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Regreso al pasado
Ángel Ruiz Cediel
Todo, con pequeñísimas variantes de forma, me hace pensar que el presente de España es un eco del pasado. En la extremadamente convulsa y desquiciada situación política actual, vuelven a aparecer los sicarios sembrando las agresiones y el pánico, las anónimas listas negras y los infames políticos que decretan Estados de Alarma injustificados o ilegales y utilizan su poder legislativo para fines partidistas y/o espurios, todo ello bien ordenado por macabros cerebros que orquestan el desconcierto y el enfrentamiento, disponen de los matones –mientras ellos con mucha pomposidad condenan oficialmente las agresiones- y cuentan con los personajes clave que controlan que los sucesos se verifiquen en el orden que han de sucederse, sin que las aguas se desborden por donde no deben hacerlo.
Aunque nacido en el corazón de Madrid, soy oriundo de un pueblo madrileño llamado Valdilecha, el cual siempre estuvo dividido por la política: cristianos y moros, primero; carcundas y liberales, después; conservadores y progresistas, más tarde; nacionales y republicanos, a continuación; y, ahora, entre socialistas y populares. Entonces, cuando se inauguraban los años treinta, uno de mis dos abuelos, el rico, votó conservador en las municipales del 31 que condujeron a la implantación de la República, y el otro, el pequeño agricultor, votó republicano. Sin embargo, tras la implantación de la República, la situación política se fue deteriorando y trajo consigo el desorden legal generalizado, la ruina moral, el odio entre clases y el rencor vengativo entre familias que deseaban liquidar asuntos pendientes, que en muchos casos no tenían nada que ver con la política y sí con débitos arrastrados Dios sabría desde cuándo. Pronto, en aquel pueblo de apenas mil quinientos habitantes, aparecieron los pistoleros, siendo algunos naturales de aquella villa célebres criminales de la época a sueldo de los políticos, tanto les daba a ellos si eran de izquierdas como si de derechas quienes les contrataban, si es que pagaban lo suficiente, y con total impunidad paseaban en ocasiones por las calles, sabiéndose a salvo de toda Justicia por más que desde el Congreso o el Ministerio de la Gobernación, o aún desde la Guardia de Asalto o la Guardia Civil, se condenaran sus tropelías. Lo que el pueblo quiso obtener con la República y lo que tenía, en fin, no tenía nada que ver, y pronto, muy pronto, en apenas dos años, todos los españoles supieron que estaban ya condenados a un sangriento pulso entre las dos Españas que exterminaría la juventud en los campos de batalla y sembraría entre los supervivientes nuevos odios para las siguientes décadas, cuando menos. Y, como se te temieron, sucedió. Curiosamente, mi abuelo más rico, pensando que el enfrentamiento lo ganaría la República en un amén (o en un ¡Viva Lenin!), se hizo miembro de carné de todos los partidos de izquierdas (incluidos los anarquistas), en la confianza de que al ganar la contienda se quedaría con las tierras que ambicionaba del más hacendado del pueblo y sería él el futuro cacique que anhelaba ser; mi otro abuelo menos rico –al que curiosamente por su manera de ser todos los nietos considerábamos un ángel, y hoy, más de cuarenta años después de su muerte así le seguimos considerando-, apenas estalló la Guerra Civil y comenzaron a pasearse conservadores, habló con su padre (“Si te has de morir, hazlo como un hombre, pero no me traigas la vergüenza de haberte rendido”, le dijo) y junto con dos primos suyos se la jugó, yéndose del pueblo una noche en la que cruzaron las líneas del frente, que entonces estaban en Arganda, y uniéndose a los nacionales para hacer la guerra, participando desde aquel día en todas y cada una de las grandes batallas de la contienda, desde la del Ebro a la de Madrid. Cuando allá por los años sesenta y tantos le preguntamos los nietos por qué se jugó la vida de aquella manera si lo más probable era que murieran en la guerra, nos dijo con todo el afecto que le caracterizaba: “Tenía cuatro hijas: ¿qué otra cosa podía hacer?... Necesitaba la paz y el orden para educarlas”, y, a continuación, nos dibujó un panorama tal que hoy sé que era a la vez una crónica de su pasado y de este presente que entonces era nuestro futuro. Exactamente. Y, después, cuando hubo terminado su escueta exposición, nos advirtió: “Pero no hay que bajar la guardia, porque volverán. Siempre lo hacen. Y, entonces, cuando lo hagan, habrá que estar preparados y os tocará a vosotros.” Mi abuelo rico –el que se hizo pasar por izquierdista-, aunque por influencias nunca estuvo en frente alguno, al final de la guerra estuvo dos años en la cárcel, pero vivió el resto de su vida en paz y sin que le hubieran quitado ni una sola fanega de sus tierras; y mi otro abuelo menos rico –Alfonso, se llamaba-, cuando terminó la contienda regresó a su casa a pie y vivió el resto de su vida en paz dedicado a su trabajo en el campo, hasta que un día del 66 un infarto le elevó a los altares de la memoria de toda una familia y, en muy buena medida, de todo su pueblo.
Por mi parte, sin duda debido a los fervores de la juventud y de la rebeldía contra lo establecido que conlleva, desde que me comenzara a azulear la barba me embarqué en una lucha personal contra la Dictadura que me condujo, junto con otros muchos jóvenes, a desafiar al Régimen y a la muerte (siempre moría algún joven en las manifestaciones de aquellos años), hasta que conseguimos traer la democracia a España. Nos sentimos bien entonces, muy bien, y respiramos tranquilos, tal vez ignorando a propia intención que habíamos sido utilizados por quienes se encontraban bien a salvo en el exilio y conspiraban con nuestra sangre y nuestra vida para obtener gratuitamente el poder. Sin embargo, hoy, cuando superpongo el ayer al presente y veo que casa con tan rigurosa exactitud (también tengo cuatro hijas), me cuestiono si debo jugármela también y, con algunos de los míos, cruzar las líneas y ponerme a las órdenes del orden moral y social, porque esto cada vez más me da la impresión de que es un regreso al pasado. Los sicarios de hoy golpean nada más, pero seguro que mañana empecerán a aparecer cadáveres en los campos o en la oscuridad de los portales. Esto, en fin, se está yendo de las manos, y los políticos del PSOE nos están empujando a vengar una aventura en la que entonces salieron muy mal parados y la juventud de España fue sacrificada en holocausto por su ambición. Miro a los jóvenes, a su inocencia sin futuro, y no es esto lo que deseo para ellos: por nada del mundo quisiera ver sus cadáveres tirados en el campo, no importa qué bandera flamee ufana sobre ellos.
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