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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Autoridades

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 27 de diciembre de 2010, 08:47 h (CET)
Los hay que sí, claro, pero muchos no nos sentimos representados en absoluto por nuestras autoridades, desde el rey hacia abajo. Excepcionalmente, de vez en cuando hay una persona que ostenta un cargo público y que se conduce con cierta coherencia responsable con la ciudadanía, aunque no deja de ser la excepción que confirma la regla.

Muchos, muchos más de lo parece pero no los suficientes como para tener peso político, miramos al parlamento y nos da la impresión de que las señorías que atiborran con su indolencia las bancadas ni pertenecen al orden de los mortales comunes ni hablan otra lengua que el suajili. Más allá de que pocos o ningún ciudadano entiende el porqué de la ley de D´Hont que faculta que minorías independentistas asuman el arbitraje de la unidad de España y de los intereses de la supuesta generalidad de la ciudadanía, nada de cuanto sale de esa Cámara o de cualesquiera otras Administraciones parece que tenga mucho que ver con el padecimiento o deseos de los votantes. Es como si nuestras autoridades fueran, en realidad, una comisión extraterrestre que trata de controlar a la población del planeta conquistado.

Cada tanto, casi a diario, se promulgan leyes coercitivas que restringen las libertades civiles en beneficio de intereses partidistas, económicos de multinacionales o simplemente espurios, intuyéndose –ya con cierto grado de verosimilitud a raíz de Wikileaks- que están cumpliendo órdenes dimanadas de otras potencias, cuando no la satisfacción del hígado de alguna de esas señorías llegadas al poder no se entiende con lógica por qué incomprensibles vericuetos. Más allá de que la inmensa mayoría de nuestras autoridades no tiene formación como para superar con ciertas probabilidades de éxito un primer o segundo curso de cualquier carrera –mucho menos de desempeñar un cargo público que afecta a millones de ciudadanos-, sorprende que para ostentar los puestos de supuesta mayor responsabilidad del país baste con que alguien les designe a dedo (como en la dictadura), pudiendo a partir de ese momento servirse de todos los medios de la ciudadanía para satisfacer sus frustraciones, caprichos, deseos o delirios.

Como todos los incompetentes, suelen cargar sobre los demás las responsabilidades de su incapacidad o de su actuación torcida e interesada, lo mismo haciendo que los electores paguen sus excesos y su desquiciado tren de vida, que achacando a imaginarias y delirantes antipatías ideológicas las sensatas críticas que reciben. No importa, al final, porque la potencia de sus discursos exculpatorios, multiplicados por los medios de difusión que controlan con estipendios y beneficios bajo cuerda, difunden su verdad tan machaconamente que a no pocos alineados les hace identificar reiteración con verdad o proceder común con honestidad. “Los otros también roban”, dicen, o “los otros también han colocado como funcionarios a sus amiguetes y parientes”, y es cierto, aunque tal verdad no les exime ni a los unos ni a los otros de haber cometido delito o de ser reos de persecución legal, cosa que es imposible simplemente porque ellos mismos, también, nombran a jueces y fiscales y hasta prometen puestos a quienes, tendiendo que dictar ciertas sentencias, se pliegan a los intereses políticos o personales de sus señorías.

Desde lo muy grande, la política de partido o los beneficios en gordo –véase qué fortunones han hecho la mayor parte de quienes hasta ahora ocuparon puestos de relevancia, con qué haberes entraron en el ajo y qué haberes tienen ahora- a lo muy pequeño, intereses hepáticos o manías personales, poco hay, para cierto amplio sector pensante, que merezca la pena salvarse del acervo de sus señorías. Se admite y acepta el poder y autoridad de sus señorías, aun a regañadientes, como se acepta y admite el cáncer o infarto de miocardio, porque la fatalidad no admite discrepancias o son sencillamente inútiles; pero no gustan, no complacen y, mucho menos, representan a quienes los sufren. También, los que lo vivimos, aceptamos y admitimos el poder y autoridad de quienes manejaron la dictadura, y, en esto como en otras muchas cosas, no significaba anuencia o consentimiento. Ante el frío nos abrigamos y ante el calor buscamos la sombra: poco más se puede hacer, a no ser quejarnos a sabiendas de que eso no cambiará el clima. Además, ¿quiénes somos estos pocos, por más que pensemos con el órgano adecuado, para oponernos al deseo mayoritario de la ciudadanía, y, nos guste o no, hoy votan muchos más de quienes nos abstenemos de hacerlo?

Sus señorías, así, representan la autoridad sin que muchos nos sintamos representados en absoluto, y aceptamos y admitimos sus negocietes, sus obediencias y sometimientos a otros poderes, su manejo interesado de la sociedad y sus fueros, sus corruptelas morales, ideológicas o económicas y que se hagan con una buena fortuna sisada a la mayoría, asegurándose un presenta de maharajá y un futuro de emir que les abrirá de par en par las puertas de todas esas empresas y cajas de ahorro en las podrán disfrutar de su adocenamiento moral y de la perversión de su gestión cuando, para despiste ciudadano, cedan el puesto a otro angurriento que tenga que hacer caja y buscarse su lugar al calor de la Historia.

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