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23F, 155

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 24 de diciembre de 2010, 23:15 h (CET)
Se veía venir: España se le está yendo de las manos al Gobierno. Es lo que pasa cuando los políticos no tienen que ajustarse a un perfil profesional o de formación alguno para ocupar puestos al frente del Estado, ni tienen que demostrar ser persona de ley o estar equilibrados emocionalmente. Y, claro, como puede ocupar un puesto de Presidente, ministro o lo que sea, quien sea, simplemente porque así lo quiere su propio partido y acaso los votantes de las pelus que eligieron al más guapo, pues pasa lo que pasa y nos encaminamos hacia donde vamos: hacia el enfrentamiento civil.

España no aprende sus lecciones, y todo ello gracias a una suerte de políticos intrigantes que se han creído que España es un cortijo y los españoles una recua o una manada de la que pueden servirse cómo y cuando quieran. Pasó antes, con Adolfo Suárez, y terminó la cosa en un teatro de golpe de Estado que estuvo en un tris de salir a pedir de boca a quienes lo habían organizado con intenciones ocultas que aún laten en las tinieblas. Ahora vuelve a repetirse la cosa, porque quienes gobiernan no saben, no contestan, y, entretanto, el país se descuartiza en la indolencia de los que quieren el poder por el poder y el negocio. Cataluña, punta de lanza de este desmembramiento en el que sucumbirá España si no se releva de forma inmediata a los dirigentes sediciosos que han exultado la rebeldía contra el poder central, no es sino el primer paso de una algarada generalizada en que nos sumergiremos todos en muy poco tiempo, balcanizándose esta vieja piel de toro que lleva ya unos cuantos años conjurando la resurrección de sus fantasmas.

Sorprende sobre manera la ligereza con que se proclama un ilegal Estado de Alarma para paliar los trastornos laborales que un pequeño colectivo inflige a los pudientes viajeros (mientras no se proclama eso mismo en las regiones asoladas por las inclemencias, que es para lo que está concebido), y la desidia con que se contempla cómo los poderes regionales se pasan la Constitución y las sentencias de los tribunales locales y nacionales por sus fueros. Hay, digámoslo, 155 razones para evitar otro 23F, éste tal vez más sangriento y definitivo, porque los ciudadanos, ajenos por completo a la indecencia de sus políticos y dirigentes, están ya más que hartos y una sola chispa pudiera prender en la yesca de la desesperación que nos asola. 155 razones condensadas en un artículo de la Carta Magna, que o se ponen inmediatamente sobre la mesa y se les pone freno y medidas (de celda) a quienes fomentan la sedición, o el estallido está más que asegurado, y no tardando. Demasiado grave es el asunto como para que pase sin pena ni gloria, y demasiado timorato y flébil el Gobierno, pudiendo ser que con su dolosa inacción faculte a otros sediciosos de otras regiones o autonomías a transitar el mismo camino. Tal vez, entonces, precisaremos un Prim o un Esparteros que circulen por las periferias pacificando las regiones, y la Historia se pliegue sobre sí misma reiterando las mismas sangres.

No es mala la cosa, sin embargo, si, aprovechando esta coyuntura, se aplican las 155 razones imprescindibles y se reconduce el asunto desde la A a la Z. Un español debe poder serlo en cualquier parte de España, desde el norte al sur y desde el este al oeste, y esto, hoy, no sucede. No basta ya, pues, con detener a los sediciosos y procesarlos como enaltecedores de la algarada y la violencia, sino que es preciso reconducir todo lo demás: el español (no el castellano) es la única lengua oficial de España, porque las demás son cooficiales sólo en sus territorios de origen; ninguna ley autonómica ni ninguna sentencia de los tribunales regionales puede o debe estar sobre las de los nacionales; y ningún poder delegado periférico puede ni debe estar sobre el poder soberano de España. Es la hora, es el momento: dejarla pasar, es condenarnos a un enfrentamiento que se promete largo y carnicero.

Son muchas las veces que he dicho que los Padres de la Constitución sembraron en el paraíso de la Carta Magna la semilla del pecado de la división enconada, que son las autonomías. A lo dicho me remito, y esto proviene de cuando entonces, de aquellos años setenta. El tiempo me ha dado la razón, y, lejos de promover esa solidaridad entre regiones que falazmente proclamaban, ha dinamizado que los españoles de cada región hoyen caminos divergentes que sólo conducen a la destrucción recíproca. Es una excelente oportunidad la que han brindado los sediciosos para, o liquidar las autonomías para siempre con una pertinente modificación de la Constitución que prevendría aventuras semejantes de futuro, o para poner en su sitio cada una de las cosas que habitualmente conculcan estas autonomías, desde escribir o enseñar sólo en el idioma local (cuando debería ser, en todo caso, a continuación y sometida al español), a discriminar a la población española respecto de la local. De la A a la Z hay que poner con la máxima autoridad y determinación las cosas en su sitio, o vayámonos preparando para lo peor. La pelota está en el tejado del Gobierno, ¡que Dios nos ampare!

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