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Hablando de memoria y la desafección democrática
Mario López
Ni en público ni en debates en los que se exige un cierto rigor se debe hablar de memoria. Pero tenemos que aceptar que en nuestro diálogo interno, aquel con el que nos ayudamos a desenvolvernos diariamente, hablamos de memoria. Hace muchos años me impresionó la respuesta que dio el empresario, político y deportista Carlos Ferrer Salat cuando le preguntaron en un programa de televisión que qué era para él la cultura: "aquello que nos queda cuando hemos olvidado lo que hemos aprendido". Vino a decir. Yo lo interpreté como la indeleble huella que te deja alguien del que ya has olvidado su rostro. Creo que esa era la idea que quiso transmitir el fundador de la CEOE.
Como digo, normalmente nos hablamos de memoria a nosotros mismos. Uno se tumba en el sofá y deja libre la mente. Los recuerdos, las sensaciones se van mezclando espontáneamente, sin que medie la voluntad. Entonces, te haces una composición de lugar sobre todo aquello que has vivido o de lo que tienes alguna opinión formada, o sobre eso que tanto te fascina o perturba. Últimamente frecuento el recuerdo de Franco. La desafección que me produce la democracia mercantil que padecemos me hace volver sobre su recuerdo. Franco fue un militar que nació en aquel ambiente de profunda frustración nacional sobrevenida al desastre de Cuba y Filipinas. Creció como militar batallando en la miserable guerra del RIF. Le tocó reprimir ferozmente los movimientos revolucionarios que se sucedieron durante el bienio negro de la II República y , finalmente, lideró el golpe militar que nos sumió en la horrorosa noche de la dictadura, después de hacernos padecer la más cruenta guerra civil. Una de las mayores obsesiones de Franco, el leit motive que confesó llevarle a actuar como lo hizo, fue evitar la corrupción política y el enfrentamiento entre los españoles, lacras que para él eran producto exclusivo de los partidos políticos. Así que la solución que impuso fue la creación de un único partido que habría de aglutinar a todos los españoles en un solo afán: la regeneración de la patria y el bienestar de la familia. Puede que Franco obrara de buena fe, pero le faltó perspectiva; parafraseando a Carlos Ferrer Salat, la perspectiva que nos dan las cosas cuando ya las hemos perdido de vista. El dictador no llegó jamás a entender que en un solo partido se pueden producir tantos o más enfrentamientos y corrupciones que en un sistema de partidos plural y democrático. Los que conocimos el franquismo podemos dar fe de ello. La corrupción no es inherente a ningún sistema político sino al propio ser humano, y lo que debemos buscar es el método de corregir o paliar la natural inclinación de la especie a corromperse, dotándonos de unas instituciones transparentes, eficaces, abiertas a la participación y un sistema social justo e igualitario.
El historiador Pío Moa es uno de los nuevos exégetas del franquismo que pretende hacernos creer que fue el franquismo, y no el antifranquismo, el que nos trajo la democracia. Este tipo de falacias sólo pueden calar en una sociedad que vive una profunda desafección democrática y sueña con un caudillo que la redima de todos sus males. La democracia mercantil que hoy padecemos es fruto de un acuerdo entre franquistas y antifranquistas que pactaron conscientes del marco internacional existente, dominado por la economía de mercado, y nos la trajo la imperiosa necesidad colectiva de integrarnos en la comunidad de naciones y retomar el curso natural de la historia, persuadidos de que los españoles ya llevábamos varias décadas de retraso respecto a los países de nuestro entorno. Se puede hablar de memoria, pero no perder la cultura adquirida. No nos podemos permitir otro tropiezo histórico como los que llevamos encadenando a lo largo de, al menos, dos siglos.
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