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Tags: Opinión · Cesta de Dulcinea · Nieves Fernández
Devolver algo más que regalos


Nieves Fernández


Nieves Fernández Nieves Fernández
sábado, 8 de enero de 2011, 10:33
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Pasada la euforia de los regalos generosos y masivos de enero, las calles y tiendas de todas las ciudades se llenan de viandantes que ocupan las aceras de nuevo, en una repetida fiebre consumista e inevitable, porque nadie se podrá resistir a las rebajas durante casi tres meses, que es lo que duran los llamados “miniprecios”, y que en realidad sólo nos volverán locos apenas durante las primeras dos semanas.

Pero, también, de forma paralela, llega la hora de las devoluciones, es lo más triste que le puede pasar a un regalo o paquete, lo más inesperado y desagradable tanto para el que pide o compra ese regalo como para quien lo recibe, por no decir para el comerciante que ha de dar esa incondicional garantía.

Para el que lo compra porque sus dudas sobre la talla, repetición o elección quedaron disipadas con esa negativa, porque la sonrisa de aceptación se murió en una frase, “ya lo tengo”, “me queda pequeño”, “no funciona”, o “está roto”.

Para el que lo recibe porque de pronto se quedará con cara de quedarse sin su regalo y con voz pausada de no molestar mucho dirá: “Lo siento, ¿podrás devolverlo?” o peor aún: “Dime donde lo has comprado, yo mismo lo cambio”.

Para el que lo ha vendido llega el trabajo de devolverlo a la fábrica o mayorista, de volver a calcular los beneficios, de devolver a su vez lo ya devuelto, porque no siempre se va a atender estas tareas con la misma alegría, no es igual atender una venta en diciembre que responder a una devolución en enero.

Se me ocurre que las cosas que se devuelven como objetos materiales que nos pueden dar una felicidad pasajera si son regalos acertados, se pueden volver de pronto en el delirio consumista, en regalos diferentes, en regalos mucho más “humanos”. Se me ocurre cómo devolver los regalos no materiales que nos llegan a lo largo de la vida, no como regalos que se compran, sino como regalos de nuestra memoria afectiva.

Me explico, con la convivencia todo buen regalo de vida, una pareja, un amigo, un familiar, un compañero, un vecino, incluso un hijo, se puede convertir en un regalo a devolver al supermercado del desamor, del odio y del olvido y esos regalos un día, humanamente aceptados, cuesta tanto arrancarlos de la estantería de nuestras emociones que duele su devolución al mercado de la afectividad y a la nebulosa de nuestras expectativas. Hablo de las personas a las que un día conocimos y que por sus acciones, ahora deseamos no haberlas visto, no es que nos llegaran como un gran regalo de vida, o sí, pero lo que está claro es que la vida transformó algo agradable a primera vista en algo insoportable, en afectos que se cambian en dolor por lo que rápidamente correríamos a cambiarlos como un secador de pelo que también seca lo soez y vengativo, o hace desaparecer la enemistad o las malas palabras, como un jersey de saldo comprado en las rebajas que de pronto ya no puede abrigar nada positivo y enfría tanto una relación, que lo devuelves porque te ha decepcionado como un témpano de hielo en el escaparate del corazón.

Para devolver estos mal llamados regalos iríamos a la relojería de un tiempo pasado, quizá próximo, y devolveríamos uno a uno todos los relojes averiados en el momento justo en el que una determinada fecha se volvió contra ellos y contra nosotros, devolveríamos el día más aciago con la misma resolución del que devuelve unos zapatos que molestan al caminar por el dolor de pies o acaso del alma.

Más que perdonar, y perdonen por no olvidar los trances, lo ideal sería devolver al almacén de lo defectuoso, con una patada de rabia pero con una sonrisa de satisfacción lo que acaso antes, da igual que sea o no lejano, nos fue injusto o inaceptable; devolver lo vil o ruin de los que hacen daño maquiavélica e interesadamente, preservando así a las personas que de verdad queremos, porque sólo así estaríamos satisfechos de un justo reparto con los buenos y malos regalos. Esos “regalitos” de personas que se cruzan equivocadamente en nuestro camino y que, cual desgracia, se empeñan, sin falta que hace, en regalarnos sus malas acciones junto a su presencia más barata y negativa. Son mercancías sin valor, desechos humanos. Inservibles.

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