|
Del amor y otros desastres
Ángel Ruiz Cediel
¿No es verdad ángel de amor…? Pues no, no lo es. Son sólo palabras, cuestión de ritos de apareamiento o, en casos positivamente excepcionales, intentos de formar una simbiosis. Soledad, bioquímica sexual, cosas de la costumbre, demostrar a los coleguis que se es más ligón…, las causas del establecimiento de la relación de pareja pueden ser muchas, casi tantas como trovadores de la estulticia atiborran los microsurcos y las ondas: para extenuarse sólo con el listín, como aquel que dice. Sin embargo, en el amor hay de todo menos amor.
Vale que cuando una relación comienza la sangre hierve, que obsesiona el compartir espacio y tiempo –sobre todo espacio y tiempo- con la prenda de nuestros desvelos, pero todo ello, así que va pasando el tiempo, va derivado de las ascuas a la carbonilla, de la pasión a la costumbre y de los arrullos y los besos a las peleas de mandil. Uno no quiere, pero al final se acaba casando con la Pajín o con la Aído (si es que no con la propia madre), y eso es algo que trastorna, que enferma, que empuja al suicidio. Mucho mejor y más recreativo una pesadilla.
El ancestral hogar del amor, por arte de las cosas de la modernidad, se está convirtiendo en un recinto de sufrimiento donde uno duerme con su peor y más visceral enemigo. No importa de lo que se discuta –porque la convivencia trae estas discrepancias de forma natural-, uno es machista, y, si me apuran, torturador psicológico de ésos que sólo porque medie una denuncia va de patitas al hotel las rejas. Un pan como unas hostias, en fin. El amor, hoy, en fin, es una impostura de la tradición, una aberración, un campo de minas en el que no se sabe cómo ni por qué, en cualquier momento puede deflagrar la bomba atómica, así, porque sí. Y todo ello, claro, adobado por una serie de agresiones que usan todas esas confidencias que se secretearon en la intimidad del arrullo y los besos. Hasta los niños se convierten en armas arrojadizas, de modo que del sexo, ni hablemos. Ante sus amigas, si estás bien puedes ser Supermán, pero si estás en medio de una conflagración doméstica pues eres Mambrú, el ogro, el machismo personificado con dos pistolas, y, si se apura un poco el cuento, un digno representante de la dictadura. Y es que lo primero que hace una mujer cuando “pilla” a un incauto y lo convierte en su cosa, en su marido de collar y correa, lo primero que hace es un mapa de sus puntos para cuando esté de morritos con él, que es casi siempre, batir las posiciones una por una sin dejar esquina sin escobar: impotente, inútil, vago, cobarde, y, por supuesto, todos sus orgasmos son fingidos. Y debe ser así, sin más ni más, porque una mujer cuando nace, lleva todas sus anotaciones en su libro de contabilidad, uno que tiene dos columnas para saber el saldo, y las cuales son: Debe y Debe. Todos los agravios bien anotaditos con fechas y detalles escabrosos, de modo que no importa cuál sea la causa de la discusión, así que empiece, tendrá uno que volver a rendir cuentas desde Indíbil para acá, como poco.
Miren, uno ya va teniendo sus años, cree que todavía le quedan muchas más cosas que hacer que las que recuerda, y pasa de esto. Hace algunos años escribí una novela que se llama los días de Gilgamesh, y, aunque su argumento va por otros lares, hay un tal don Vitorino que hace una elegía de la soledad onanista, y, como viene muy al hilo de lo que está sucediendo en esta sociedad donde gracias a las feministas y a las leyes andrófobas hay más divorcios que parejas que se forman, les regalo esta perla. Pido perdón de antemano por la extensión. Que lo disfruten.
“—No, señores, no; ¿casarme yo de nuevo?...: ¡ni que estuviera loco! Con un viaje por el Infierno ya tiene uno lo bastante, y yo soy de los que renuncié a la dictadura de la vagina y se hizo ciudadano honorario de la beatífica república de la idea: el mundo en la mano, como aquél que dice. La idea, sí, que es pulcra e inodora: ¡Inodoooora! (Echándose al coleto un güisqui de un trago, exaltado y con los ojos tan fuera de sí que parece que en cualquier momento van a salir disparados de las órbitas y atravesar a cualesquiera de quienes en el casino le rodean entre risotadas.) Si quieren ustedes que les diga, pues les digo, por mí que no falte. Uno es feo, y lo sabe, pero no es por falta de mujerío, que hasta para el más horrible roto siempre hubo un zurcido. Soy feo, sí señor; pero no idiota. Mujer ya tuve, y de sobra saben ustedes que no fue ni buena ni mala, sino mujer, que no es poco. ¿Matrimonio? ¿Y qué significa matrimonio?...: pues ni más menos que un consenso social armado para formar una familia. Y yo pregunto: ¿qué consenso es ése, si puede saberse, en el que todo pasa por el tamiz del dictatorial deseo matriarcal, anulando al esposo?...
Porque, señores, no debería decirse matrimonio, sino matrinomio, ya que hablamos de un monomio gobernado con mano de hierro por la mater..., que en mi caso ni llegó a serlo tan siquiera, pues, amén de fea, palurda y contrahecha, era más estéril que el bendito Sahara. Ella, como todas, claro, se creyó que la vida es gratis, que el matrimonio es de balde, que casada y con su áurea vagina bien escondidita en lo más hondo de su ser, ya estaba todo hecho y que a nada se debía ya sino a afanarse con denuedo de especialista en la extorsión de su consorte, su servidor de ustedes, perpetuamente. Devota era, sí señor, y más que eso: beata fidelísima de Santa Bronca Perpetua y miembro honoraria de la cofradía de San Mandilón Escoboncio, a quien se consagró en cuerpo y alma desde el mismo día en que don Melquíades nos echó las bendiciones, maldita sea la hora. En los diez malhadados años que duró mi descenso a los infiernos, doy fe de que no hubo rincón donde esconderse, que parecía uno que todo lo hacía del revés, que por gracia sacratísima le habían sacado a uno de lo más hondo del arroyo y que, si vivía, era de favor y gracias a su concurso. ¡Jesús, qué cruz! ¿Piensas?...: malo, ¿para qué?; ¿escribes?...: peor, pérdida de tiempo; ¿sueñas?...: síntoma de locura; etcétera. Sólo el dinero contaba, y, aunque siempre le pareció oropel todo el oro del universo, nada más le sirvió para que metiera en casa cachivaches y garambainas que destruyeron el hogar en mayor gloria y homenaje del señor Malgusto y su hermano don Caos, faltando para lo necesario. Y no es así, señores: no es así.
“—¡Ahí estamos todos de acuerdo, sí señor: usted sí que sabe! —Le alienta don Melitón.
“—¡Exageraciones, exageraciones! ¡Todo eso son exageraciones! —Protesta don Damián.
“—Si quieren ustedes que les diga, pues les digo, que cuerda tengo para rato. Y afirmo y sostengo, señores, que el matrinomio es el redil natural de la conflagración y la causa de todas las guerras universales. Porque, vamos a ver..., ¿no les parece a ustedes sospechosamente sintomático que todos los maniacos belicistas de la judía Historia estuvieran casados?... A ellos, claro, la guerra y sus horrores les parecería una excusa perfecta para escapar impostergablemente del matrinomio sin tener que dar demasiadas explicaciones a sus santas, pareciéndoles, además, que los cuatro jinetes del Apocalipsis eran mejores compadres de parranda que sus verdugos conyugales para echar unos traguitos por esos mundos de Dios, entre caos y matarile. Lo mismito que en casa, vaya, pero a cara descubierta..., aunque con sexo. Porque esa es otra, señores: el sexo. ¡Ja, el sexo! Si lo hay, de pascuas a ramos, rapidito y sin emoción..., y a dormir se ha dicho. Si es que lo hay, ya digo; porque..., ¿problemas de mandil?..., sexo restringido; ¿diferencias de opinión?...: sexo vetado; ¿caprichos insatisfechos?...: sexo prohibido; ¿independencia de criterios?...: sexo anulado; y así con todo. Mi Carlota no era guapa, ni lista, ni ilustrada ni mucho menos, pero parecía buena persona..., que el Señor se lo perdone, hasta que se casó conmigo. Será por mi culpa, quién sabe, que se hizo aún más fea, más oronda, más vulgar, tenía a su hombre en un puño y, sobre todo, tenía su vagina; pero, ¡joder!, por mi culpa o no, yo, señores, habitaba la dictadura del espanto, así físico como intelectual. Debería darme por satisfecho, porque mi matrinomio me había proporcionado casi todo lo posible, hasta mi más feroz enemigo, con las únicas excepciones de la belleza de la armonía (en todas y cada una de sus manifestaciones) y la armonía del sexo. Aunque ustedes no lo quieran creer, yo pienso, sufro, siento y gozo; pero con ella no podía hacer sino padecer una mortificación permanente que, de haber sido creyente, a Dios se la hubiera ofrecido para que al morir me dijera: «El Paraíso es tuyo, porque lo has pagado a plazos desde acá hasta los arrabales del Purgatorio.» Pero soy ateo por la gracia de Dios; de modo, que estaba jodido, amigos. La desdichada ignorancia de juventud propició que la calentura me volviera tarumba transitoriamente, a resultas de lo cual pagué el desafuero paseando diez largos años de matrinomio por un campo minado, sin saber cuándo ni cómo podía estallar un bombazo y armarse una tremolina de mil diablos. Al principio, combatí con aguerrido aplomo y traté de asegurarme un bastión en el que seguir siendo el hombre que, además de rutinas, tiene aspiraciones, aunque fue en vano; luego, tratando de aprender a aceptar mi suerte, oré y le dije al Dios ese en el que no puedo creer por causa de la jodida razón: «Señor, dame fuerzas para soportar mi martirio», y compre paz por espacio, me esforcé, como muchos de ustedes, seguro, en claudicar antes de que la batalla se celebrara, renunciando a sueños, pasiones y hasta emociones, convirtiéndome en un carneril lacayo de mi Santa Déspota particular; y por último, en vista de que todo fallaba y que no había espacio por mínimo que fuera en que pudiera poner mis pies sin que la catástrofe me alcanzara, ahorré valor, acumulé ánimo y, sin tenerlas todas conmigo pero jugándome el todo por el todo, me enfrenté a su cara de furriel chusquero, y le dije: «Querida, es usted demasiado fea para decorar la casa, exageradamente cara y excesivamente contrahecha como puta, excesiva soga para mis iniciativas, garrafalmente sucia para mucama, inmoderadamente corta como compañera de charla, descomunalmente tarugo como musa y escaso tormento como martirio que asegure el Paraíso, de modo que me libero de usted, señora furriela, me declaro en rebeldía activa contra su absolutista imperio de mangoneos, ayes y quejas, me independizo de su tiranía de minas y ascuas infernales y me hago súbdito de la república de la idea: santas y buenas.»
“Risas hay, e incluso comentarios que, cínicos o no, respaldan la singladura del secretario por los procelosos océanos de la memoria, identificándose, entretanto el orador se echa al coleto otro buche del güisqui que el tabernero le sirve por indicación de don Melitón, quien quiere ir con la fiesta hasta su última Thule.
“—Siga, siga, que el camino es bueno y el rumbo el correcto, Vitorino —le empuja el pícaro anciano.
“—Pues por mí, sin problema, que si quieren cuerda, cuerda tengo, no lo duden. Como digo, amigo míos, así fue la cosa y así mismo me hice siervo del ensueño, señor de mi libertad y revolucionario de las odoríferas ideas. Así de jodida estaba la cosa, amigos, aunque sin hijos, Gracias al Dios que debe ser aunque esté incompleto porque yo no creo en Él. Porque vamos a ver, señores: ustedes se han casado, ¿por qué, eh, eh, eh? Pues, como todos lo hicimos, por capricho de la señora Vida, naturalmente, que es una mala pécora y una burlona de cuidado a quien le gusta gastar bromas más que pesadas a sus criaturas. ¿Quieren que les diga?...; pues les digo, ¡ea!, por mí que no quede.
Veinte añitos; ¿recuerdan las sugerentes curvas que tenían sus señoras, esas caderas, esos senos y esos cosenos que la impía señorona Vida implantó a sus Perpetuas cuando estaban en edad de reproducirse y servir a su pérfida ama, atrayéndoles como las sirenas a Ulises? ¿Y qué queda ahora de toda esa geometría, eh, eh, eh? Y, sin embargo, a pesar de la estafa, pues que ahí siguen con ellas, sólo que las muchas curvas es ya única y cerrada como un aro, el matrinomio las tornó desangeladas, regañonas, generosas sólo para repartir frustración, unas fiscales metomentodo con quienes a buen seguro se acuestan como quien se lava la cara por pura simbiosis de la costumbre o porque no hay otra cosa más a mano con la que aliviar la calentura de la carne, salvo esas escapaditas que se hacen al club El Vergel para retozar con carnes más jóvenes, aunque sean esclavas de mafias internacionales. ¡Y qué sería de ustedes si no fuera por esas Glorias! Cuestión de sentirse vivos, seguro, y de no perder el paladar a la vida, como si lo estuviera viendo. Porque ustedes no lo ven, claro...; o lo ven y miran para otro lado, para que no les roben la ilusión de seguir vivos carne adentro y que no apaguen la luz de sus sueños. Pues, ¡ea!, yo me liberé de su dominio carnicero, puse cepo al trasto matrinomio, inflé mis velas de libertad y me eché a surcar los mares de la vida sin el ancla que me retuviera fondeado en el malecón de la desdicha permanente. Eso les diferencia a ustedes de mí, señores míos: yo me hice libre, amo y señor soy de mis actos y sus consecuencias. A nadie rindo cuentas, a nadie me confieso, a nadie me someto, sino a mi santa idea, la diosa con la que construyo mi propio universo: a la constructoooora idea.
“—Claro, claro, don Vitorino, y como a usted las mujeres no le gustan ya —le pincha don Melitón, echando un disimulado guiño a sus compadres.
“—¡Desmiento el infundio, señor! —Redarguye don Vitorino abriendo los ojos como compuertas, poniendo la boca en pico y elevando el dedo índice de su mano derecha como si se dispusiera a desvelar una de las verdades eternas—.
Yo, señor, me sé repudiado por la señora Vida desde poco más allá de mi alumbramiento, a causa de la horridez con que generosamente me dotó por carencia de otras virtudes, y bien que lo saben ustedes que su buena chacota han gastado a mis costillas desde mi primera leche. Feo por fea, casado me hube, y con la muestra de sobra tengo para varias vidas. Porque soy feo, ya digo; pero no recorta lo cortés méritos para lo valiente. Muchos de los que aquí están se han reído de mí como entretenimiento, porque no soy agraciado y no me dio Dios ni una exigua guapura con la que pasar desapercibido, sino que me disparó en el rostro, como si fueran excedentes de un saldo, todos los remanentes de narices, me dio boca por una familia numerosa, orejas como para escuchar lo que susurra en la última esquina del mundo y un cuerpo que..., en fin, no es el de Adonis, precisamente. ¿Castigo? No; no es un castigo, sino un premio. Algunos parece que nacen para triunfar y fracasan, y otros parece que nacemos para el fiasco y tenemos éxito. Y no lo digo porque me casara, que el Dios en el que no creo no me lo tenga en cuenta (persignándose muy aparatosamente), sino justamente por su inverso. Sus burlas de entonces, señores, cuando me divorcié, me echaron de la sociedad para siempre, de su sociedad, empujando a que si alguna manceba sintiera inclinaciones por mi persona saliera disparada en dirección contraria, porque se avergonzaba. Sufrí, sí; pero en mi sufrimiento, señores, iba incluso el Paraíso, porque aprendí a crecer sólo y sin cadenas, bendita sea la hora. Si me faltó el mundo, obtuve a cambio el universo de las ideas; si me faltaron amigos, me sobraron sueños; y si me faltaron realidades, me sentí excedentario de credos. Ustedes caminaban por una cara de la cinta de Moebius, y yo lo hacía por la otra: realidades y sueños, ya se sabe. Y ahora, que ha sonado la trompeta del Apocalipsis Silencioso y el mundo se acaba, gracias a Dios...; ahora, que todos hemos de caminar por la otra cara de la cinta en la que caminábamos, ¿qué, eh, eh, eh? Pues que ustedes sufren por todos los suyos y yo sólo por lo mío, y que por añadidura no me pesa. Me iré sin débitos, sabiendo que he vivido de lo mío solamente. Sí, señores: de lo mío. Y si quieren que les diga, pues les digo, por mí que no sea, ¿eh? ¿Mis amores?...: aquí, aquí, en esta santa tronera en la que nacen, descansan y mueren, si es que yo lo quiero y mando, porque soy su dios y su señor. (Dándose con tal vehemencia con el dedo índice en la sien que algunos temen por un suicidio público.) Ustedes se acuestan con sus señoras como quien va a misa sin fe, pero luego hablan... o roncan, que es peor. ¡Y hueeeelen! Apestan a sudor o a excrecencias. Yo, señores, desenrollo aquí, aquí, aquí (volviéndose a señalar con el dedo la cabeza), a mis huríes, a mis mulatas o a mi amor quinceañero, las disfruto (haciendo más que elocuentes movimientos onanistas con la mano derecha), las enrollo de nuevo, y a otra cosa, sin charlas indeseables, sin ronquidos y sin oloooores. Sí, señores, sí; a mí no me importunan con sus menudencias, ni me interfieren la vida. ¿Que hoy quiero gordas?...: pues gordas. ¿Que delgadas?...: pues como sílfides. ¿Que veinteañeras?...: pues tal cosa. Y así con todo. Son como quiero, obran como quiero y hacen cuanto les demando, porque ellas son mi creación: ¿qué más se puede pedir? ¡La orgiástica es mía! ¡La ternuuuura es mía! ¡La poesía misma es míííía! (Aparatosas risas de la audiencia.) Sí, sí; ríanse, como han hecho siempre; ríanse cuanto quieran, que aquí, aquí, aquí (golpeándose la sien arrebatadamente), ni envejecen, ni sufren ni padecen, y siempre están listas para complacerme, mientras las suyas engordan, se llenan de hediondas arrugas y les martirizan con sus trapos de cocina y sus mandiles, empujándoles a la escapadita a El Vergel. Yo, señores, la santa idea, el creador de mi propio universo, sin disputas, sin conflictos, sin desencuentros, todas bien archivaditas en su gavetita, sin otras religiones ni otras fes que lo que me complace y cuando me complace, sin hacer ni recibir daño. ¿Quién gana, eh, eh, eh? ¿Quién, señores míos, es el feliz y quién el infeliz, eh, eh, eh? ¿Quién, señores, habita el Paraíso en vida, eh, eh, eh? Y ahora, ahora que la señora vida se apaga, sufrirán con la tristeza de ver cómo los suyos lo hacen también, o se apagarán ustedes sabiendo que a los suyos no les queda futuro, entretanto las mías, mi mundo, se extinguirá conmigo con la satisfacción de haber sido leales a su dios universal sin reservas, y sin dolor ni pena. …”
Que se case o forme pareja otro, en fin. Por aquí se dimite. O que formen pareja con la señá Pajín, que hoy se come de todo, o con la señá Aído.
|