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Una y no más sobre Francisco Camps
Mario López
Francisco Camps es un abyecto repugnante. Ese zafio varón (que, en verdad, no sé si es varón o simplemente cabrón) no merece siquiera el esfuerzo del desprecio. De esto no nos puede caber la menor duda.
Pero más denigrante que él aún es el que le adula o da votos. Porque el que alimenta su propia infamia es un miserable, pero el que alimenta la ajena además es idiota. Este país no tendrá solución mientras alimentemos a estos canallas. A cada uno de nosotros nos cuesta un considerable esfuerzo mantener día a día nuestro empleo, absolutamente honorable y necesario; con todo, a la mayoría se nos paga mucho menos de lo que merecemos y no decimos ni mu.
Estos hediondos parásitos cobran a espuertas, roban de ordinario y encima se ríen sin el menor pudor de su sombra, a la cara de cualquiera. Yo no soy partidario de la razón de la fuerza y antes de darle un bofetón a mi hijo me lo doy a mí mismo, pero a este imbécil con cara de merluza anoréxica le partiría la cara (o, al menos, la parte de ella que le sobra, que es mucha) en sentido figurado, claro está; no de hecho, pero sí de derecho.
Esa naturaleza tan innoble que ni siquiera casa con el atavío de un navajero hortera, no se ha podido adquirir en hogar alguno, así que tengo que colegir que Francisco Camps creció en un orfanato del Auxilio Social franquista y, además, fue el que se llevó todas las collejas de su quinta. Y digo esto último porque el gran Carlos Giménez pasó buena parte de su infancia recluido en el hospicio de Paracuellos y es todo un señor. No se puede ser más rancio que el fantoche Camps. ¿Qué les pasa a los valencianos para dejarse gobernar por semejante desecho de tienta? Ese trastorno merece un estudio en profundidad.
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