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Fisgoneo creciente, observación menguante
Rafael Pérez Ortolá
En un mundo donde las soluciones obtenidas son siempre parciales y efímeras, pronto han de ser sustituídas por otras, estamos sometidos a necesidades ineludibles; entre ellas la de una investigación acertada y tenaz en busca de una mejor comprensión de la realidad. Es decir, precisamos de una atención despierta para estar a la altura de los cambios. Navegamos por un mar embravecido con mil circunstancias amenazantes y en esa aventura se exigen decisiones, no cabe una pasividad rutinaria; por lo tanto, el instinto de conservación se convierte en una imperiosa necesidad de ampliar los conocimientos, para el seguimiento de un rumbo aceptable. Como mínimo, se requiere mucha ATENCIÓN para la detección y resolución de los problemas a la vista.
Deduzcamos de lo anterior el carácter virtuoso de las buenas OBSERVACIONES, ya que permiten la implantación adecuada de cada uno en su ambiente y la del conjunto de la sociedad en el mundo. En ausencia de esta actitud, el desquiciamiento será progresivo, se pierde el contacto con el entorno y las acciones se convierten en impertinentes, no estamos en lo que se trata. Esto vale para la mirada, si se han fijado en las personas que nos hablan sin mirarnos a la cara, ¿Les interesa lo que digamos? ¿Los derroteros de su mente por dónde irán? Puedo meter los pies en un charco o meterme en una carretera cortada por no mirar las señales. Pero también vale lo dicho para los otros sentidos, si no escuchamos, tocamos lo improcedente o no diferenciamos la comida. Las carencias en estas actitudes mutilan la capacidad de respuesta, con las consiguientes consecuencias.
Son muchos los sectores beneficiados por la curiosidad bien orientada al conocimiento de las realidades. ¡Qué sería de los avances científicos sin el afán por los descubrimientos! Tampoco se trata de un acercamiento ciego, requiere de un estudio y una planificaicón en consonancia con los objetivos trazados. Y como las incógnitas se multiplican, no cesan en su aparición renovada; nos enfrentan a un reto constante y progresivo. La complejidad es tan ardua que no es suficiente con la intensa observación, el esfuerzo requiere de otras aptitudes, de la inteligencia y del mejor talante vocacional. Quizá por eso, son necesarios los PLANTEAMIENTOS previos centrados en las esencias de la sociedad y de sus componentes. Aunque sea importante, la atención no es un factor único, la observación, cuando se practica aislada de otros razonamientos, ha originado no pocos desastres a la humanidad. Otras áreas, como el amor y la convivencia se ven influenciadas por el buen enfoque de las observaciones.
Por el contrario, la FALTA de INTERÉS por las personas y las diferentes realidades, deriva en una minusvalía progresiva; no siempre es general, la investigación podrá ser intensa en el campo de la técnica y en cambio muy tenue al dirigirse ahacia la valoración de las cualidades humanas. Mientras no se presta atención, vemos como se instalan algunas consecuencias en las que se intuyen malos augurios. La desconexión facilita el “aislamiento”, entre las personas y de estas con respecto a todo lo demás; cercados por la realidad y aislados por la actitud, no parece una perspectiva atrayente. La “incomprensión” viene después, sin comunicación y con desdén no se comprenderá lo ajeno. Son facetas conducentes al “estancamiento” personal y social, a la anulación de los progresos. Visto así el panorama, cada uno verá en su ámbito si se actúa con desinterés o no, las actuaciones suelen ser “impertinentes”, por que no tienen en cuenta lo que tienen alrededor, se convierten en impulsos de poco fuste.
Al fin y al cabo, la dedicación al conocimiento y comprensión de la realidad compleja es trabajosa; atención, esfuerzo, análisis, tiempo dedicado, son alguno de los requerimientos. Se entiende la escapada de quienes no están dispuestos a esas labores en la convivencia; como se explica la abundancia de personas que optaron por la ligereza del menor esfuerzo. Se explica, sí, pero se entiende peor, porque sus renuncias les vacía de contenido; desatienden los pormenores que les constituyen como personas, no les da por ese tipo de cuestiones. A su vez, la ligereza les aporta menos argumentos y así se consuma la banalidad de los comportamientos posteriores. Se configuraron como sujetos VELEIDOSOS, antojadizos y sin unos fundamentos razonados. Prolifera la afiliación tácita a dichos gremios, dadas las metas mediocres que ellos mismos se trazaron. Si acaso dudamos de esas tendencias, echemos una mirada a lo expuesto en las parrillas de cada programa televisivo, o a los nombramientos y actuaciones ministeriales; apreciaremos buenas representaciones del asunto, y no precisamente ejemplares.
La poquedad manifestada en los contenidos justifica el carácter endeble de las gentes acomodaticias, se implantan con diversos grados de IMBECILIDAD, con los cuales impregnan las actividades sociales. He citado la televisión y ustedes dirán si no resulta complicado el hallazgo de un buen programa en alguno de los numerosos canales. Tampoco quedaremos extrañados a la vista de una gran movilización desencadenada por un único mensaje, en el móvil o en el correo electrónico. El denominador común de estas conductas se muestra muy nítido, muy poca observación analítica y una gran dosis de reacción superficial, sin apenas argumentaciones. Bien elegido el momento, se lanza la señal y se convierte en un potente instrumento para el manejo de una gran masa de gente. Si de esa manera se valora una obra artística, un libro o una política; deduciremos pronto la calidad de las perspectivas en el horizonte.
Las verdades incordian. Por un lado se ratifican con dificultad, pero además, tienen un carácter cambiante en cuanto se modifican sus circunstancias temporales. Por eso mismo, ¿A qué viene tanto revuelo con los argumentos sesudos o frívolos? La verdad se maneja mal, no se deja tergiversar así como así. Las verdades suelen adolecer de terquedad, o acaso sea su virtud. No cabe duda, los chismes se manejan con soltura, no precisan de comprobaciones solemnes y encima divierten al personal, sobre todo cuando no se refieren a uno mismo y exponen alguna debilidad ajena. Por eso se difunde a lo grande el COTILLEO, ese afán informativo de las particularidades del prójimo, cuanto más inconvenientes tendrán una mayor aceptación general. Las intimidades chiflan de una manera especial, de ahí el auge de la actividad fisgona. No rebusquemos, el trasfondo suele estar bastante deshabitado, se trata de una chispa, pero cuyo residuo abunda en malestares y frustraciones.
Hemos pasado de la curiosidad encomiable, observadora y encaminada a la solución de los problemas; a una tarea dicharachera, si es ruidosa mejor, con el añadido de ejercitarse a expensas de otras personas, de las que extraen intimidades y miserias. A dicha tendencia habrá que reconocerle el beneplácito de las audiencias.
La celebración de una observación minuciosa, bien planeada y orientada hacia metas saludables, será una rareza mientras predomine esa ley del esfuerzo escaso y extraviado, ni físico ni mental, simplemente sin calentarse el caletre. Al contrario, la NECEDAD tiende a deslizarnos por un tobogán peligroso y deleznable. En esa dirección se avizora un aumento de lo peor y apenas algún rescoldo reconfortante."
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