetizan en eslóganes para lelos y definen los argumentos que convertirán los defectos en beneficios; el otro factor básico, es qué medios se utilizarán para que la campaña de difusión sea muy efectiva y alcance de forma directa y/o subliminal al mayor número de consumidores. Algo muy aplicable a la política de hoy, como se ve, en la que los partidos se han convertido de facto en productos de consumo y los votantes en los consumidores de ese producto.
El consumidor –votante- debe por estas causas estar muy informado y atento a las técnicas empleadas por los partidos –vendedores- para sisarles el voto, y deben tener la formación suficiente para poder deslindar lo que es ciertamente una ventaja de lo que es un argumento falaz que oculta y enmascara un defecto, lo mismo que para saber si una noticia, un debate televisivo o una columna de opinión –propaganda indirecta- es en realidad una técnica de difusión, disímil pero con idéntico fin que una valla publicitaria, por ejemplo. Su salud y su economía –cuando no su misma paz y bienestar- dependen de ello. Ojo avizor, pues.
El sofisma, la mentira con apariencia de verdad difundida para convencer a otro de lo que no es cierto, es un arma muy utilizada por los expertos en márquetin político. Como verdaderos especialistas de la magia argumental, son capaces de hacer pasar a las ratas por caballos purasangre y de distraer al respetable con la mano izquierda mientras con la derecha le guindan la cartera (o el voto). Así, si por ejemplo alguien dice que la España de las autonomías fue un error propio de ingenuos buenoides o de gentes sin muchas luces o con intereses aviesos, los sabios del márquetin (opinadores de ese partido partidario de la división de España y de ese gasto insoportable que les procura, además de una cuota de poder, ingentes dineros públicos), enseguida tachan a quienes se pronuncian así de franquistas partidarios de la “Una, grande y libre”, aunque se pregunten a sí mismos sobre la supuesta libertad a la que se refiere ese emblema al tiempo que ignoran que la libertad existente entonces (en la práctica) era de facto bastante mayor y mucho menos coercitiva que la que su partido está implantando con sus desvaríos legislativos. Un truco, en fin. Como de truco de se puede denominar a la afamada y muy extendida técnica de etiquetar como de extrema derecha a todo lo que oponga o discrepe de las acciones del partido en el gobierno y sus desvaríos (especialmente si son críticas que provienen de intelectuales), convirtiendo así al disidente intelectual en un estigmatizado –¡anatema sea!-, porque la extrema derecha forma parte del siniestro bestiario irracional popular que han inculcado a la población por el artículo 33 desde su primera leche. No importa que los actos de ese partido en el Gobierno, en realidad, estén más próximos a esa extrema derecha manipuladora de voluntades que vituperan, coartadora de libertades y profundamente adoctrinadora y dictatorial, y a algunos de cuyos partidos afines, como en el caso de Túnez, la misma Internacional Socialista que los agrupa -¡a buenas horas mangas verdes!- ha tenido que expulsarlo de la organización por asepsia coyuntural de cara a los votantes, ahora que ha quedado en evidencia su naturaleza dictatorial (30 años de dictadura), pero la cual mantiene sin pudor alguno a Cháves, Zapatero y a otros genios de parecido jaez tan dados a la coerción legislativa y al adoctrinamiento dictatorial.
El márquetin político da para mucho, bien se ve, y por esta causa un partido que se precie tiene más consejeros especializados en márquetin que hombres capaces o estadistas. Hoy hay argumentos para todo, y son lo suficientemente fuertes como para defender sin rubor una cosa… y su contraria. Al menos de cara a los débiles mentales, que es como suele considerar a los votantes. Hoy, un partido político no precisa de un ideario –o puede salirse de él como si tal cosa-, sino sólo argumentos de márquetin, campañas de publicidad directa –vallas, televisión, radio, promesas electorales, prosapia, etc.-, de propaganda indirecta –columnas de opinión, noticias instrumentadas, provocaciones calculadas que produzcan reacciones específicas en la oposición, leyes de aparente progresía que son profundamente dictatoriales, etc.- y, por supuesto, un plan estratégico bien definido que convierta la realidad de cada día en una campaña continua de adoctrinamiento. El desconcierto potencial del consumidor –el votante- al presentársele como progresista subir los sueldos… o bajarlos, al ampliar libertades… o cercenarlas y aún el detener terroristas… o sentarse a negociar con ellos mientras se toman unos txiquitos y canta el Faisán, es contrarrestado con medidas de adobo, descollando simultáneamente en los medios que controla los casos de corrupción del adversario sobre los propios, alarmando a la población sobre el avance de la extrema derecha –la razón y el sentido común- o radicalizando a sus votantes al crear escenarios artificiales que semejan en todo aquel 36 de infausta memoria en la psiquis colectiva española, tales como leyes de Memoria Histérica, revisiones guerreras, palizas a políticos, dinamitar Valles de los Caídos y delirios por el estilo. ¿No es el crítico del PSOE?...: ¡pues partidario de la dictadura de Franco! Por eso van a implantar la censura para evitar a esta peste. Y esto, claro está, no importa que lo que se esté tratando sea el plan hidrológico o el desvarío ése de utilizar las lenguas locales en el senado en detrimento de la común (¿por qué no estará el nombre del mismo en todas las lenguas vernáculas y en todos los géneros?), y merced a lo cual se conculca la constitución por los legisladores y se potencia lo que separa a los españoles sobre lo que nos une. Por algo será, claro, y ese algo, como casi todo lo que le afecta a ese partido, está incluso en el meollo del márquetin político.
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