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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Excesos legislativos y libertad


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 11 de enero de 2011, 09:46
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Cuando se analizó en profundidad el Manual de Organización Interior de aquella multinacional francesa del automóvil por parte de un reconocido gabinete internacional de auditores, se llegó a una conclusión demoledora: si se aplicara en su totalidad, las fábricas no podrían funcionar. Es lo que llamamos un exceso normativo, y de sobra es sabido que los excesos nunca funcionan. Mejor, mucho mejor la falta que el exceso. Es lo mismo que les suceden a los padres cuando les imponen demasiadas normas a sus hijos o cuando les regañan en demasía: los educandos terminan por no escuchar a sus progenitores sino como ruido de fondo, y, en consecuencia, desobedecen porque la pretendida regulación de su libertad se ha convertido en opresión.

El exceso legislativo siempre tiene el efecto contrario de lo que pretende la norma. De grandes cenas, ya se sabe, están las tumbas llenas. Y esto es lo que está haciendo el PSOE y sus iluminados, así como otros tantos legisladores de pluma fácil, al convertir la regulación de la convivencia en una cadena asfixiante para los ciudadanos que irrumpe sin permiso y de forma absurda en su soberana libertad, coartándola. Según los talentudos adalides del PSOE todo es falta, todo está mal, todo es punitivo, y hasta es necesario ser licenciado en derecho para respirar en la sociedad que están diseñando. Los dioses sociópatas se han vuelto locos.

Sólo los muy tontos precisan ser manejados en cada paso, y los ministros actuales con su legislación excesiva, que es lo que este Gobierno está haciendo, trata a los ciudadanos como imbéciles. No sólo han irrumpido como elefantes en una cacharrería en la Educación con técnicas inscritas de pleno en el ámbito del adoctrinamiento, sino que se aplican en cuerpo y alma en un intolerable intrusismo en el lenguaje, en lo que se lee, en cómo se educa, en la relación entre géneros, en la forma de comunicarse, en el modo, los usos y las costumbres, e incluso, no satisfechos con todo este abuso, también irruyen furibundamente en el campo de la biología, tratando de imponerle a la naturaleza normas que son contrarias a su propia esencia. Ignoran que ya hay un Código Civil y un Código Penal, y que con eso sobra. Tal vez cometan estos excesos legislativos con la mejor intención –que ya lo dudo-, pero están convirtiendo la libertad que dicen defender en un asfixiante y opresivo predio contra el que más pronto que tarde habrá que levantarse o que ignorar. Y tanto más es así cuando, por lograr sus fines, están imponiendo mayores castigos por infringir una de sus desquiciadas normas que por perpetrar un delito de sangre, incluido el terrorismo. Un desvarío propio de quienes gobiernan con el hígado (en el mejor de los casos), además de con una inconmensurable falta de talento y formación.

En España tuvimos un risible rey dedicado en cuerpo y alma durante todo su reinado a la regulación de la convivencia, no habiendo día que no impusiera media docena de nuevas normas, desde cómo y de qué tamaño llevar una capa a cómo y de qué modelo usar un sombrero, o de cómo sentarse a la mesa a por qué lado de la calle caminar. Todo quiso regularlo. El resultado, más que previsible, es que terminó loco y sus normas se convirtieron en el chiste diario de la desobediente población. Quiso instaurar una convivencia perfecta, y consiguió la anarquía, además, claro, del desprestigio de la monarquía. Ni más ni menos que lo está consiguiendo este equipo de iluminados que nos gobierna en la actualidad, sin duda porque por falta de formación ni siquiera sabe de Historia, entrometiéndose en cada uno de los actos soberanos de cada individuo: que si esto es malito para su salud..., que si hablar así no está bien..., que si eso no se lee..., que si así no se conduce una persona de bien..., que si por ahí no se cruza una calle..., que si no se dice esto o aquello..., que si... Y la sociedad, mientras se cae a pedazos como si tuviera la lepra afligida por enormes males, se debate enardecida en cuestiones sin sustancia, derivando en una especie de risión en que los asuntos de Estado son triviales fruslerías propias de necios de capirote.

Hay por ahí un afamado psiquiatra que ha publicado recientemente un libro con un análisis de la personalidad de nuestros dirigentes, en el cual nos ofrece una inapreciable luz sobre los porqués de esta sucesión de despropósitos. Si quien nos gobierna es tonto, el país mismo y la sociedad terminan por ser una tontería, viene a decir, más o menos. “Un tonto es el que hace tonterías”, ya conocen la sentencia de Forrest Gump. Y, oiga usted, tal cosa. Lo que no queda claro es si han sido los culpables de todo esto los ciudadanos al elegir a estas preclaras luminarias con tal hervido (por cociente) intelectual, o si las preclaras luminarias éstas con tal hervido intelectual han sido elegidas por error, quién sabe si porque los votantes se fijaron sólo en el color de su marca o si porque se creyeron lo que decían en los mítines domingueros y no tuvieron en cuenta ni su formación, ni su devenir ni su estabilidad emocional. En cualquier caso hay lo que hay, y quienes hoy nos comandan como en un cortijo de su exclusiva competencia, quieren que todos seamos tontos y que vayamos de su mano por la senda de lo que entienden por libertad, convirtiendo nuestro libre albedrío en una soga de memos que circulan marcando el paso por un pasadizo angustiosamente opresivo. Formación, preparación, idoneidad para el puesto y un buen análisis psiquiátrico previo, es lo que deberían tener aprobado los candidatos antes de presentarse; mientras esto no sea así, seguiremos en las mismas, y no será extraño que un día, so pena de no sé cuantos miles de euros de multa, nos regulen incluso cómo hacer pis. ¡Al tiempo!

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