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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

No hay que tener miedo

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
miércoles, 29 de diciembre de 2010, 07:36 h (CET)
Que se va extendiendo una nueva intolerancia es evidente y todos podemos comprobarlo cada día: desde la presión por quitar el crucifijo de todos los sitios a la denuncia por el comentario de un maestro del clima más adecuado para curar jamones. Lo curioso es que esta intolerancia se nos quiere imponer en nombre de la tolerancia.

Para no molestar a los musulmanes o a los ateos quieren que renunciemos a nuestras propias convicciones y a nuestra religión o que la ocultemos en el interior de los templos o de los hogares, es decir no se nos tolera a los cristianos, pesa sobre nosotros una verdadera amenaza.

No creo que andemos queriendo imponer a nadie el catolicismo, pero en nombre de nuestro derecho a la libertad, rechazamos que se nos quiera imponer esta especie de “religión civil” como la única verdadera.

Los que alardean de que no hay ninguna verdad y que todo es relativo, son los mismos que quieren decidir sobre el bien y el mal con bases tan endebles como las decisiones del parlamento, los avances científicos siempre provisionales o las prospecciones demoscópicas.

El gobierno de este país, en lugar de mantener la estricta neutralidad religiosa y garantizar el derecho de sus ciudadanos a profesar su religión o a no profesar ninguna, se dedica a demoler la religión católica, a la que caricaturiza como anticuada y errónea, por atreverse a señalar, no a imponer, todo aquello que estima pernicioso para el bien del hombre y de la sociedad. En su odio hacia el cristianismo, donde han fraguado los valores de nuestra civilización, está dispuesto a favorecer otras religiones para que colaboren a su destrucción.

Creo que es hora de adoptar posturas claras. No es posible decirse católicos, si no se comparte la fe, ni es posible compatibilizarla con el rampante laicismo y relativismo que nos invade, que no parece esté consiguiendo una sociedad más justa ni más solidaria, ni una juventud más sana y más comprometida, ni una convivencia ciudadana más respetuosa, ni una clase política más comprometida con el servicio a los demás que ávida de disfrutar el poder.

Creemos en un Dios misericordioso y en su Hijo único, Jesucristo, que nos invitó a seguirle a través del amor al prójimo, incluso a los enemigos, que se identificó con los pobres, los hambrientos, los presos, los desheredados hasta el punto de considerar hecho a Él mismo lo que hagamos con cualquiera de ellos. Creemos que unidos a Jesús, formamos la Iglesia, que anuncia al mundo la buena noticia de su evangelio.

Creemos que no podemos dejar de anunciar esta buena noticia, aunque ello incomode a los poderes del mundo y se nos persiga, como ya se nos anunció por el mismo Jesús.

El evangelio que anunciamos es camino, verdad y vida para cuantos lo acepten en su corazón.

No tengamos miedo y reclamemos siempre la libertad para manifestarnos como cristianos en la casa, en la calle, en el trabajo, en el barrio, en la escuela, en la universidad y que nuestra propia conducta avale lo que decimos.

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