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Etiquetas:   La isla de Willigan   -   Sección:   Cine

“El Almirante”, corazón gélido

Guillermo Navalón
Guillermo Navalón
viernes, 31 de diciembre de 2010, 23:00 h (CET)
Este miércoles se estrenó “El Almirante”, una superproducción rusa que llega a nuestras pantallas dos años después de estrenarse en su territorio de origen. Este considerable retraso me hacía temer lo peor en cuanto a la calidad del filme, sin embargo el éxito arrollador cosechado en Rusia arrojaba algo de esperanza en ese sentido. Pues bien, mucho me temo que mi intuición ha vuelto a acertar.

La historia, basada en hechos reales, tiene como protagonista al almirante Alexander Vasilievich Kolchak (Konstantin Khabenskiy), hombre casado y con un hijo, el cual vivirá una historia de amor prohibido con Anna Vasilievna Timireva (Elizaveta Boyarskaya), esposa de otro oficial, todo ello en medio de los agitados tiempos de la I Guerra Mundial y la Revolución Rusa.

La cinta dirigida por Andrey Kravchuk, con un estilo cercano a “Titanic” o “Pearl Harbor”, pretende ser la respuesta rusa a las grandes superproducciones históricas de Hollywood (ha contado con un presupuesto de alrededor de 15 millones de euros) y, desde ese punto de vista, puede decirse que el objetivo está conseguido, al menos a nivel formal. La ambientación y el diseño de producción, así como el vestuario, es excepcional y ayudan a darle al producto el empaque que se le supone. Del mismo modo, los efectos especiales, aunque algo lejos de la sofisticación alcanzada por el cine norteamericano, también lucen bien y cumplen su función. Hasta aquí, todo correcto.

Quiero pensar que el motivo por el que no me ha gustado este filme es puramente cultural, ya que no podemos olvidar que éste nos llega desde Europa Oriental, cuyo cine no suele prodigarse demasiado por nuestras carteleras. Es más, quizá debido a esas diferencias culturales, me atrevería a decir que estamos ante la película más involuntariamente cómica de cuantas se han estrenado este año (y lo digo literalmente: más de una risilla se escapó durante la proyección). La extrema frialdad con la que los personajes abordan situaciones de supuesta intensidad dramática llega a resultar hilarante. Especialmente risibles son las conversaciones entre Anna Timireva y su marido con relación a su infidelidad, en las que la pareja (y ella, sobre todo) aborda la cuestión con el mismo desapego y ausencia de pasión con el que uno baja a comprar el pan a la tienda de la esquina.

De igual forma, resulta divertido, y hasta algo enervante, el hecho de que los personajes se dirijan entre sí constantemente por su nombre completo, algo que en Rusia puede que esté considerado como algo normal, pero que aquí chirría bastante (el doblaje no ayuda tampoco). Después de dos horas de proyección, es imposible que el espectador salga de la sala sin saber que los protagonistas se llamaban Alexander Vasilievich y Anna Vasilievna (y eso que no son nombres fáciles). Este detalle podría no tener importancia, pero os aseguro que fue de los que más éxito tuvo a juzgar por las risas camufladas que escuchaba a mi alrededor. De todos modos, tampoco quiero dar la impresión de que la cinta es un festival del humor inconsciente de principio a fin, nada más lejos de la realidad, al fin y al cabo esto pretende ser un drama en toda regla, aunque en más de una ocasión fracase en sus propósitos dramáticos.

Ya os podréis imaginar por mis palabras que el supuesto romance apasionado entre el almirante Kolchak y su amante tiene bastante poco de pasional y nada de creíble, de hecho es tan casto y aséptico que por momentos llega a rozar el ridículo. La intención es tratar de contar una épica y grandilocuente historia de amor, pero la gelidez con la que se aborda hace imposible que el espectador sienta la más mínima emoción o empatía por los personajes.

Aun así, la película funciona a la perfección cuando se deja llevar más por la cabeza (el aspecto técnico, la reconstrucción de hechos históricos) que por el corazón, que tal vez no esté sintonizado en la misma onda de países de sangre más caliente como el nuestro. También le pesan las odiosas comparaciones con los casi inalcanzables modelos hollywoodienses a los que trata de asemejarse, ya que, a pesar del ya mencionado esfuerzo de ambientación, el conjunto no puede evitar transmitir una sensación manifiesta de “quiero y no puedo”. La referencia a “Titanic”, por ejemplo, es particularmente descarada en su desenlace, que transcurre en la actualidad y en la que una anciana Anna Timireva (en plano corto para que no se note mucho lo pobre del maquillaje) recuerda todo lo ocurrido.

No estoy seguro de si el público ruso habrá visto en “El Almirante” el drama épico que pretende ser, pero aun dudo más que éste llegue a hacer mella en la sensibilidad de los espectadores españoles. Si acaso, este filme puede tener cierto interés para los amantes de la historia, al resto, y aparte de los momentos de involuntaria hilaridad que comentaba, lo único que les va a transmitir es un sentimiento muy concreto: aburrimiento.

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