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Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Angustiosa Nochebuena

Ángel Morillo (Badajoz)
Redacción
jueves, 23 de diciembre de 2010, 12:01 h (CET)
Como servidor, al igual que muchos españoles, no piensa viajar estas fiestas (imagínense la razón, al margen de la variación respecto al año pasado que tampoco lo hizo), poco o nada le va a afectar que haya o no “estado de alarma” del Gobierno. Pero si va a pasar, como todos los españoles –o casi todos, porque a los de siempre ya se sabe que apenas les afecta nada- unas “navidades alarmantes” por otros muchos motivos sobradamente expuestos a lo largo de todo el año en razón de la crisis de ellos que pagamos nosotros. Mas, no obstante, quisiera hacer mención a un motivo en especial, dado que va a dar lugar, seguramente, a otra huelga general que será la segunda del ciclo “Zapatiestil”: “el aumento de la edad de jubilación de 65 a 76 años”.

No de todos, obviamente, pues Diputados y Senadores no tendrán necesidad de cotizar más de 11 años (la cotización de los trabajadores se va a subir de 15 a 20 ó 25 años y esa es otra) para tener derecho al 100/100 de la pensión máxima, y sólo necesitarán 7 años de valorización para cobrar el 80% de la misma. Ello, claro está, saltándose sin necesidad de pértiga el artículo 14 de la Constitución que dice así: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Pero, evidentemente, si la política española es como ha sido a lo largo de toda su historia, miserable, ruin, cicatera, demagógica y llena de adoctrinamiento borreguil para el manejo interesado de la ciudadanía, que se va a hacer. No queda más remedio que celebrar estos días con la familia, aún a pesar de los pesares, y si los langostinos valen caros y encima son de Ulán Bator como dijo el dibujante, siempre cabe hacer caso a la iglesia católica y practicar la abstinencia. Que no falte la zambomba, en cualquier caso.

Feliz Navidad.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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