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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Demasiados loros

Manuel Olmeda
Redacción
jueves, 23 de diciembre de 2010, 11:52 h (CET)
No pretendo, pese al enunciado, realizar ningún análisis concienzudo de la fauna animal; menos de estos bellos e inteligentes ejemplares cuyos hábitats naturales se encuentran lejanos a nosotros. Mi interés por estas aves es supletorio. El mundo político, aquí más bien el mediático, tiene la insana costumbre de utilizar eufemismos y metáforas. Atempera así expresiones que de otra manera encontrarían mal acomodo en una sociedad susceptible, a la par que estática. En ocasiones sólo es el recurso fácil de quien carece de argumentos sólidos en la confrontación dialéctica. El "chocolate del loro" cuaja como frase lapidaria para cerrar cualquier debate incómodo que pretenda acotar el derroche de bienes públicos.

La prensa amarilla, por capilaridad ideológica o abono de cualquier deuda crematística, desarrolla una estimable actividad en la indulgencia y amparo ciegos a dichos -incluso hechos- gubernamentales. Es moneda común ver cómo conspicuos periodistas, tertulianos amarrados a diferentes cadenas televisivas, refuerzan las tesis ministeriales menos admisibles. Lucen el arrojo y la concomitancia de aquellos que observan orientaciones o consignas rubricadas por anónimo cerebro rector. Seguramente constituye un puro azar, pero la analogía en formas y contenidos nos acerca a la sospecha. Cada cual es libre de adentrarse por los vericuetos que le dicte su conciencia. Sin embargo, hay líneas cuya frontera nadie debiera franquear. La comunidad no suele permitir -ora el error, ya la negligencia- cuando analiza al detalle. Con todo, en los tiempos que corren, donde relativismo y exceso caracterizan el delirio social, a nadie extraña que algunos enajenen su prestigio, sus bienes éticos, por un plato de lentejas.

La crisis que nos sorprende y ahoga (yo mismo tengo un hijo universitario, divorciado y con dos niños, en paro) potencia el enojo colectivo. Resulta casi imposible comprender que, en tamaña situación, haya mandamases de ámbito nacional, autonómico o urbano capaces de dilapidar bienes públicos -sin dueño, en palabras de Carmen Calvo- con la irresponsabilidad del que acepta complacido jugar a la ruleta rusa; apostando, en un acto de bravura insólita, vidas ajenas. El individuo percibe, poco a poco, incrédulo, la euforia con que políticos sin escrúpulos, aupados al poder por azar, ayunos de formación o méritos, exhiben impúdicos un rango supremo en sus ostentaciones vitales. Coches potentes, restaurantes de élite, trajes, áticos, posesiones diversas, extravagancias, etc. conforman los signos externos de tan anómalos servidores públicos. Pareciera una colección de rico embutido en múltiple protagonismo de chacinería; un papel necesario -a lo que se ve- en este teatro del mundo que vislumbró Calderón, con reparto deplorable según el fino olfato de Oscar Wilde.

Pocas salidas se otean en el horizonte mientras el país va directo al precipicio económico. Mientras, los políticos viven cual si fueran nuevos ricos. El escenario se agudiza si el ciudadano, asaeteado por impuestos, empobrecido, ha de soportar la hipoteca propia junto a aquella -menos sugerente- que le endosa un ejecutivo manirroto e incapaz. Cuanto más aumenta la crisis, mayor divergencia se percibe entre el estatus del hombre público y sus representados. Un mal aciago se cierne sobre las nobles testas de quienes, hostigados por un carácter remiso, aguantan las peores artes que puedan atribuirse a auténticos desaprensivos.

En estas condiciones, cuando el ciudadano (harto) o esporádicos portavoces -desconozco si inducidos por un prurito moralista, tal vez alentados por una táctica de derribo- proponen, al calor del debate, restringir altos cargos, asesores, vehículos, etc., así como recortar sueldos, regalías, concesiones, prebendas..., palmeros empesebrados, arribistas, lagartos acogidos al sol que más calienta y olvidadizos varios, faltos de argumentos que oponer, zanjan el debate con la frase fetiche: "Eso es el chocolate del loro".

Cierto. Nada que objetar. La médula, sin embargo, no se advierte en el chocolate, pues supone una menudencia. El verdadero inconveniente, la rémora, se encuentra en la magnitud: hay demasiados loros

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