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Etiquetas:   La delgada línea roja   -   Sección:   Opinión

La reforma de las pensiones

Antonio Pérez Omister
Antonio Pérez Omister
@esapo1
jueves, 23 de diciembre de 2010, 23:00 h (CET)
El retraso de la edad de jubilación hasta los 67 años, la bajada de las pensiones, la ruptura del Pacto de Toledo, y la imagen que, con ello, el Partido Socialista transmite a los votantes, hace que muchos se pregunten cuál es la diferencia entre votarles a ellos o al Partido Popular.

Las políticas sociales siempre han sido un punto clave en la política de los tradicionales partidos de Izquierda. Si ahora las permutan por los postulados ultraliberales más extremistas, que proponen a largo plazo suprimir esas políticas sociales, ¿qué le queda a la Izquierda de su primigenio ideario?

Es público y notorio que dentro del PSOE existe un enconado debate entre los que apoyan la reforma de las pensiones y los que la rechazan tajantemente. Lo cual deja un resquicio de esperanza a los más desfavorecidos, y al propio Partido Socialista si no quiere experimentar una debacle electoral peor que la sufrida en Cataluña.

La gestión de Zapatero al frente del Gobierno ha sido catastrófica. Las majaderías, las pamplinas buenistas, las infumables mamarrachadas, las constantes patochadas en política internacional… Finalmente todo eso se ha conjurado en su contra.

No obstante, todos sabemos que estas medidas antisociales se han tomado cediendo a las presiones de la Unión Europea, y que no servirán de nada. A lo sumo, se calmarán momentáneamente los avarientos apetitos de los especuladores que desean la privatización de las Pensiones, y de la Sanidad, pero en un par de semanas volverán a exigir nuevos recortes al Gobierno español. Unos “recortes” que sin duda le pasarán factura al PSOE desde un punto de vista electoral.

Ahora bien, no debemos engañarnos: aunque pasado mañana el PP alcanzase el poder, España seguirá sufriendo esas mismas “presiones” por parte de los especuladores a través de la Unión Europea. Un cambio de Gobierno, aunque necesario, no asegura que vayamos a salir de una crisis que nos está devolviendo a las condiciones de vida que se daban en la época de la llamada “España del subdesarrollo endémico”.

En realidad, no hay ninguna necesidad de reformar las pensiones y de llevar la edad de jubilación hasta los 67 años, lo que perjudicará tanto a los trabajadores veteranos, como a los jóvenes que se vayan incorporando a un mercado laboral cada vez más escaso, y accedan a unos precarios puestos de trabajo, peor retribuidos cada día. Porque, al tiempo que se deslocalizan los centros de producción, se ocupan los puestos de trabajo restantes con mano de obra extranjera, mucho más barata y menos exigente en materia de derechos laborales que la española.

Se nos ha venido engañando durante mucho tiempo, y nos hemos dejado engañar melifluamente. Siempre es más fácil ceder, esconder la cabeza bajo el ala, o mirar hacia otro lado esperando que la crisis escampe; que sólo afecte al vecino y que nosotros nos salvemos por arte de birlibirloque y sin necesidad de tener que hacer nada.

Mientras en Grecia, Francia, Reino Unido, Italia e Irlanda, los estudiantes, y la juventud en general, se echaban a la calle para protestar, nuestros narcotizados “ni-nis” organizaban macrobotellones y proclamaban al mundo su ramplona vocación de convertirse en los futuros parias de Europa. Lo malo es que, cuando despierten del resacón, se encontrarán con 35 años y trabajando como repartidores de pizza para alguna cadena de comida rápida. Alguien les ha mentido haciéndoles creer que siempre serán jóvenes. Tiempo tendrán de sufrir en sus propias carnes las consecuencias de su actual desidia.
Zapatero dijo que la crisis no afectaría a España; y le creímos porque queríamos creerle. Las mentiras siempre son más dulces que la verdad. Ahora resulta que tenemos para cuatro o cinco largos años de “vacas flacas”. ¿Qué fue de aquellos “brotes verdes” que Salgado ya vislumbraba en el horizonte hace un año?

Los gurúes que nos vendieron la burra coja del Mercado Único, ese engendro que se ha venido en llamar “globalización”, nos aseguraron que la afluencia de inmigrantes, de forma masiva y descontrolada, aseguraría las pensiones. A las pruebas me remito: retraso de la edad de jubilación y tijeretazo en la cuantía de las pensiones tras el fiasco que ha supuesto esa política de “puertas abiertas” a todo el quiera recalar en nuestro país. Con, o sin oficio ni beneficio.

La contratación de mano de obra extracomunitaria, más barata que la europea, sólo beneficia a cuatro empresarios sin escrúpulos, pero resulta altamente onerosa para el país. El de las “chachas” es un lujo que España no puede permitirse. Los inmigrantes no generan el volumen de consumo interno deseable, ya que una parte importante del dinero que ganan en España, lo giran a sus países de origen. Se ha querido, y de hecho se ha logrado, hacer creer que inmigrantes y turistas son lo mismo. Pero no es así en absoluto.
El turismo genera riqueza mediante el consumo en nuestro país y la aportación de divisas extranjeras. La inmigración hace justo lo contrario. Ya sé que es políticamente incorrecto decirlo; pero a estas alturas, y con la que se nos viene encima… ¡hay que dejarse de monsergas y paños calientes, y llamar a las cosas por su nombre!

España no puede permitirse el lujo de seguir acogiendo inmigrantes; deslocalizando empresas; importando productos que antes se fabricaban aquí; y permitiendo que las empresas españolas dilapiden en el extranjero los beneficios que obtienen aquí.
No somos un país rico, jamás lo hemos sido. Y, por el tortuoso sendero por el que caminamos, jamás lo seremos.

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