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Tags: Opinión · La linterna de diógenes · Luis del Palacio
Menos humos


Luis del Palacio


Luis del Palacio Luis del Palacio
miércoles, 5 de enero de 2011, 08:40
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El papanatismo global nos conduce sin remisión a crear paradojas o, mejor, situaciones paradójicas, en las que tendemos a enredarnos como los gatitos lo hacían en las madejas de la abuela. Vaya usted a saber por qué, un grupo de “ilustrados personajes”, esos que han conducido a nuestro país a la situación en la que se encuentra (para algunos “la mejor de las posibles”) ha decidido curarnos los bronquios, prevenirnos contra el cáncer de pulmón y las afecciones coronarias, prohibiendo fumar en todo sitio público cerrado. Son ganas de jorobar, ya que no prohiben el tabaco, que sería lo lógico según su estrecho criterio, sino “su uso”. Es como si aprobáramos la venta libre de armas de fuego en España (cosa que algunos reclaman con insistencia) y prohibiéramos a la vez su uso, o que algunos extremistas se salieran con la suya y nos condenaran a no consumir jamón, aunque se permitiera tenerlo colgado en el salón, con cuidado de que no estropeara el capitoné del sofá con su goteo de grasa saludable (eso sería motivo de sanción). He puesto estos ejemplos, contrapuestos y a la vez coincidentes, a propósito: aprobar la venta libre de pistolones sería algo indeseable y la prohibición de comer jamón también, pero los azares de la paradoja los hacen coincidir en lo ensencial: se ven en manos del mecanismo que autoriza o prohibe, del cargante maniqueismo que invade nuestra sociedad.

Y toda esta sandez –como tantas otras- proviene del país que se dice adalid de la libertad y de los derechos de los ciudadanos, aunque conserven la pena de muerte en buena parte de su territorio. De un país donde la permanencia de un presidente, o su reelección, depende de si lleva a buen puerto o defenestra algo para nosotros tan elemental como el derecho a la sanidad pública o a las subvenciones sociales más elementales. Un pordiosero podrá morir como un perro etíope en la Gran Manzana, nadie le atenderá, a nadie compete su salud, pero el Estado habrá velado por sus pulmones casi desde su nacimiento. Algo es algo, después de todo.

La “ley del péndulo” nos sitúa a los fumadores en el lado opuesto a lo que se considera políticamente correcto. No sólo apestamos a tabaco, sino que existe desde hace tiempo una tendencia a considerarnos seres asociales. Hace veinte o treinta años campábamos a nuestras anchas, atosigábamos con nuestros humos a cualquiera y de ahí surgió la lacra de los “fumadores pasivos”. Si el sentido común se hubiera impuesto entonces, no nos hallaríamos en la situación presente. Probablemente pagamos ahora las consecuencias de nuestra insolidaridad de aquellos tiempos. Quizá lo merezcamos…

Esas medidas paternalistas, sin embargo, son propias de un Estado totalitario, en el que los ciudadanos no son libres de elegir, sino forzados a obedecer.

Algún sofista ha dicho que el Estado tiene que imponer, a través de las leyes, conductas que no pueden depender del arbitrio de cada cual, y ha comparado la prohibición de fumar con la de conducir bebido. Es obvio que nada tienen que ver: su silogismo tiene las premisas falsas.

Fumar es un placer, como beber, si se hace con moderación. Se convierte en un vicio, si se abusa de él. Como comer chocolate o jugar a las cartas o a la ruleta.

Lo lógico y, desde luego democrático, habría sido respetarnos los unos a los otros y que la ley, en vez de ser coercitiva, admitiera la posibilidad de que hubiera restaurantes, bares y, en general, lugares de ocio donde se permitiera fumar y otros en los que no. Eso ocurre, por ejemplo, en Alemania (según algunos “locomotora de Europa” y, desde luego, líder de la Unión Europea) Los Verdes, intolerantes donde los haya, amenazan con endurecer la norma en Renania del Norte-Westfalia y en Baviera, pero de momento uno todavía puede fumarse un cigarrillo, una pipa o un puro en las zonas habilitadas de los restaurantes del casco viejo de Colonia o Nuremberg.

Ahora sólo nos queda a esperar a que nos prohiban el vino; como ya amenazó en su día ese talento político que responde al nombre de Elena Salgado.

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