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Etiquetas:   A bote pronto   -   Sección:  

Cuento de Navidad: El ladrillo boomerang

Andrés Ramos
Andrés  Ramos
miércoles, 22 de diciembre de 2010, 09:18 h (CET)
Había una vez un hombre que iba por el mundo con un ladrillo en la mano. Había decidido que cada vez que alguien le molestara hasta hacerle rabiar, le daría un ladrillazo. El método era un poco troglodita, pero parecía efectivo, ¿no?.

Sucedió que se cruzó con un amigo muy prepotente que le habló con malos modos. Fiel a su decisión, el hombre agarró el ladrillo y se lo tiró. No recuerdo si le alcanzó o no. Pero el caso es que después, tener que ir a buscar el ladrillo le pareció incómodo.

Decidió entonces mejorar el “Sistema de Autopreservación del Ladrillo”, como él lo llamaba. Ató el ladrillo a un cordel de un metro y salió a la calle. Esto permitía que el ladrillo nunca se alejara demasiado, pero pronto comprobó que el nuevo método también tenía sus problemas: por un lado, la persona destinataria de su hostilidad tenía que estar a menos de un metro y, por otro, después de arrojar el ladrillo tenía que tomarse el trabajo de recoger el hilo que, además, muchas veces se liaba y enredaba, con la consiguiente incomodidad.

Entonces el hombre inventó el “Sistema Ladrillo III”. El protagonista seguía siendo el mismo ladrillo pero, este sistema, en lugar de un cordel llevaba un resorte. Ahora el ladrillo podía lanzarse una y otra vez y regresaría solo, pensó el hombre. Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erró, y no pegó en su objetivo porque, al actuar el resorte, el ladrillo regresó y fue a dar justo en la cabeza del hombre.

Lo volvió a intentar, y se dio un segundo ladrillazo por medir mal la distancia. El tercero, por arrojar el ladrillo a destiempo. El cuarto fue muy particular porque, tras decidir dar un ladrillazo a una víctima, quiso protegerla al mismo tiempo de su agresión, y el ladrillo fue a dar de nuevo en su cabeza. El chichón que se hizo fue enorme...

Nunca se supo por qué no llegó a pegar jamás un ladrillazo a nadie, si por los golpes recibidos o por alguna deformación de su ánimo. Todos los golpes fueron siempre para él mismo.

El personaje de este cuento del escritor argentino Jorge Bucay bien podría ser Mourinho, aunque con una diferencia, él ni siquiera necesita recibir hostilidades para lanzar el ladrillo. En otros países, sus continuos ladrillazos han podido ser muy efectivos en la búsqueda de sus objetivos. Sin embargo, tengo la sensación de que en este momento de su primer año en España, como en el cuento, esos golpes se están viniendo una y otra vez en su contra. Las razones quizás estén en que se ha equivocado de club en el que poner en práctica sus particulares métodos, en que se le ha perdido el miedo y en que, además, coinciden en el tiempo con el triunfo de un estilo totalmente opuesto, el que representan personajes tan antagónicos al portugués como Guardiola o Del Bosque.

No obstante, lejos de los chichones que pueda tener la cara de ‘Mou’, lo preocupante es que el efecto boomerang de sus ladrillos también está magullando el escudo del Real Madrid. Y es que las formas y el ego de un tipo que no duda en valorar su trabajo con un 11 no sólo deja en evidencia a él mismo, sino también al club al que representa, paradójicamente presidido por alguien que, como se encarga de recordar en las pocas ocasiones en las que se pronuncia públicamente, vive obsesionado con mantener el señorío histórico de la entidad.

Son ya demasiados los líos en los que han envuelto al Real Madrid Mourinho y sus ayudantes en sólo seis meses de trabajo. Independientemente de las veces que visite Cibeles la afición blanca, cada vez más dividida entre los seguidores y detractores del portugués, la brutal pérdida de imagen que está sufriendo el club puede significar el pago de un peaje demasiado elevado.

Florentino Pérez, aún sabiendo, como todos, de los métodos del luso, decidió en junio apostar todas sus fichas por un hombre que, por otra parte, no dudará en buscar nuevos aires cuando considere que ya no tiene más que hacer aquí. Y para entonces, el daño sea quizás ya demasiado grande. Porque Mourinho piensa primero en él y luego en él. Y ha llegado a la capital española para agrandar su palmarés y su leyenda, y de paso la del Real Madrid.

Una de las cualidades que más se destacó de ‘Mou’ a su llegada fue su capacidad de adaptación y permeabilidad al país y al entorno en el que entrena y ahora es el momento de demostrarlo. Le considero un tipo inteligente y, aunque dudo que lo haga, aún está a tiempo de enterrar el ladrillo, antes de que los daños en su propia cara y sobre todo en la del Real Madrid sean irreparables. En fin, sólo espero que este cuento tenga un final feliz.

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