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Gabriella Giffords: Profeta trágica
E. J. Dionne
WASHINGTON - Hay una invitada cuyas palabras deberían de iluminarnos el significado del tiroteo del sábado de la Congresista Gabrielle Giffords y los brutales homicidios que se cobraron la vida de, entre otros, un magistrado federal y una niña de nueve años. La invitada es la propia Giffords.
Durante una entrevista mantenida el pasado marzo, la Demócrata de Arizona anticipaba casi todo lo que se dice ahora y explicaba el motivo de que lo sucedido el sábado sea una violación de nuestra imagen nacional de "faro". Nuestro orgullo, decía, es que "ponemos en práctica el cambio en las urnas" y no a través de "estallidos de violencia".
Estaba hablando en la MSNBC después de que la puerta de su oficina de Tucson hubiera sido destruida. Giffords había apoyado firmemente la reforma sanitaria, que tenía muy descontentos a algunos de sus electores.
Preguntada si los líderes del Partido Republicano debían de pronunciarse con mayor contundencia contra la violencia, respondió que esta tarea recaía también en manos de los Demócratas y "los líderes de la comunidad".
"Mire, no podemos defender esto". Había problemas con ciertas formas de "tratar a la gente", decía, y a continuación ponía un ejemplo muy próximo.
"Estamos en la lista de blancos de Sarah Palin", decía, "pero la cosa es que para representarlo ha puesto la mira de un arma de fuego sobre nuestro distrito. Cuando la gente hace eso, debe darse cuenta de las consecuencias de esa acción".
Chuck Todd la presionaba entonces en la MSNBC, destacando que "siendo justos, la retórica de campaña y la retórica bélica llevan años siendo equivalentes". Le preguntó cuáles pensaba que eran las intenciones de Palin.
"Mire, ni idea, no soy Sarah Palin", respondía Giffords llanamente. "Pero lo que puedo decir es que en los años durante los que algunos de mis colegas han formado parte de la administración - 20 años, 30 años - nunca he visto algo así. Hemos de resolver los problemas negociando, trabajando juntos, espero que Republicanos y Demócratas.
"Entiendo que esta reforma sanitaria es increíblemente personal", continuaba, "probablemente el voto más significativo depositado en décadas, francamente. Pero la realidad es que hemos de centrarnos en la legislación, en el mecanismo, pero los líderes - los líderes de la comunidad, no sólo los dirigentes políticos - han de tomar perspectiva cuando las cosas se acaloran demasiado y decir, 'Oye, vamos a recular en esto'".
¿Podemos poner perspectiva ahora por favor?
Empecemos siendo honestos. No es partidista observar que nuestra política tiene ciclos de retórica violenta. A finales de la década de los 60, la retórica violenta (y a veces la propia violencia) era más común entre la izquierda. Pero desde la elección del Presidente Obama, es indiscutible que gran parte de la derecha estadounidense ha adoptado un lenguaje de violencia revolucionaria en nombre de derrocar "la tiranía".
Son los detractores de Obama los que llevaron armas a sus discursos y citan el discurso de Jefferson de que el árbol de la libertad "debe ser regado de vez en cuando con la sangre de los patriotas y los tiranos".
Fue Sharron Angle, la rival Republicana de Nevada del líder de la mayoría en el Senado Harry Reid, la que habló de "recursos de la Segunda Enmienda". Y sí, fue Palin la que puso esas miras sobre los distritos de los Demócratas a los que intentaba derrotar, incluyendo el de Giffords.
La idea no es "culpar" al conservadurismo estadounidense de las acciones de un caballero posiblemente trastornado, especialmente porque las opiniones de Jared Lee Loughner parecen totalmente confundidas. Pero ahora tenemos que insistir con mayor firmeza en que la amenaza de la violencia no menos que la propia violencia es incompatible con la democracia. La retórica violenta y el teatro agresivo no pueden formar parte de nuestra rutina política. No es agradable ni sorprendente poner miras de un arma de fuego en un distrito electoral.
Los izquierdistas fueron acertadamente presionados en los 60 para condenar la violencia de la izquierda. Ahora los líderes conservadores tienen que hacerse cargo de sus márgenes cuando utilizan un lenguaje que amenaza derramamiento de sangre. Eso significa más que hacer simplemente declaraciones generalistas elogiando la urbanidad.
En honor a Giffords, el esfuerzo por drenar los pantanos retóricos debería ser tan independiente como lo fue ella durante su entrevista. Es un error, en cualquier franja del espectro, decía, "incitar a la gente y atizar las emociones".
Hay, decía, "regiones polarizadas de nuestras formaciones que se ponen nerviosos de verdad y es entonces cuando, de nuevo, los líderes de la comunidad, no sólo, ya sabe, los líderes políticos, todos nosotros tenemos que cerrar filas y decir 'Vale, esto tiene un límite'".
No es utilizar erróneamente un término invocado de forma excesiva decir que es trágico que una figura política consciente del coste de la violencia política se convierta en su víctima.
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