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Los nuevos líderes del nuevo movimiento nacional
Mario López
A Fernando Sánchez Dragó le hubiera gustado ser el José Antonio del siglo XXI, pero a lo que más se parece es a un Sánchez Mazas pederasta (añora el 36 porque entonces las putas, al igual que los guerrilleros, eran adolescentes). La pinta que tiene, sin embargo, recuerda la señorona deseosa de ser enculada por el Alcibiades de Soria; pero, bueno, eso son impresiones mías. Dragó, como no podía ser de otra manera, es el ideólogo obvio de ese actual fascismo peripatético que hoy se ha llevado el gato al agua, dándole al tintorro por televisión.
Lo que pasa es que, para completar la figura del intelectual que acabó dando al mundo los geniales hermanos Sánchez Ferlosio, necesita varias cabezas más, como la mitológica hidra: José Manuel de Prada y Cesar Vidal nos valen; seres cursis, absurdos narcisistas, sospechosos homófobos, petulantes y grandilocuentes como él; figuritas de Lladró orondas, con textura de tocinillo de cielo, bañadas en sopa de miso. Bueno, pues conocido el ectoplasma del padre de Chicho (cantautor anarquista al que tuve la suerte de conocer), habrá que averiguar quién es el Raimundo Fernández Cuesta del siglo XXI, el moderno tarado ávido de tiros que hoy habrá cambiado (es un suponer) la bala por la cocaína. Se me ocurren varios nombres.
Por lo montaraz, escaso de luces, hortera, milhombres y perdonavidas, yo diría que Coto Matamoros es nuestro hombre, pero casi que me quedo (aunque no tenga una hostia) con Hermann Terstch, por sus portentosos desvaríos . ¿Y quién será nuestro actual José Antonio? ¿Dónde andará? Pues vamos a ver, un buen mozo, elegante, vividor, amante de la velocidad y del buen comer, jurista de profesión y poeta de vocación, con una labia divina y un donaire sin par. ¿Quién será? ¿Lo habrá? Ay, qué difícil se me pone. No sé. Si le quitas todas las virtudes reseñadas, tenemos a Fedegico, pero, claro, no vale. Vamos a ver. Hagamos un esfuerzo mental. También es verdad que podemos partir de la base de que hoy, a diferencia de ayer, carecemos de grandes oradores.
Esa prosodia, ese gesto, ese exceso retórico que adornaba a José Antonio, Largo Caballero o al mismo Buenaventura Durruti. Por cierto, ¿cómo se ha podido afirmar que lo mató una bala disparada desde el hospital clínico? Si él estaba en Isaac Peral, a la altura de Joaquín María López. ¿Sería la misma bala mágica que mató a Kennedy? En fin, en la escuela me enseñaron el movimiento parabólico uniformemente acelerado y no tiene nada que ver con eso.
Pero, a lo que íbamos. Si descartamos la oratoria, porque no es cosa propia del siglo, aún nos queda el amor a la velocidad y la buena comida, que sí lo son. Pues aunque no sea guapo, lo podemos aceptar por tal porque lo pretende. Le gusta beber sin que nadie le diga cuanto (está eximido de tal peaje pues está casado con Botella), le gusta ir a toda hostia por la carretera, y se ha esculpido unos abdominales que ya los quisiera para sí el mismo José Antonio. Además, de un tiempo a esta parte, se ha hinchado a ganar pasta y ha escrito al menos tres libros, que (como las hijas de Eleana) tres eran tres y ninguna era buena; pero ahí están, en los anaqueles del Corte Inglés y glosados por el mismísimo Sánchez Dragó. Es consejero de lo que le echen, lleva melenita adolescente y, en buena concordancia, adolece de idiocia. Saben perfectamente a quién me refiero. Él y no otro es la nueva basa y fundamento de nuestro moderno movimiento nacional. Y no voy a decir su nombre, porque sería una obviedad y, además, no quiero alimentar su ya desmedida vanidad (por cierto, ¿qué hizo del bigote aquel?)
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