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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

El sexismo del alcalde de Valladolid

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 28 de diciembre de 2010, 08:01 h (CET)
No sé si es verdad que el sexismo del alcalde de Valladolid, su mala educación y su repugnante expresión pueden darle rendimientos electorales, como él mismo pregona. Muy mal están en España las cosas de la educación y el buen comportamiento social, pero si al final se demuestra que De la Riva tiene razón puede ser cuestión de ir pidiendo el pasaporte e irse a vivir a un país civilizado.

La pobre Pajín, sin cultura, sin currículo, sin oficio ni beneficio fuera del PSOE, ofrece mil y un motivos para recibir críticas amargas sin necesidad de llegar a la grosería del ¿señor? De la Riva. Su figura política es tan grosera y sus limitaciones tan evidentes que ella misma parece un anuncio ambulante de las razones para meterle fuego, siempre en sentido figurado, no me echen a los leones, a este gobierno depauperado, desorientado y decrépito. Pero para ello no es necesaria la mala educación de un político que tenía que ser ejemplo de educación y respeto.

Ser alcalde de tu pueblo es sin duda un honor de los más grandes que se puede recibir pues te votan quienes te conocen, quienes están cerca de ti. O al menos quienes debieran conocerte y quienes debieran estar cerca de ti. A ese honor hay que corresponder con honestidad, siempre, todos, en todas las circunstancias, con limpieza y con respeto, como condiciones mínimas y de partida.

El señor León de la Riva ha sobrepasado todas las barreras de la mala educación, de la falta de respeto y de la provocación hiriente y gratuita.

Si los habitantes de Valladolid le premian por tamaña insensatez, si su mediocridad es compensada con un aumento de votos en las ya próximas elecciones municipales, es que todos andamos muy mal de la sesera, que la derecha española no es mejor que la mezquina y vengativa izquierda zapateril y que más nos valdría convertir a España entera en un siquiátrico, con tal de que no lo dirija un político español. Siempre queda la posibilidad de contratar a un político extranjero o al presidente de El Corte Inglés. O a Belén Esteban que, puestos a contar votos, sacaría más que muchos partidos nacionales, como ya han demostrado las encuestas.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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