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La ficción de la ciencia

Luis López
Luis López
martes, 4 de enero de 2011, 08:28 h (CET)
El nuevo año siempre alimenta esperanzas de cambio y los típicos propósitos de aprender inglés, ir al gimnasio o dejar de fumar, éste último nunca tan cerca de cumplirse tras la ley antitabaco. Lo normal en estos casos es que tras los primeros días de enero, la voluntad se quebrante regresando a las malas costumbres y se olvide aquello que con tanta pompa e ilusión se prometió. Aunque también puede suceder lo inesperado: cumplir lo dicho. Para los que no puedan felicitarse en 2012 por sus logros, aquí van tres obras de ciencia ficción que al menos servirán para acompañar el mal trago, recordando que también la literatura se alimenta de quimeras, futuros imperfectos y experimentos fallidos.

“El juego de Ender” fue escrita por Orson Scott Card y está basada en un cuento propio. Los insectores tratan de invadir el Sistema Solar, su segunda oleada ha sido detenida heroicamente por Mazer Rackham, pero preparan un nuevo ataque y el destino del mundo estará en manos de Andrew Ender Wiggin, educado en la Escuela de Batalla desde los seis años. A tan temprana edad, y siendo un superdotado, asume con naturalidad la guerra virtual en la que se entrena, como parte de su mundo, no le crea la repulsión que puede aflorar en un recluta adulto. La plasticidad neural, la creatividad y la rapidez de análisis de las situaciones para ofrecer la mejor respuesta, son las principales armas para combatir a los insectores que superan en armamento a los humanos. Ender es un niño que crece en un entorno en el que se disfrazan las verdaderas intenciones de su formación a través del juego. Contiene sin duda alguno de los personajes más sólidos y complejos creados para cualquier novela.

“Solaris” del escritor polaco Stanislav Lem gira en torno a la comunicación, sus capacidades sensoriales y extrasensoriales. Kris Kelvin llega al planeta Solaris dominado por un basto océano que accede a las mentes de los investigadores y reacciona enfrentándolos a sus miedos más inconscientes. La fábula induce a pensar en la incapacidad para relacionarnos entre nosotros y más aún con formas de vida extraterrestres e inteligentes. Todos los medios de contacto que se intentan fracasan, acaso el concepto comunicativo humano sea antropocéntrico, en consecuencia inútil para establecer un diálogo con un ente superior.

Puede que la conciencia Solaris trate de comunicarse de buena voluntad con los humanos pero si lo hace es un plano incomprensible, acercando extraños visitantes a los tripulantes de la nave extirpados de sus sueños, como la esposa de Kelvin fallecida años atrás, que acabará convirtiéndose en un pasajero más.

Andrei Tarkovsky en 1972 supo trasladar la atmósfera de esta novela al cine ganando la Palma de Oro de Cannes por este incómodo retrato psicológico.

Philip K. Dick propone en “El hombre en el castillo” una ucronía, que es un subgénero narrativo en el que se rescribe la historia, para el caso los alemanes han vencido la Segunda Guerra Mundial. Este mundo alternativo plantea problemas filosóficos desde otro punto de vista, está inspirado según el autor en El libro de los Cambios chino el “I Ching”, el mismo Dick creía en diversos universos paralelos con puntos comunes que a veces se cruzan. Europa está bajo dominio alemán, el Imperio de Japón se extiende por Asia y Oceanía. Además ambos países se han repartido los Estados Unidos de América, donde sólo quedan con cierta autonomía algunos estados de las Montañas Rocosas. Y ambas potencias también padecen una escalada de violencia en una especie de Guerra Fría que augura un holocausto nuclear.

Si alguno prematuramente ha incumplido sus propósitos de Año Nuevo o piensa hacerlo, puede reconfortarse en la ciencia ficción donde siempre encontrará otros futuros posibles, en el cálculo erróneo del calendario gregoriano para posponer sus promesas, o en el almanaque chino que cambia de año en febrero. Buena suerte.

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