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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Tal vez

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 30 de diciembre de 2010, 08:08 h (CET)
«Un hombre se suicida cuando iba a ser desahuciado.»

PUERTA DE MADRID, Alcalá de Henares
Tal vez —sólo tal vez—, aunque se empeñó en ahorrar luz, acumuló ázima sombra.

Sombra, como la que llevaba fija a su costado, recortándose solemne y contundente sobre el embaldosado del antiguo coso taurino, hoy convertido en un no sé qué a medio camino entre parque y solárium, cual contrapunto al ardoroso sol del estío; sombra, que encenagaba su pensamiento y su alma; y sombra, que se descolgaba de su ceño como un permanente luto. Tal vez —sólo tal vez—, aunque se impuso ahorrar esperanza, acopió desaliento y miedo. Miedo, como el que le llenaba las faltriqueras y le hacía temblar al segundero de su reloj de pulsera como si tuviera frío, mucho frío; miedo, como ese ahoguío permanente que se afincaba en su pecho; y miedo, que tiritaba en su vigilia y entumecía su sueño. Y tal vez —sólo tal vez—, aunque procuró enamorarse de la vida, le iba subyugando la tiniebla de una concupiscente muerte que le ofrecía más sabrosas o menos pesarosas ambrosías y deleites.

«¡Que reducido ha dejado al mundo el dinero! ¡Apenas si cabe un hombre! Tanto, tan breve es el resquicio, que la sombra, el amor o la vida le empujan a uno afuera del cuerpo. Quizá anteayer o el otro día pude vencer un exiguo desaliento; el desempleo, por ejemplo, o un miedo o una sombra... o una muerte. Creí; pero no. Cuarenta y tantos, a estas alturas, son demasiados. Unos bolsillos vacíos hablan mucho y mal de un hombre sin más anhelo que la supervivencia. Me perdieron el respeto; pero en estos tiempos que corren, ¿quién respeta a un hombre de cuarenta y tantos, sin empleo y con los bolsillos vacíos?... Mi esperanza se puso de hinojos ante una sociedad en desconcierto. ¿O en concierto?... ¡Qué estrecha la distancia entre la risa y el llanto! Mi orgullo de hombre enhiesto fue sucumbiendo con los días o con las negativas a granjearme un pan honrado para ofrecérselo a una mujer desolada y a unos hijos que se afanaban en sujetar a este dios de barro en su Olimpo..., a una familia que se descomponía a ojos vista, como los despojos arrojados al sol en el patio estéril de este matadero. La esperanza que me sostenía se arrodilló ante el mal humor, la frustración o el resentimiento. ¿O es el resentimiento el que suplantó a la esperanza, ahogándola?... El desempleo es una muerte lenta, muy lenta, como si fuera caminar descalzo por las ascuas del Infierno. A ciertas edades, más piadoso que el desempleo es un tiro en la nuca. Vivir, endeuda. Los intereses crecen sobre lo que no interesa, sino como despojo; pero es necesario que se alimente incluso un hombre que se desvanece. ¿Por qué se dilatan las noches, el silencio y la soledad?... Nadie entiende el naufragio de un hombre.

La amargura es un monstruo feotón y desmedrado que asusta. La aflicción ajena sólo se soporta una vez, y por breve lapso: sólo la risa y la belleza tienen permanentes corifeos.

Inclusive las palabras de amor se tornan insípidas, precipitadas, confusas. La pasión se torna en un grotesco recurso de la rutina, impelida de la urgencia de aliviar con un placer una agonía; pero la agonía es tan intensa que hasta los besos acerba. ¿Qué dios terrible y carnicero es éste de papel, sin serlo?... Me arrodillo devoto, pío y circunspecto, y oro; entrego mi dignidad, mis lágrimas, mis esperanzas, y aguardo. ¿Qué dios es éste tan sordo, sin serlo?... El hombre —yo—, se diluye en un desconsuelo que día a día se hace vino amargo, llanto acedo, esperanza huera. No hay trabajo. No hay un espacio. Pedir duele como cuatro clavos sobre un madero. La honra vale un préstamo menudo, de compromiso. “No tengo más, lo siento. Tú sabes que si pudiera...” La soledad del que necesita es un monte con forma de calavera. “¿Conseguiste algo?...” Poco a poco, también mi mujer fue dejando de entenderme, descreyendo que no quería vivir lo que estaba viviendo y echando al olvido la fe que un día nos empujara al arrullo de los besos. ¡El amor de hombre y mujer es un sol tan negro!... “Papá, yo te quiero.” Sus ojos proclamaban verdades imperecederas, inocencias que no se rendían. “Vete, mujer: sálvate y salva a los niños.” Mejor que tengan razón los suegros, los amigos que nunca lo fueron, los aliados que ahora son enemigos, ésos que se esconden y que mienten con alivio “no puedo..., no tengo..., no estoy.” Al fin y al cabo, mejor la ausencia que caer en el delito.

»Llego a una casa desconsolada. Echo el cerrojo. Nada hay más solitario que el cuarto de los niños... sin niños; nada más ruinoso que un lecho de amor... vacío; y nada más desolado que una despensa desnutrida o una cocina sin el cacharreo de un puchero al hervor, sin el olor a café recién hecho o sin tu figura. ¡Llena tanto la ausencia!... El rencor es una fiera que suplanta al amor cuando se ha ido. “Tal vez sea lo mejor que se fuera.” “Debió quedarse, pese a todo, resistir conmigo a pie firme.” El péndulo de la soledad me hace oscilar entre el desamor y la resignación. Y, a pesar de todo, un día caí en la falta. ¿O fue el odio, o el miedo o el desprecio?... El banco me exige con fiereza que pague lo que no tengo, la financiera que abone mi deuda. Nunca he debido tanto. Son los únicos que llaman, los únicos que me escriben. Cuando uno sólo recibe llamadas o cartas de los bancos o de las financieras, es que alguien está afinando las trompetas del Fin del Mundo. En la televisión presencio movilizaciones solidarias con países remotos, con las víctimas de guerras o catástrofes; pero, ¿cuál es mi país, o cuál es la guerra o la catástrofe que me arrojó al pie de estas ruinas?... ¿No soy también una víctima, por más que pertenezca a un porcentaje mínimo de una minoría de desempleados?... Los hombres nos hemos convertido en un bien descartable, de usar y tirar.

»Los vecinos me denunciaron por moroso y por haber sustraído parte del dinero de la caja de la comunidad. Tenía hambre y necesitaba un trago. Precisaba olvidar que cuando me quedé sin empleo comenzaron a ajusticiarme lentamente, robándome primero la esperanza, luego a mi familia y finalmente la dignidad. Entre tanto latrocinio, mi delito es venialidad; pero en este mundo es la venialidad lo que interesa. El juzgado me apremia; el banco y la financiera, también. Mi esposa me reclama la pensión de mis hijos. La ley, el dinero y el desamor no entienden de sentimientos, ni de hombres, ni siquiera de dolor o de sombra o de miedo. Hace días que no como. Ya no me quedan amigos. Una carta me anuncia que mañana por la mañana vendrán a exiliarme de este piso que es cuanto me resta, de esta patria que adquirí para establecer un futuro promisorio de amor y paz.

¿Amor?... ¿Paz?... Pero no: no me rendiré. Defenderé mi hogar, siquiera sea con el testimonio, gritando con mi sombra que un hombre puede y debe tener un lugar sobre el mundo del que no le exilien. Sé que aún hay buenas personas que sabrán entender mi sacrifico para que esto no le suceda nunca más a nadie. Mi dolor servirá, al fin, de algo, y demostraré que, aunque robé una miga, permanecí manso y tan puro como pude, y respeté el pan entero.»

—Otro sinvergüenza que se atrinchera para no pagar, como si así remediara algo —dictamina con amarga soberbia el funcionario judicial—: tiren la puerta.

Los policías lo hacen, disponiéndose alguno de ellos a reducir al desahuciado, si la situación lo exige, con su porra reglamentaria. «Es un mal bicho», asegura una vecina. No hay nadie, sin embargo, parece. Un agente, con el gesto descompuesto y los ojos asombrados, apoyándose en la pared, da la noticia muy escuetamente: «Está aquí.»

El cárdeno cadáver se mece colgado por el cuello sobre la cama de matrimonio deshecha desde hace no se sabe cuánto tiempo. ¿Era éste tu testimonio?... ¿Qué hay que leer en él?... «¡Será cabrón!», sentencia el funcionario judicial, contrariado. Él prefiere los desahucios limpios, sin escándalos ni refriegas, con la mansedumbre del derrotado, y éste le va a dar mucho, pero mucho papeleo. «Ése es un mal bicho», asegura de nuevo la vecina. Y solicita todavía. «asegúrense de que esté bien muerto, porque ese hombre es un mal bicho, y, de no ser así, terminará volviendo.» Llega la prensa, una jovencita sin mucho talento que quiere sacar partido para su revista local. «¿Relato en primera persona, crónica aséptica de los sucesos o, mejor, dar al artículo tintes trágicos?...» ¡Es tan común la muerte de un hombre desesperado!

El furgón fúnebre se lleva el pesado cuerpo de quien una vez pretendiera el paraíso; el alma, voló hace ya mucho. La policía hace humor negro mientras precintan el piso. «¡Asegúrense de que no vuelva, porque ese hombre es un mal bicho!»

¿Buena gente?... Te equivocaste una vez más. La solidaridad se hace con aquél a quien no se le soporta la amargura, ni el miedo ni la sombra. Tu noticia será comineo mañana; pasado, será sordina..., hasta el próximo muerto. Este mundo, amigo mío, está lleno de egoísmos individuales, casi exclusivamente, como siempre; pero a ti te dará lo mismo, porque tú estarás enterrado con tu miga de delito aunque hayas respetado el pan entero.

En realidad, aunque se nos llena la boca de verborrea grandilocuente todos nosotros albergamos un inmenso cabrón dentro. Pero así es la vida y la sociedad que entre todos estamos refundando: sin amor, sin rebeldías ni revoluciones, sin lágrimas ni dolor, la vida ciudadana avanza a pie firme hacia el progreso. España, va bien; nosotros, los hombres, algo menos.

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