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Tags: Opinión · Opiniones de un paisano · Mario López
El fin de una era más


Mario López


Mario López Mario López
lunes, 10 de enero de 2011, 09:01
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Yo reconozco que a veces parece como si mi cerebro fuera un reino de taifas y cada región anduviera a su bola, como este Estado de las autonomías en el que vivimos. Me imagino mi propio mapa autonómico: el rombencéfalo gobernado por los comunistas, el mesencéfalo por los socialistas, el prosencéfalo por liberalas lideresas, salvo la aldea irreductible del telencéfalo, en donde reina, como no podía ser de otra manera, la más absoluta y gloriosa anarquía (no en vano es la estructura cerebral que representa el nivel más alto de integración de somática y vegetativa). Reconozco, igualmente, que muchas veces no sé si voy a la deriva por el proceloso océano de los acontecimientos o es que, simplemente, estoy siendo arrastrado por la corriente de la historia. Muchas son las veces que no sé si voy en contra o a favor del viento.

Hoy, a mis ya viejunos 54 años, me siento desorientado. Me da la impresión de que estoy asistiendo al nacimiento de una nueva era y que el mundo en el que crecí y en el que ya me estaba acostumbrando a hacerme viejo, se está yendo a freír espárragos, de esos pequeños espárragos que crecen por los pantanos y que hay que ser muy hábil para dar con ellos. Las escasas certezas que me había prestado la experiencia, también se han desvanecido como las últimas imágenes del sueño que te entretiene en la cama unos minutos antes de meterte en la ducha. De aquello del sexo, drogas y rock & roll, no queda ni la pajilla. De ese izquierdismo rebelde que ofreció generosamente sus lomos a las porras de los fieles guardianes del orden, queda un sentimiento profundo de haber hecho el gilipollas. De aquello otro de realizarse a uno mismo queda una mierda. En fin, que, finalmente, ni el humo de la bohemia me acompañará al sepulcro. Nos están dejando un mundo aséptico, albo, apolíneo, muy razonable y tecnológico; un mundo en el que es evidente que yo sobro, como sobran los ceniceros, los mecheros o las ganas de fumar.

En este otoño de uno mismo puedo atisbar un horizonte extraño, como diseñado para otra especie, con ritmos y olores que no reconozco. Es una sensación parecida a cuando ya todos en la oficina saben que no te van a renovar y te hacen el vacío; un vacío sutil, involuntario, espontáneo, que te espolea la autoestima y te acaba convirtiendo en un fantasma. Es evidente que si no fuera así se haría muy difícil conciliar la muerte.

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