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Tags: Opinión · The Washington Post Writters Group · Robert J. Samuelson
La sombra de los sesenta


Robert J. Samuelson


Robert J. Samuelson Robert J. Samuelson
lunes, 17 de enero de 2011, 08:51
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"En una palabra, el siglo era tan diferente al nuestro que sólo puede hablarse de él... en superlativo para bien o para mal". -- Charles Dickens, "Historia de dos ciudades"

WASHINGTON - Atravesamos, se dice, el momento más doloroso desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El paro ha superado la cota del 9 por ciento durante 20 meses seguidos, y no está claro en qué momento descenderá concluyentemente. La fe de los estadounidenses en el futuro ha recibido un varapalo: un reciente sondeo Gallup concluye que sólo uno de cada siete cree que es "muy probable" que los menores de hoy "tengan una vida mejor que la de sus padres". Las opiniones y los hechos son auténticos, pero la conclusión se desprende de la amnesia histórica. Al menos un período más rivaliza con el actual en desencanto y crispación - los sesenta.

Al contemplarse por primera vez, el símil parecerá absurdo. Los sesenta fueron sobre todo prósperos. La economía creció durante el por entonces récord de 106 meses seguidos; al llegar 1969, la tasa de paro era del 3,5 por ciento. Para los que buscaban empleo, un paraíso. "No salías a buscar trabajo, el trabajo te buscaba", recuerda el politólogo Alan Wolfe, del Boston College, doctorado en 1967. Esto se aplicaba a casi todo hijo de vecino deseoso de trabajar. Hoy, los doctorados que acaban el proyecto se enfrentan a unas esperanzas "horrorosas" de encontrar trabajo, como la mayoría de los que buscan empleo.

Pero el enfoque estrictamente económico pasa por alto paralelismos políticos y psicológicos. Lo que asusta a la gente hoy es que estamos experimentando altibajos tan completamente inesperados e impensables (los episodios de pánico financiero, las quiebras de instituciones bancarias importantes, el concurso de General Motors, el enorme déficit presupuestario, la bajada en picado del valor de la vivienda) que motivan negras dudas en torno a nuestros líderes y nuestras instituciones. El orden político parece abrumado por los desafíos. La crispación del debate plasma el miedo a que un bando político o el otro tire del país en una dirección catastrófica.

Precisamente la misma clase de escollo tuvo lugar en los 60, y aunque las causas eran muy distintas, la repercusión desde el punto de vista de la división de la opinión pública y la inquietud fue igual de grande o mayor. "El país estaba más dividido que nunca desde 1861, justo antes de la Guerra Civil", dice el historiador Allen Matusow, de la Rice University, autor de la aclamada crónica de la década de los 60 "La desintegración de América".

Alrededor de las dos terceras partes de los estadounidenses, nacidos de 1960 en adelante, son demasiado jóvenes como para tener algún recuerdo de la agitación de los 60. Hasta en el caso de muchos que lo vivieron, los 60 se han convertido en un icono de la historia -- drogas, hippies y manifestaciones pacifistas. Lo que se olvida es la acusada crispación pública y privada de la era.

El conflicto no siempre es malo. Las manifestaciones por los derechos civiles en los primeros años de la década dieron lugar a la legislación de mayor repercusión de la era post Segunda Guerra Mundial: la Ley de Derechos Civiles de 1964, que prohíbe la discriminación y la segregación laboral. Pero desde el asesinato del Presidente Kennedy en noviembre de 1963 hasta la dimisión de Richard Nixon en agosto de 1974 - las verdaderas horquillas de la década histórica de los 60 -- los estadounidenses fueron quedando cada vez más traumatizados por acontecimientos que, en aquel entonces, eran impensables.

A nadie se le ocurrió que el asesinato de Kennedy se acompañara de otros: El de Martin Luther King o el de Robert Kennedy en 1968. Nadie pensaba que los disturbios callejeros, que empezaron en el distrito Watts de Los Ángeles, se fueran a convertir en una amenaza estival recurrente. A nadie se le pasó por la cabeza que las manifestaciones contra la Guerra de Vietnam (movidas parcialmente por el miedo de los estudiantes a ser llamados a filas) fueran a proliferar como setas hasta convertirse en un importante movimiento político. Nadie pensó que un presidente (Lyndon Johnson) no se fuera a postular a la reelección y que otro (Nixon) se enfrentaría a la destitución presidencial y dimitiría. Nadie pensó que el crecimiento económico fuera a desatar una inflación en permanente crecimiento.

La factura para la psique nacional fue elevada. Los Demócratas, más que los Republicanos, se dividieron por resentimientos. La gente se sentía amenazada. El orden social y su regulación se volvió una causa popular -- de 1983 a 1973, la cifra de homicidios se duplicó del 4,6 al 9,4 por cada 100.000 -- y en ocasiones fue eufemismo de racismo. En las presidenciales de 1968, el Gobernador de Alabama George Wallace aprovechó la repercusión para hacer campaña y obtuvo el 13,5% del voto.

La polarización no el únicamente pública. Las familias a menudo se rompían. Parte de los miembros más jóvenes de la generación, educados en la opulencia y desconocedores casi por completo de la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, adoptaron opiniones políticas y estilos contraculturales de vida que indignaban a sus tutores, que habían vivido en primera persona las vacas flacas y creían saber lo que les convenía a ellos.

Los activistas fueron siempre la minoría. Un sondeo Gallup de 1969 concluía que el 72% de los estudiantes universitarios nunca se había manifestado contra la guerra. Pero la elevada visibilidad de la minoría alimentó la percepción de que América se estaba derrumbando, rechazando su privilegiada juventud "el estilo de vida de la clase media convencional" oponiéndose de plano a "los símbolos del patriotismo estadounidense", escribe el historiador de la Universidad de Brown James Patterson en su obra "Grandes esperanzas: Los Estados Unidos, 1945-1974".

Fue una época dolorosa. Aunque dramáticas diferencias separan aquel entonces del hoy, la historia nos recuerda que hemos pasado antes por esto. También permite el optimismo moderado. Con el tiempo, algo de suerte y liderazgo, América tiene la capacidad de cicatrización necesaria.

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