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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Dónde está el Niño Dios

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
miércoles, 29 de diciembre de 2010, 08:09 h (CET)
¿Dónde está el Niño Dios?,
me pregunto.
El Niño Dios está en el amor,
me respondo.
Sólo hay que mirar y ver.

¿Y si no fuese el amor?,
me pregunto.
Sin amor nada de sostiene,
me respondo.
Sólo hay que oír y acoger.

¿Y si no fuese la vida?,
me pregunto.
Sin vida no hay verso posible,
me respondo.
Sólo hay que atender y entender.

Más allá del poema que hay en mí,
bebamos la pobreza en la que nace,
acojamos la pobreza en la que vive,
busquemos al Niño Dios que nos habla.

Los que en verdad buscan al Niño Dios,
se despojan de todo y se esponjan en el amor,
descubren su grandeza y se cubren de sencillez,
a Dios se le abraza con las manos vacías
y se le acuna con el alma llena de ternura.

Cuando todos te olviden y nadie te recuerde,
el Niño Dios pensará en cada ser humano,
en el amor que hemos vertido aquí en la tierra,
y en la luz que hemos donado a cada alma.

Únicamente por las obras de amor,
se llega a Dios Niño y el Niño Dios sonríe,
un gesto de paz que nos enternece
y una expresión de aliento que nos eterniza.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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