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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

¿Cuándo aprenderá la izquierda de las adversidades?

E.J Dionne
E. J. Dionne
jueves, 30 de diciembre de 2010, 23:00 h (CET)
WASHINGTON - ¿Fue 2010 el Waterloo del progresismo estadounidense? ¿Cómo encajamos el logro de tantos objetivos que durante tanto tiempo han estado en la lista de cuestiones progresistas pendientes con la contundente derrota sufrida por los partidarios de estas medidas en noviembre?

Empecemos por el que es el dato más doloroso para los izquierdistas: el conservadurismo, una doctrina que parecía moribunda la noche electoral de 2008, disfrutó de un retorno mucho más rápido de lo que anticipaban todos los de izquierdas y hasta la mayoría de los conservadores.

Más que eso, la actual variante de conservadurismo es mucho más fanática que la orientación política de Ronald Reagan o George W. Bush. Barry Goldwater fue arrollado por una ensordecedora derrota en 1964 tras afirmar públicamente que "el extremismo en la defensa de la libertad no es nada de lo que avergonzarse". Que bien podría ser el gancho del movimiento fiscal.

La movilización en nuestra política se ha ido desplazando a la derecha con una brusquedad que parecía inconcebible en las últimas semanas de la campaña de 2008, cuando Barack Obama podía convocar una concentración y contar con que decenas de miles de asistentes se materializarían de manera casi instantánea.

Si hay algo que la Casa Blanca Obama subestime más que otra cosa, es el desaliento entre sus efectivos. Ya no se trata de "la izquierda" sino de, más importante, la expectativa generalizada de que él desatara más cambios, disfrutara de más éxitos enfrentando a su oposición Republicana y demostrara más habilidad a la hora de desplazar el diálogo político de la nación en una dirección más progresista.

Para los incondicionales del presidente, por supuesto, esta acusación es profundamente injusta. Él heredó un caos dentro y fuera del país. El revés económico empezó estando Bush, pero sus amargos frutos fueron cosechados después de que fuera investido Obama. En contraste, Franklin Roosevelt asumió el cargo después de que Herbert Hoover hubiera presidido tres de los ejercicios más miserables de la historia económica estadounidense. La culpa se achacaba a Hoover con convencimiento para cuando Roosevelt se presentó con su desenvuelta sonrisa y su optimismo contagioso.

Y, sí, está la pequeña cuestión de los logros reales de Obama, sobre todo la reforma sanitaria. Si asegurar a 32 millones de estadounidenses más no es una reforma social importante, entonces no hay nada que pueda decirse que cuente como cambio. La lista bien ensayada de logros adicionales -- desde el sector financiero y la reforma de los préstamos estudiantiles a la desaparición de la política de los homosexuales en el ejército, pasando por el simple hecho de que la catastrófica tendencia bajista de la economía fue detenida en seco e invertida -- enorgullecería, en abstracto, a cualquier administración.

¿Qué puede hacer Obama entonces y qué pueden hacer sus incondicionales para recuperar la iniciativa?

Para empezar, tienen que restaurar una relación funcional entre la Casa Blanca y sus amigos puntuales y puntuales críticos entre la izquierda. Con demasiada frecuencia la Casa Blanca ha sido sorprendida quejándose de sus críticos progresistas. Los asesores del presidente actúan como si todo lo que dice Obama fuera lo único sensato y realista a hacer. Que la izquierda pida a Obama que sea más intrépido a la hora de poner a prueba los límites de lo posible significa que está desempeñando su trabajo de empujar al presidente a hacer más, y hacerlo más rápidamente. Los conservadores han dominado este enfoque. ¿Por qué no saben hacer lo propio los izquierdistas?

Pero demasiado a menudo también, los progresistas han perdido más tiempo quejándose de lo que no se ha hecho que en encontrar formas de consolidar lo que se ha logrado realmente. Completar el sistema moderno de la seguridad social llevó décadas, y años más pasar de las tibias leyes de derechos civiles a las robustas, y de la regulación medioambiental modesta a la integral. La impaciencia es indispensable para arrancar la reforma; la paciencia es esencial para ver cumplida su promesa.

Y tanto los izquierdistas como Obama tienen que escapar de las burbujas de política legislativa marcadamente ideológica y volver a involucrar al país en lo que sólo puede llamarse un nivel espiritual. El progresismo estadounidense moderno no es una especie de religión abstracta y alienante. En su mejor forma, marida un enfoque práctico y exhaustivo de la administración pública con la devoción a la igualdad, la justicia y la compasión. Estas formas de ver las cosas se cimentan en las tradiciones religiosas de la nación y también en nuestro compromiso con el desarrollo de las comunidades que tanto apreciaba Alexis de Tocqueville.

Los conservadores hablan tanto de principios que parecen olvidar lo difícil que es legislar con eficacia. Los izquierdistas hablan tanto de programas concretos que olvidan lo mucho que a la ciudadanía le importan los valores que sustentan esos programas y las elecciones morales que alimentan esos valores.

En 2010, los progresistas estadounidenses deberían de haberse curado de cualquier exceso de confianza. Ahora, el presidente y ellos tienen que reavivar la esperanza de que éste sea el año más recordado no a causa de las derrotas, sino por los primeros pasos que se dieron por una senda más prometedora.

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