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Etiquetas:   Reportaje de actualidad   -   Sección:  

Vientos de odio en la política española

Johari Gautier Carmona
Johari Gautier Carmona
@JohariGautier
jueves, 23 de diciembre de 2010, 11:27 h (CET)
Las últimas elecciones en Cataluña han puesto en evidencia la deriva de ciertos partidos políticos y el desencanto popular. Ya no sólo vale llamar la atención o seducir a los votantes con elaborados programas. Ofender y estigmatizar también se han convertido en alternativas seductoras. Mientras algunos partidos se mostraron dispuestos a hablar de pornografía en sus videos de campaña, otros hicieron una apología del odio y del rechazo en sus discursos o en algunos videojuegos que sirvieron para atraer a los medios. En este reportaje de actualidad analizamos en detalle el odio transmitido en un acto político del partido político ultraderechista “Plataforma por Cataluña” organizado en el Hotel Plaza justo antes de las elecciones del 28 de noviembre. Es el reflejo de un discurso preocupante e irracional que asola la política española.




'Plataforma por Cataluña'
en un momento de la conferencia.


Entre el esfuerzo de seducción y la violencia del espectáculo
Gritos de exaltación y cantos de júbilo acogen a Josep Anglada, el líder de Plataforma per Cataluña, en su entrada en el escenario. La sala del Hotel Plaza en Barcelona está llena de familias. Los fotógrafos van al encuentro del hombre que entra con los brazos alzados, sonríe sin parar y saluda a la muchedumbre mientras que el núcleo duro de los militantes repite un eslogan en catalán para animarle: “Josep Anglada, el fes de puta mare”. Por el modo en que ha entrado, recibiendo abrazos y besos espontáneos, este acto podría parecerse a un combate de boxeo en Estados Unidos o quizás el concierto de una estrella de rock duro a punto de reventar. Pero no es nada de todo esto. El evento que reúne a tanta gente es el último acto político del partido ultraderechista Plataforma Per Catalunya antes de las elecciones del parlamento catalán. Aquí todo está previsto para generar un máximo de ruido con el mínimo de personas.

Las pancartas con el lema del partido “Primero los de casa” y una mezquita tachada en señal de prohibición ondean en el aire con una notable insistencia. El mensaje queda claro, el territorio no se debe compartir, y enseguida lo confirma el candidato a la presidencia de la Generalitat de Cataluña con una serie de exclamaciones que le llevan al límite de su voz. “¡Bienvenidos a esta gran familia que hoy es Plataforma per Catalunya!”, grita él alzando las manos al cielo y, luego, explica que éste es un gran momento, es el momento que tanto han esperado los militantes para triunfar. El hombre coge un asiento frente al escenario. En sus cuerdas vocales todavía se percibe la tensión y la violencia de un mensaje que revelará más tarde, cuando los demás protagonistas hayan intervenido para dar una impresión de conferencia completa. Su corto mensaje de bienvenida ha sido estudiado para dar un ante-gusto.

Una política eminentemente inmigratoria
Tras la breve presentación de una asesora que subraya la independencia del partido y la necesidad de percibir ayudas privadas, interviene el vicepresidente del partido: August Armengol, con un discurso sobre la economía catalana. El ataque a la política nefasta del tripartito es inevitable, con eso empieza él para calentar la audiencia y luego resumir los dilemas a los que se van a enfrentar los recién electos parlamentarios de Cataluña. Entre ellos destaca una Cataluña arruinada y endeudada por culpa de políticas sociales desastrosas, un modelo económico equivocado basado en la especulación, la desaparición de la clase mediana pero también, y sobre todo, el millón y medio de inmigrantes. “Si no tuviéramos estos inmigrantes no tendríamos seiscientos mil parados en la región”, señala el vicepresidente del partido ante una multitud que aplaude con fervor. Son los primeros aplausos que le interrumpen en medio de su discurso y esto invita a reflexionar sobre el verdadero deseo de los oyentes: ¿acabar con la crisis o echar al vecino inmigrante?

El viento de odio va creciendo paulatinamente. August Armengol insiste en reconstruir una imagen desoladora. “Cataluña es el paraíso de la corrupción”, clama vehemente para luego establecer una lista de partidos, alcaldes, presidentes y asesores enredados en tramas legales. La alarmante burocratización es otro elemento que trata de evidenciar. Por eso, propone una limpieza severa de las instituciones para que no se multipliquen los “chupatintas” y que nadie “chupe del bote” sin motivos. Pero esta no es la única forma de acabar con esta situación, esto sólo era un calentamiento. El mayor problema, y aquí volvemos a lo mismo del programa de Plataforma Per Catalunya, es saber “¿cuánto nos cuestan los inmigrantes? ¿Cuánto nos cuesta mantener a un millón y medio de extranjeros? ¿Cuánto cuesta su educación, sus subvenciones, sus servicios sanitarios…?”.

Según Armengol, el coste de la inmigración es el secreto mejor guardado de la Generalitat. Es la clave de todo. “¿Ustedes saben cuánto nos cuestan estos inmigrantes? ––pregunta el vicepresidente a un público que se apresura en responderle no––. No lo sé yo. No lo sabe nadie. Es un secreto que tienen guardado en una caja fuerte”. Las exageraciones no se detienen aquí. El ponente prosigue con una serie de comentarios que estigmatizan y criminalizan a la población inmigrante. “Hoy, en las prisiones de Cataluña, la mitad o más de los reclusos son inmigrantes delincuentes ––explica Armengol––. Cada recluso cuesta 42.000 euros al estado y eso quiere decir que todos los reclusos nos cuestan más de 900 millones al año”. Cifras edificantes e incomprensibles que el político utiliza para subrayar la falta de dinero en las cajas de la Generalitat y la incapacidad de organizar políticas sociales adecuadas.

Otro elemento perturbador. August Armengol hace referencia al plan nacional de inmigración aprobado por todas las fuerzas políticas catalanas y lo tilda de robo al contribuyente. “Este plan nacional representa más de 4000 millones de euros a repartir entre inmigrantes entre el año 2009 y el año 2010 ––se indigna el locutor––. ¿Qué quiere decir esto? ¡Esto quiere decir que cada uno de nosotros hemos tenido que aportar 600 euros para apoyar a los inmigrantes!”. Siguen unos resuellos de frustración y de escándalo que van esparciéndose por el público con una sorprendente rapidez. Entonces, después de ese aire de incordia, vuelven las palabras tranquilizadoras, las promesas que lo arreglan todo: cancelación del impuesto sobre las herencias de patrimonio y bajada generalizada de impuestos, ruptura con el modelo del tripartito, privatización del canal televisivo TV3. “¡Por todo esto y más, os pido que votéis por nuestro presidente Josep Anglada y Plataforma per Catalunya!”, clama Armengol con un brazo alzado y en ese momento se extienden los gritos de Presidente por toda la sala.

El video del horror y de la vergüenza
Después de la intervención del vicepresidente, los organizadores del acto apagan las luces de la sala para proyectar un video. La oscuridad lo invade todo, el silencio se impone y, ante las imágenes de Josep Anglada en pleno debate, la gente se entusiasma. Esto roza el culto a la personalidad de un líder o un salvador que predica por las calles de su ciudad (y de muchas otras en Cataluña) lo inseguro que se siente frente a los inmigrantes. En las imágenes siempre se observan a algunos jóvenes izquierdistas o extranjeros protestando por la presencia de un hombre impasible e irrespetuoso. Pero nada le afecta. Es todo lo contrario: con esto, Josep Anglada se afirma ante un público que lo considera como un héroe. “Josep Anglada lo haces de puta madre” (Josep Anglada el fes de puta mare), gritan todos exaltados y luego siguen unos aplausos arrebatados y una música triunfal.

De repente, el video cambia de enfoque. Ya no se habla del increíble Anglada y su capacidad de enfrentamiento. Ya no se enumeran sus intervenciones polémicas y sus “cuatro verdades”. Ahora las imágenes que vemos van acompañadas de una música intrigante y presentan a un grupo de musulmanes rezando en una mezquita. Las imágenes son oscuras y transmiten una sensación de desconfianza y clandestinidad. Luego se ven a extranjeros delinquiendo, musulmanes, latinos, negros y chinos envueltos en robos o peleas. Etiquetas duras y mensajes subliminales. Poco a poco, la muchedumbre va despertándose y expresando su descontento. Algunos silbidos y gritos se hacen notar en un lado de la sala e, inmediatamente después, saltan los insultos y las exclamaciones repletas de furia. “¡Hijos de puta! ¡Fuera! Iros de aquí, criminales”.

El odio se ha esparcido por los cuatro rincones. La gente ha entrado en un estado de enfurecimiento y ahora compite por un protagonismo odioso. Algunos dicen estar hartos de aguantar a “esta gente”, otros hablan de una invasión. Lo cierto es que la enemistad se ha cristalizado en la pantalla con un eslogan lleno de aborrecimiento: “Si tú no vas [a votar], ellos [los musulmanes] se quedarán”… Son palabras despreciativas que sublevaban los peores sentimientos, que infunden un miedo irracional y que sacude al público.

Pero ahí no se detiene la máquina propagandística. No sólo los inmigrantes son representados como monstruos. También los que los encubren, los que defienden sus derechos, lo son. Así pues, se difunden las imágenes de una alcaldesa socialista de las afueras de Barcelona que, en algún momento de su mandato, ha tenido que intervenir en la calle para defender la dignidad de un inmigrante. Las imágenes la enfocan a ella especialmente y los subtítulos la acribillan con mensajes denigrantes. De nuevo, el público estalla con insultos y vilezas: “Guarra, zorra, fea, mala…”. Todo lo que puede herir sirve para expresar los sentimientos del público.

La apología del odio ha tenido su resultado. Los seguidores han vuelto a conectar con el partido, con sus ideas, con el líder, con la idea de un grupo. La adrenalina liberada ha generado un calor que, ahora, tras encender las luces, se transforma en alegría y en aclamaciones. El partido al que ellos están apoyando se convierte en un símbolo de resistencia, una familia unida, un grupo construido alrededor de un simple interés: defender egoístamente los derechos de un pequeño colectivo en el que se sienten representados. Como lo indica el video y muchos otros carteles: Primero los de casa.

La presencia de líderes extranjeros
Ya animado por las imágenes y los eslóganes más agresivos, el público puede acoger a unos invitados especiales llegados del norte de Europa. Más que invitados, algunas fuentes los presentan como los auténticos financieros del partido. Ésta es una familia política unida por intereses comunes que trata de dar un aspecto global a un movimiento reaccionario y minoritario. Se trata de Filip Dewinter, el líder del partido ultraderechista flamenco Vlaams Belang, y Heinze Christian Strache, el actual líder del partido ultraderechista FPÖ en Austria.

El primero interviene al son de “Visca Catalunya”, con una notable sonrisa y saludos cordiales, pero, poco después, su retórica se perfila tan dura o más que la del vicepresidente del partido catalán que intervino unos minutos antes. El hombre se muestra seguro de que Josep Anglada llegará al parlamento catalán y luego explica que, más que un reto, es una necesidad para el país y el continente entero. Según él, la resistencia contra el ocupante islámico debe realizarse sin límites fronterizos y contar con la solidaridad cristiana de todos los pueblos europeos. Asimismo, añade con un tono firme: “deberíamos repatriarlos todos [los musulmanes] a sus países de origen y por cualquier medio. En barco, en avión, en tren o, si de mí dependiera, ¡a pie!”. El grito de guerra genera aplausos, silbidos y gritos de júbilo entre los espectadores. Aquí los líderes compiten por decir la mayor indecencia y transmitir el odio a sus tropas. Nada de ilusiones ni de palabras reconfortantes.

A continuación interviene el jefe del segundo partido de Austria para avalar la política de Josep Anglada. Su mensaje también reviste un cierto oficialismo, quizás porque es el legado del ya fallecido Jörg Haider, el líder austriaco que popularizó el lema anti-musulmán en Europa. Las primeras palabras son las habituales. Todo empieza con una leve dosis de cortesía y de fraternidad, una sonrisa en el lado de la boca y un saludo a la muchedumbre que reacciona instintivamente. “Josep Anglada va a llegar al Parlamento y lo va a hacer por la puerta grande”, explica el líder de FPÖ antes de reafirmar su amistad con el partido catalán. Luego, el discurso se convierte poco a poco en una fuente de crispación y de máxima agresividad.

Una prioridad para el líder austriaco es preservar la identidad histórica de los pueblos europeos que se han visto amenazados por la inmigración masiva. “El que no quiera adaptarse a nuestros valores está fuera de lugar ––expresa Heinze Christian Strache––. No puede ser que algunas personas lleven más de treinta años en un país y no hablen el idioma local […]. Este hecho completamente equivocado se ha de arreglar. ¡No necesitamos sociedades paralelas o antagónicas!”.

La intervención de Josep Anglada y el cierre del acto
Después de la presentación de los grandes líderes europeos, la presentadora anuncia la intervención del líder del partido catalán. “Josep Anglada es el hombre que puede detener la invasión en Cataluña”, expresa ella con un ritmo estudiado y enseguida los aplausos cubren su voz para acoger al hombre que sube a la estrada con los brazos alzados, como si hubiese ganado un partido de tenis de dos horas y media. El himno del partido también suena en el fondo para solemnizar ese momento.

El estilo de Josep Anglada, muy distinto de sus homólogos europeos, se hace notar. Sin calentar la voz, es decir a grito pelado, el hombre se lanza en un discurso que presenta a Plataforma per Cataluña como una gran familia. Las pancartas se alzan, las efusiones se acrecientan y el hombre empieza a hilvanar un mensaje más violento. “No dejaremos, nosotros y los otros partidos identitarios de Europa, que nuestra Europa Cristiana sea invadida por el Islam”. Sus manos siguen alzándose mientras habla para poner énfasis en su discurso. “¿Habéis visto lo sinvergüenza que es la alcaldesa de Salt poniéndose al lado de unos terroristas?”, grita el líder de Plataforma y de inmediato sus denigraciones generan júbilo entre la multitud. Ya no sólo basta con las imágenes y los videos. Las palabras de Josep Anglada vienen a multiplicar el nivel de adrenalina manchando el nombre de colectivos y de políticos.

“Hoy es un día importante para Cataluña”, comenta el líder y luego describe el gran esfuerzo personal, logístico y económico que ha hecho la gente del partido. Más de cinco millones de cartas han sido enviadas para que todos los catalanes sean informados del mensaje de esperanza. “Tenemos sentido común todos los hombres y mujeres de Plataforma por Cataluña para liberar a Cataluña de la invasión que ha padecido en los últimos diez años”, explica Anglada excitado. Su voz estridente vuelve a despertar las pasiones de un público rendido a él y, mientras todos le aplauden, el hombre aprovecha para aclararse la garganta con un trago de agua.

Los grandes medios de comunicación también son un enemigo jurado del partido ultraderechista. Eso explica Josep Anglada con insistencia. “Seguramente no hablarán de nosotros ––comenta el candidato––. ¡No lo harán porque nos tienen miedo!”. Y ese miedo es justificado. ¿Cómo reaccionar ante un líder que habla con tanta agresividad y gusto por la provocación? Evidentemente, el público reacciona con la misma violencia al grito de “sinvergüenzas y falsos” pero aquí no se detiene el presidente. Después de ese guiño a los medios de comunicación también arremete contra los políticos del escenario catalán ––Más, Montilla y Puigcercós–– a los que tacha de traidores. “Tenéis aquí a un presidente [haciendo referencia a sí mismo] que sólo vive por Cataluña y por la gente de Cataluña. ¡No como esta casta política podrida que vive sólo para dar más y más y más privilegios a los inmigrantes!”.

La intervención de Josep Anglada se cierra con un eslogan de resistencia que parece ser la marca identitaria del partido. Dirigiéndose directamente a los inmigrantes, como si estuviera en un estado de guerra, el hombre los califica de invasores y les pide abiertamente que salgan del país. “Que se vayan, que se vayan y que se vayan ––vocea el líder de Plataforma–– ¡Aquí no los queremos!”. Con estas palabras repletas de aversión, el líder cierra su acto electoral y todos los seguidores, aparentemente felices con el mensaje, celebran las proclamas beligerantes. Militantes y simpatizantes, familias y amigos, están ahora todos listos para volver a sus quehaceres, disfrutar de un domingo asoleado, comer en un restaurante, como si de nada. Olvidándose quizás de que, con su adhesión, están reforzando el viento de odio que crece en la política española.

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