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Tags: Cultura · Obra 'Poseu-me les ulleres' · Rafa Esteve-Casanova
Versos de Andrés Estellés en el Raval de Barcelona


Rafa Esteve-Casanova


Rafa Esteve-Casanova Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 14 de enero de 2011, 09:23
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Desde el pasado día 11 y hasta el 23 los versos de Vicent Andrés Estellés suenan en el Raval de Barcelona, la Companyia de Teatre del Micalet ha llevado hasta allí su espectáculo “Poseu-me les ulleres”, una especie de recorrido biográfico por la vida del más grande de los poetas valencianos del siglo XX aprovechando algunos de sus poemas y una parte de los escritos en prosa del poeta de Burjassot.




Vicent Andrés Estellés


El título de la obra es la transcripción literal del último verso en el que el poeta indicaba cómo quería ser enterrado indicando a los suyos que en el momento de colocarlo en el ataúd para su último viaje no olvidarán ponerle las gafas, esas gafas detrás de cuyos cristales siempre se escondió la mirada picara de aquel pequeño en estatura pero gran hombre en hechos.

La noche del estreno disfruté y también me emocioné recordando las muchas horas que pasé junto al poeta, primero conocí sus versos, hubo una época de mi vida en la que me emborraché, metafóricamente, con los versos de Vicent, me bastaba leer cualquiera de sus poemas para recorrer las calles de mi vieja Valencia, abría cualquier página de uno de sus libros y allá aparecía el viejo trenet de madera que cada día me llevó durante años de Benimaclet a Valencia, con sus versos rememoraba mis años de infancia cuando algunas noches estivales robábamos melones de cualquier campo de la huerta y después de darnos un buen festín nos bañábamos en las entonces todavía limpias aguas de las acequias mientras escuchábamos el croar de las ranas y los cri-cri de los grillos. Pero sus versos también me traían la evocación de los años oscuros y tristes de la posguerra, del pan negro que los niños no queríamos comer y de las cartillas de racionamiento, de los besos prohibido y robados en la oscuridad del cine, de los olvidados y vencidos, de la “Moral”, aquella policía montada que perseguía por las playas a los considerados descocados, simplemente por ir tan sólo con bañador fuera del agua, por la moral imperante en aquellos años. Y, por encima de todo, el amor a una tierra, a un país que nos ocultaban y que íbamos descubriendo en los versos del poeta, en los libros de Joan Fuster y Sanchis Guarner, conocidos como “la Santísima Trinidad” o en los artículos y charlas con Vicent Ventura, maestro de muchos periodistas y escritores de mi generación.




Plaza del Caudillo, Valencia.

Finalmente, una noche, en Foios, un pueblo de la huerta valenciana, tuve la enorme suerte de conocerle personalmente. Los jóvenes del pueblo habían convocado unos Juegos Florales y yo gané la Flor Natural con un poema dedicado al amor y la muerte, una temática muy estellesiana, él, mi maestro en la poética era el mantenedor y a partir de aquella noche ya fueron muchas las veces en que nos vimos. Primero en la vieja redacción de Las Provincias donde yo acudía a llevar mis colaboraciones y siempre aprovechaba la ocasión para charlar un rato con él y leerle alguno de mis poemas, siempre me animó a seguir escribiendo. Después junto a Ovidi Montllor fuimos a algunos pueblos valencianos donde Ovidi cantaba sus poemas y él recitaba, con una oratoria rápida, alguna de sus composiciones, también estuvimos juntos en París, en el Olympia mientras Ovidi cantaba aquellos de “No hi havia a València dos amants com nosaltres”. Le entrevisté muchas veces, la última fue en su piso de Ceramista Ros, de aquel día le recuerdo sentado en una mecedora o un sofá con una pequeña manta cubriendo sus piernas de las que se ya llevaba tiempo resintiéndose. Pero nunca dejó de escribir versos, pese a autocalificarse como un “escritor aficionado” fue muy prolífico, dicen que llegó a guardar sus versos en sacos enormes.

“Poseu-me les ulleres”, dirigida por Pep Tosar, ha conseguido plasmar la vida y la obra de Vicent Andrés Estellés en noventa minutos y la verdad es que el público aplaudió a rabiar cuando la noche del estreno en el Romea finalizó la representación. Estamos ante una obra que va más allá del puro teatro, se utiliza la música con Miquel Gil y su voz rota acompañado por su guitarra, la danza donde Isabel Anyó, nieta del poeta, remarca con su baile algunos pasajes de la obra de su abuelo que van desgranando en el escenario, convertido en una taberna de Burjassot, los actores Joan Peris, en el papel de periodista, y Pilar Almería, en el de tabernera. Un audiovisual proyectado en un tul que sirve como telón de fondo y separador del escenario muestra imágenes del barrio del Carme de Valencia, de la huerta, de Burjassot y de las acequias, aquellas acequias donde el poeta, como yo, también se bañó siendo un niño. En dicho audiovisual aparecen los dos hijos del poeta y varios de los que fueron sus amigos y estudiosos de su obra. La única pega que se le puede poner a esta buena obra es que, tal vez, deberían haber puesto algunos rótulos con los nombres de estas personas y así que el público conociera de quiénes se trata. Por lo demás aconsejó vivamente la visita al Romea o a cualquier otro teatro donde la Companyia del Micalet represente esta obra, seguro que, quienes no conozcan con anterioridad los versos de Estellés, correrán a la librería más próxima para hacerse con uno de sus libros.

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