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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Los versos más tristes

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 23 de diciembre de 2010, 08:14 h (CET)
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y titilan, azules, los astros a lo lejos”, Neruda dixit en su Poema Nº 20. Un ataque de bohemia tristeza que, sin tanto arte, les da a muchos por estas fechas navideñas, tal vez creyendo que con la mezquina limosna de una palabras en plan Cuento de Navidad o así, remediarán la pobreza y la miseria en que su país, ellos mismos como opinadores y sus medios de comunicación han puesto al menos a cinco millones de familias, entretanto ellos viven como rajás de excelentes estipendios.

Decía el otro día uno de esos habituales opinadores a sueldo de los medios no sé qué cosas de la vergüenza y la pobreza, haciendo un imposible lazo prosódico con una sintaxis de pena. Dice, dicen, decimos. Palabras. Palabras ñoñas y caritativas, a mayor abundancia, que no hacen sino procurar contener la rabia de los desheredados con un artificioso ataque de tristeza que disipe su furor de no tener un lugar sobre el mundo. Opinadores que, a razón de 600 a 2500 eurillos por programa –pongámoslo sobre la mesa ahora que estos mismos opinadores critican los sueldos de otros-, se levantan un pastazo al mes que ya lo quisieran los controladores ésos a los que tanto critican, tanto más todos esos desolados avergonzados de ser pobres y desempleados a los que se refería su artículo. ¡Y mira que van a programas y más programas de radio, tele y lo que sea. Un pastazo, oiga usted, ya digo. ¡Qué bien que se habla de la necesidad cuando no se la conoce!... Cuentos de Navidad, en fin.

Pero es lo que mola entre la progresía de postín de mucha pose, porque esa prosa bellaca proporciona una pátina sublime (oropel) de solidaridad con el necesitado. También utilizábamos la conmoción de la tristeza quienes teníamos escuela de ligue en los 70 y por ahí, y nuestro único objetivo era nada más que entrar hasta la cocina. Estas imposturas, que a la desmadrada edad de los veinte ya me parecía algo miserable, hoy me produce verdaderos retortijones en el alma. Dar miguitas de solidaridad a quienes con el expreso consentimiento del opinante (le he escuchado muchas veces sus arengas contra los derechos civiles de todos, aunque por ahora sólo se hayan perpetrado contra algunos por él satanizados), me parece de una miseria intelectual insoportable. De la moral, ni hablo. Bien está que se callen y que con lo suyo vivan a lo grande en sus edenes particulares, que coman asado o jamón o lo que les dé la gana a dos carrillos, mientras medio mundo languidece de injusticia y de hambre; pero, por favor, no utilicen a los que no tienen sino desesperación para darse viso de humanos o de una solidaridad que no conocen sino por el lejano eco de un nombre. Eso es quitarles lo poco que les queda: su dignidad.

A todos estos prosistas que plumean tan torcidamente tan hermosos versos (es un decir), más y mejor les sería aprovechar la tribuna que tienen para ser justos y procurar un país más ecuánime y no a la exclusiva medida de sus intereses y de la de quienes les pagan. Pero, claro, si tal hicieran perderían ese pastazo que se llevan muerto por lamer a la derecha o a la izquierda (es otro decir), porque saldrían de escena y sus libritos de bestezuelas aberrantes y de imposturas históricas no se venderían entonces, y hasta quién sabe si les quitarían las direcciones de esos medios en los que vegetan al servicio del sistema que produce exactamente los daños a los que dicen reprobar con esa prosa de campaña.

Bien está lo bien. Neruda era un maestro de la letras y podía permitirse el lujo de estar triste o no, y hacerlo sinceramente y con mucho arte. Que quiera un aprendiz en hacer palotes ensayarse con los versos más tristes esta noche en la que ellos precisamente nos han encerrado, como que da un poquitín de asquito. El papel lo aguanta todo, ya se sabe, pero la verdad no, y los escritos exudan mucho más que tinta, incluso mucho más que emociones impostadas o máscaras solidarias graficadas. El movimiento se demuestra andando, y hay mucho por heñir en este orden en el que unos pocos nos lo están quitando todo, especialmente derechos y dignidad. Son, precisamente, estos voceros de la simpleza los que lo mismo invocan el verbo del amor con la misma fe que el de la comprensión con los depredadores sociales, quienes están poniendo contra las cuerdas a la sociedad en pleno, pues que ellos son los que la contienen con sus pareceres de a 100 euros el dicho, por ejemplo. No se puede servir a dos amos al mismo tiempo, y ya sirven a uno, ¡y bien que lo hacen!; pero venirnos con el cuento de quererse llevar bien con tirios y troyanos al mismo tiempo, como que no, oiga. ¿Ya tomaron partido?...: ¡pues eso!

La poesía, si queremos escucharla o leerla, muchos preferimos hacerlo directamente de un maestro y no de alguien a sueldo de los verdugos poetas que no tiene la menor idea de dónde poner un hemistiquio. La solidaridad no es en absoluto derramar una lagrimita de plástico, ni esa abominable impostura paga la paz del alma. Quien más asciende, más deberes tiene; y quien tiene una tribuna, tiene el deber de llenarla de verdades. Todo lo demás, es la poesía esa concebida como un lujo cultural por los neutrales, ¿lo recuerdan?... Versos, versos, los versos más tristes. Tristeza de alma.

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