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Etiquetas:   La delgada línea roja   -   Sección:   Opinión

El Partido de los Extranjeros

Antonio Pérez Omister
Antonio Pérez Omister
@esapo1
lunes, 27 de diciembre de 2010, 07:41 h (CET)
Hasta no hace mucho tiempo, antes de poder votar en las elecciones municipales, cualquier ciudadano español debía llevar más de dos años de residencia en el municipio donde se celebraban y estar debidamente empadronado. Para empadronarse era necesario demostrar la residencia mediante la baja del padrón del municipio de origen, y aportar el contrato de alquiler de la nueva casa, o las escrituras de compra.

Ahora nos dicen que los extranjeros podrán votar en nuestras elecciones municipales sin ninguno de estos farragosos trámites, y, hace unos meses, la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP, ha sido la primera autonomía que ha adoptado el Pacto para la Integración de la Población Inmigrante, y así ha nacido el Partido de los Extranjeros. El abogado italiano Giulio Adinolfi fue el precursor de esta nueva formación política que, según él, “se ha creado para defender los derechos de los extranjeros” en España. Como dice el refrán popular “de fuera vendrán, y de casa te echarán”. Y encima, si alguien se queja ante semejante discriminación en su propio país, o denuncia esta situación injusta, es anatemizado como “racista”. Cualquiera que no esté dispuesto a doblegarse a los caprichos de los extranjeros es un xenófobo.

Actualmente son casi 7 millones de extranjeros los que residen en España. La cifra ha surgido de repente, y se ha empezado a barajar de forma espontánea. Hasta hace bien poco tiempo hablábamos de 5 millones de extranjeros y se suponía que la población de España giraba en torno a los 45 millones de habitantes, de los cuales, sólo 40 eran españoles.

La idea de este abogado italiano es loable, pero me pregunto por qué no la ha puesto en marcha en su propio país. Italia empezó a expulsar a los gitanos rumanos antes que Francia. Y lo hizo de forma expeditiva después de que se produjesen graves incidentes en el sur del país.

Supongamos que en España se pusiese en marcha una iniciativa similar y antagónica: un Partido de los Españoles para defender sus derechos frente a los inmigrantes recién llegados que ahora, además, podrán votar en las elecciones municipales sin necesidad de conocer el idioma ni las leyes del país. No faltarían las párvulas voces que inmediatamente lo tildasen de xenófobo y populista.

Los gobiernos de Bulgaria y Rumanía han venido incentivando y promocionando la emigración de unos colectivos étnicos que por lo visto allí les estorban, y exportando su miseria a otros países de Europa para erradicarla en los suyos. Luego, quienes de hecho han practicado una “limpieza étnica” entre sus propios ciudadanos, han sido esos mismos gobiernos que ahora acusan a Sarkozy de racista y xenófobo.

Algunos países europeos, con muchos menos extranjeros que España, ya han reaccionado contundentemente frente a los problemas derivados de una inmigración descontrolada que cada vez se parece más a un éxodo masivo de proporciones bíblicas. Pero, al hacerlo, han generado un peligro para nuestro país; el de que todos los expulsados de Francia e Italia decidan venir a España.

Como si no fuese suficiente con aguantar al millón de furibundos marroquíes incrustados en nuestra sociedad por obra y gracia de la Unión Europea, ahora nos llega lo mejor de cada casa de la vieja Europa oriental. Por supuesto, si alguien se atreve a decir que en su inmensa mayoría los rumanos se dedican a delinquir, o que los prostíbulos están llenos de mujeres de ésa y otras nacionalidades del Este, se le acusará de racista. La distorsión de la verdad, y la negación de la realidad, se han convertido en la marca distintiva del actual gobierno socialista. Siempre con minúscula.

De la patética alegría, cateta y aldeana, del ya “semos” europeos, podríamos pasar en poco tiempo a una auténtica situación de caos: desempleo por doquier y una delincuencia generalizada que también practicarán los españoles porque no les han dejado otra opción. Personalmente, no acabo de ver cuáles son esas ficticias “ventajas” de la multiculturalidad. Los mismos que las glosan en sus canciones “solidarias” en las que exigen “papeles para todos”, luego se quejan amargamente de las ventas ilegales del “top manta” mangoneado por chinos y africanos. Y nos toca al resto de ciudadanos compensarles a través de la SGAE y de sus absurdos peajes.

Tampoco veo en qué nos beneficia que un repelente niño Vicente marroquí, denuncie a su profesor por hablar de las bondades del jamón en clase. O en qué pueden ofender los villancicos a los sensibles oídos de los marroquíes. Ni por qué hay que retirar los crucifijos de las aulas, al tiempo que se permite a las niñas musulmanas acudir a clase con pañuelos islámicos. O por qué se prohíbe al Ejército su participación en ceremonias religiosas católicas, con siglos de tradición, al tiempo que se impone la comida “halal” musulmana para alimentar a los quintacolumnistas marroquíes que se han infiltrado en sus filas. ¿Acaso ya no se enseña en las Academias Militares cuáles fueron las causas del llamado Desastre de Annual en 1921?

El talante democrático, y la voluntad de integración de los marroquíes que viven en nuestro país, ya quedaron de manifiesto en El Ejido, en Atocha y en la Cañada Real Galiana, por poner algunos ejemplos de sobra conocidos. Pero también en los asesinatos perpetrados por estos bárbaros contra sus mujeres, y contra algunas de las nuestras, en nombre de unas absurdas “cuestiones de honor” que, según ellos, les facultan para degollarlas si lo consideran oportuno. ¡Los marroquíes son así de machos! Y quienes aquí les jalean, son sus mezquinos cómplices.

Corren tiempos difíciles. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Y una de esas medidas, aun siendo impopular, es necesaria: cierre de fronteras y repatriación inmediata de extranjeros ilegales. Los primeros: los marroquíes. Aquí no se les ha perdido nada. Y en el Sáhara, dicho sea de paso, tampoco. Por lo tanto… ¡fuera de allí también!
Resulta preocupante que países mucho más prósperos y ricos que España, como Francia, Austria, Dinamarca o Suecia, vean un peligro en la inmigración descontrolada, y que aquí sigamos promoviéndola. Especialmente, la de países tan abiertamente hostiles a España como Marruecos. Las engañosas “buenas relaciones” con ese país magrebí sólo son posibles desde la práctica de una política entreguista, y de la claudicación constante.

Aún no sé qué parte de la frase “en España hay casi 5 millones de parados” es la que no entienden el elfo Zapatero y los gnomos que le jalean como zafios palmeros. A base de negar la realidad, no van a cambiarla.

Yo no estoy en contra de la inmigración. Sería fantástico que muchos daneses, suecos, noruegos, británicos y alemanes viniesen a nuestro país a ganarse la vida y para quedarse. Eso sería un síntoma inequívoco de que España es capaz de generar empleo y riqueza por encima de la media de esos países desarrollados. Pero no es así, y, lo que nos llega, es “lo mejorcito de cada casa”.

La inmigración descontrolada ha perjudicado gravemente a la clase obrera, abaratando los salarios y después copando unos puestos de trabajo que nunca han sobrado y que ahora escasean. Porque al fenómeno orquestado de la deslocalización de empresas, que ha dejado a muchos sin empleo, hay que añadir el expolio de los escasos puestos de trabajo disponibles en España que ocupan extranjeros extracomunitarios por salarios ínfimos. Además, quienes han fomentado esa inmigración masiva, no lo han hecho por motivos humanitarios, sino para explotar a esos inmigrantes en nombre del libre mercado.
Pero los recién llegados no son tontos. Empiezan a levantar la voz airadamente y se organizan en partidos políticos excluyentes. El problema, una vez más, es que quienes van a pagar las consecuencias de ese enfrentamiento que se avecina entre españoles e inmigrantes serán los más pobres y desfavorecidos de ambos bandos.

Una forma de actuar honestamente con estos inmigrantes sería decirles que aquí no hay trabajo para ellos, y que deben regresar a sus países de origen. Que no sigan perjudicando a la clase obrera española porque, sin proponérselo, están actuando como esquiroles.

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