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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · Robert J. Samuelson
Proceso a la política económica de Obama


Robert J. Samuelson


Robert J. Samuelson Robert J. Samuelson
martes, 4 de enero de 2011, 08:46
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"Igual que los académicos siguen debatiendo lo próximos que estuvimos del conflicto nuclear durante la crisis de los misiles cubanos, seguirán debatiendo lo cerca que sistema financiero y economía estadounidense estuvieron del colapso integral durante los seis meses transcurridos entre septiembre de 2008 y abril de 2009". - Larry Summers, asesor económico de la Casa Blanca, 13 de diciembre de 2010.

WASHINGTON - El Presidente Obama tendrá que consolarse con que los pronósticos económicos sean progresivamente más optimistas de 2011 en adelante. Los más optimistas (digamos, los de Richard Berner, de Morgan Stanley) proyectan un crecimiento de la economía con tendencia a acelerarse el próximo año en torno al 4% con respecto a menos del 3% y sitúan la tasa de paro bajando progresivamente del actual 9,8% al 8,6% a finales de ejercicio. A pesar de ser todavía deprimentemente alta, ello empezaría a disipar la pesimista noción de que la economía estará permanentemente marcada por un paro elevado y dará motivos a Obama para presumir de que sus políticas impulsaron el repunte.

Si el estadounidense medio conviene, las esperanzas de reelección de Obama mejorarán significativamente. Pero la opinión pública no está en ello aún. Hace escasas semanas, el economista saliente de la Casa Blanca Summers -- se vuelve a Harvard -- defendía los métodos de Obama en un discurso académico de despedida. En lo que dijo y en lo que no, Summers plasmó los puntos fuertes y débiles de las políticas de la administración. Esto augura un veredicto surtido: Obama merece más mérito del que le reconocen sus críticos pero menos del que se adjudica.

Como destacaba Summers, Obama heredó una tesitura en las últimas. La bolsa se desplomaba; cedería casi 3,9 billones de dólares en su cotización, casi la tercera parte, desde la elección de él hasta tocar fondo en marzo, según Wilshire Associates. El comercio mundial seguía una tendencia bajista en caída libre; perdería el 12,2% de actividad en 2009. En su peor momento, decía Summers, estas caídas generalizadas superaron las pérdidas iniciales de los años 30. Las empresas despidieron a millones de empleados. Proliferó el miedo y la histeria.

Obama ayudó a estabilizar la economía - y la psicología. Lo que hizo importó en la misma medida que la forma de hacerlo. Actuó con aplomo y decisión. El "estímulo" de cerca de 800.000 millones de dólares aportó liquidez al bolsillo del consumidor y desde luego salvó puestos de trabajo; manifestó que la administración no iba a permitir que la economía se precipitara al abismo. Las "pruebas de solvencia" de los bancos demostraron que estaban en mejor forma de lo que se creía. Si General Motors y Chrysler no hubieran sido rescatadas, el número de parados se habría elevado unos cientos de miles.

Cierto, muchas de las políticas de Obama arrancaron con el Presidente Bush. Pero no está nada claro que John McCain lo hubiera hecho igual de bien. Sin las contundentes medidas de Obama exigidas por las circunstancias, "nos asomaríamos a un mundo considerablemente distinto", sostenía Summers. Se contemplaba algo comparable a la depresión.

El problema es que Obama, tras haber estabilizado la economía, debilitó la recuperación. Lo que brilla por su ausencia en el discurso de despedida de Summers es cualquier atisbo de contradicción entre el ambicioso programa social y regulador de la administración y la confianza empresarial imprescindible para contratar e invertir. Por supuesto, existen relaciones. La reforma sanitaria eleva el coste de contratación al obligar por ley a que en 2014 todas las empresas de plantillas de más de 50 trabajadores financien la cobertura sanitaria o afronten multas. La reforma rebosa complejidades e incertidumbres que dificultan estimar el coste final. ¿Las plantillas de, digamos, 47 trabajadores, se ampliarán decididamente más allá de los 50 trabajadores si eso conlleva todos los gastos adicionales insalvablemente? Parece improbable.

Había que tomar decisiones. La administración se podía concentrar en promover la recuperación o dedicarse a objetivos más concretos y, por lo general, partidistas. Las dos cosas no podía hacer -- o por lo menos, no podía hacer las dos con eficacia. La solución de Obama consistió en simular que las opciones no existían. Los primeros indicadores de esto aparecieron en el seno de la batería "de estímulo", que proporcionaba recursos a ciertos proyectos de interés político que suponían escasísimo estímulo. Hasta la semana pasada, por ejemplo, apenas el 20% de los 8.000 millones de dólares destinados a la comunicación ferroviaria de alta velocidad habían llegado a desembolsarse. Planear estos colosales proyectos lleva tiempo.

Los mismos rasgos que inicialmente prestaron un buen servicio a Obama (aplomo, confianza, agresividad) se convirtieron en arrogante desprecio a las evidentes inconsistencias. Ni él ni Summers manifestaron gran aprecio a, ni simpatía por, los problemas prácticos de las empresas que decidían ampliar plantilla. Obama proclamaba a los cuatro vientos estar alentando la creación de empleo al tiempo que sacaba adelante medidas que desalentaban la creación de puestos de trabajo -- la "reforma" sanitaria, las medidas contra el calentamiento global, los regímenes de control (tras el accidente de BP) de la prospección petrolera en alta mar, entre otras cosas. No se trató tanto de que cada propuesta fuera errónea como de que un programa tan partidista y complejo estaba destinado a sembrar la discordia, generar incertidumbre y retrasar la recuperación. Cuánto es cuestión abierta; el sentido no.

Obama se juega mucho al éxito de la economía en 2011. El optimismo modesto actual es reflejo de muchos factores: la renovación de las bajadas tributarias Bush; la reducción del endeudamiento por parte de las familias. Aguardan las amenazas de los problemas económicos de Europa, el elevado precio del crudo y la parálisis causada por el déficit presupuestario a largo plazo de América. El resultado podría decidir si el estadounidense indeciso reconoce a Obama el mérito de impedir la depresión o le achaca la culpa de entorpecer la recuperación.

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