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Talentos
Octavi Pereña
Según el texto de Mateo 25:14-30 que trata del tema de los talentos, cada persona tiene como mínimo un talento. En la antigüedad el talento era una medida de peso. Es muy posible que los actores secundarios de la parábola recibiesen cinco, dos y un talento de oro para que negociaran con ellos. Hoy la palabra talento no se relaciona con el peso, sino con las capacidades intelectuales de las personas. Aplicando la parábola a nuestro tiempo podemos pensar sin temor a equivocarnos que cada individuo tiene como mínimo un talento intelectual.
El hombre rico de la parábola que sale de viaje y que reparte talentos “según su propia capacidad” era una persona inteligente. No da cinco o dos talentos a alguien que no tuviese capacidad de administrarlos. En el campo intelectual sucede algo parecido. Dios reparte talentos de manera diversa según su voluntad. De acuerdo a las capacidades intelectuales y a la posibilidad de acceder a los diversos niveles de educación se reciben cinco, dos o un talento. Las personas no son todas iguales en este sentido. El problema se encuentra en qué hacemos del talento o talentos recibidos. El texto del Evangelio nos dice que quienes recibieron cinco y dos talentos negociaron con ellos y duplicaron el capital recibido. En cambio quien recibió uno “fue y cavó la tierra, y escondió el dinero de su señor”, es decir, que no negoció con él.
Fijémonos que le ocurrió al hombre que recibió un talento y lo escondió bajo tierra. Cuando el señor regresa de su viaje reúne a su servidumbre para pasarle cuentas. Quienes duplicaron el capital, el señor los felicitó diciéndoles: “Bien, buen siervo fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré, entra en el gozo de tu señor”. Quien recibió un talento y no lo negoció presentó excusas para justificar su negligencia. El señor no las acepta y le dice: “Quitadle, pues el talento, y dadlo al que tiene diez talentos”. La moraleja de la parábola es que quien negocia con lo que tiene lo incrementa y que quien es un holgazán lo pierde.
En el mensaje institucional de Año Nuevo del presidente de la Generalitat de Catalunya Artur Mas, entre otras cosas dijo al referirse al esfuerzo personal que se requiere para provocar la recuperación económica: “Para levantar a nuestro país no existen milagros ni soluciones mágicas. No hay atajos. Sólo existe un camino: trabajar duro, esfuerzo, sacrificio, imaginación, creatividad, moral de victoria y convicción en nuestras posibilidades”. Creo que el presidente Mas no es partidario de dar alas a los’ni- ni’ ya que es una manera de esconder bajo tierra los talentos que se poseen y que se pierden, convirtiéndose los tales en obstáculos que impiden el crecimiento y el bienestar social y económico del país. Vivir en la cultura de lo fácil e inmediato no es solución de futuro.
Multiplicar los dones exige la laboriosidad de la hormiga. Proverbios nos insta a fijarnos en este pequeño insecto para aprender de él el esfuerzo persistente. Los talentos que se poseen es preciso hacerlos aflorar. Descubrirlos y multiplicarlos es el resultado del trabajo paciente. No se manifiestan como por arte de magia. Es el resultado de la labor continuada. Poco a poco se van descubriendo y multiplicando.
El hombre de la parábola que no negoció el talento recibido ilustra su falta de ilusión. No estaba motivado para sacar provecho de lo que había recibido. Es un referente del hombre actual, desilusionado y desmotivado. Que no hay futuro en su vida. La filosofía materialista de la vida lo ha desengañado. Le remata la poca ilusión que le queda el hecho de ver la injusticia y la corrupción que andan a sus anchas sin que nadie les ponga freno. Si todo termina aquí. Si no hay un más allá en el que brille la justicia plena, se dice: comamos y bebamos que mañana moriremos. Nos desharemos en la nada.
En esta situación de bancarrota interviene Cristo que hacer revivir al creyente y le despierta la ilusión y la esperanza perdidas. Ya no es un ser que vegeta sino un ser vivo. Allí en donde hay vida existe crecimiento. Ahora ya no se conforma con el ocio pasivo que le brinda la sociedad de consumo para mantenerlo en un estado de modorra, sino que ‘negocia’ los talentos que habían permanecido ocultos bajo tierra, que se multiplican proporcionándole gozo duradero y bienestar a las personas que reciben sus efectos. Cuando llega la vejez no se conforma con jugar al dominó o a las cartas. Comparte los talentos recibidos lo cual hace que su jubilación sea fecunda y llena de sentido.
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