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Etiquetas:   The Wshington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Por qué la izquierda necesita consejeros delegados

E.J Dionne
E. J. Dionne
miércoles, 22 de diciembre de 2010, 07:59 h (CET)
WASHINGTON - La pregunta central de nuestra política es si podemos o no romper los debates de trámite que siempre conducen al mismo sitio. He aquí una prueba importante: ¿Pueden cambiar los progresistas su forma de pensar en el sector privado?

Ya estamos viendo la monótona repetición del viejo debate. Centristas autoproclamados dicen que el Presidente Obama ha indignado seriamente a los líderes del sector privado y que necesita con urgencia reconciliarse con ellos.

Dado que el presidente ha hablado puntualmente de las irresponsabilidades del sector financiero y de las rentas más altas, estos pobres multimillonarios y multibillonarios sufrientes han visto herido su amor propio. A Obama le dicen que tiene que compartir su dolor, demostrar que comprende de verdad el motivo de que ellos estén tan agraviados.

Los progresistas se resisten a esto, y ¿por qué no? Muchos de los mejor situados -- en el sector financiero sobre todo -- fueron administradores groseramente irresponsables del poder que les fue depositado a través de la liberalización. Ellos arruinaron la economía, Obama los rescató, y la mayoría son ahora más ricos que nunca. Pero tienen la arrogancia de denunciar que el presidente señale sus fechorías. Muchos izquierdistas quieren que Obama les diga a dónde se pueden ir.

Si esto fuera solamente de reacciones viscerales, puede contar conmigo entre los hinchas de este último enfoque. Y habría de hacerse más para investigar y dar a conocer las violaciones del reglamento y las decisiones estúpidas que ayudaron a hacer tambalear nuestro sistema económico.

Pero la verdad simple es que vivimos en una economía de mercado. Las empresas crean empleo, y un clima empresarial saneado es la única clave de una sociedad acomodada. Es una conclusión a la que los progresistas llegan en ocasiones a regañadientes. El ex Gobernador de Nueva York Mario Cuomo plasmaba hábilmente esta sensación en 1977 durante su infructuosa apuesta a la alcaldía de Nueva York. "Se te tienen que dar bien los negocios" afirmaba, "incluso si odias a los ricos, incluso si no te gustan la sortijas de caballero, incluso si no puedes soportar a los del exclusivo barrio de Scarsdale y sus Rolls Royce".

También es importante reconocer que no existe una única clase empresarial ni modelo corporativo único. Obama no tiene que mimar a los consejeros delegados para que ellos prodiguen elogios en las fiestas de los Hamptons. Él debería de averiguar las regiones del sector privado que comparten intereses en la reducción de las tremendas desigualdades que se han contagiado durante casi cuatro décadas y en la creación de una economía que produzca puestos de trabajo bien remunerados.

Ha habido momentos de nuestra historia en los que elementos importantes del tejido empresarial eran "progresistas" en el sentido de reconocer que la reforma de lo social revertía en el interés a largo plazo del capitalismo.

En un artículo seminal publicado en 1995 en The American Prospect acerca de la oposición de las empresas a la reforma sanitaria del Presidente Clinton, el columnista político John Judis recordaba que durante la Era Progresista, "los líderes y las organizaciones empresariales jugaron un papel indispensable a la hora de desarrollar y promover la legislación social que limó las afiladas aristas del capitalismo liberal". La conclusión de Judis sigue pareciendo válida: "sin una comunidad empresarial moderadamente partidaria de la reforma social, poco se puede hacer en la era actual".

¿Quién va a encabezar la reforma en el mundo comercial? Los progresistas, incluyendo a mi colega del Washington Post Harold Meyerson, han tomado nota de un artículo de Bloomberg Businessweek firmado por Andy Grove, el veterano presidente de Intel. Grove precisamente planteaba la cuestión justa: "¿Qué tipo de sociedad hemos de tener si consiste de personas muy bien remuneradas que desempeñan un trabajo de importante valor añadido -- y de grandes masas de parados?"

Grove criticaba "la devaluación general de la manufactura -- la idea de que mientras 'el empleo intelectual' permanezca en Estados Unidos, no importa lo que le pase a la mano de obra de planta". Pero con el tiempo, sostenía, si deslocalizamos la fabricación producto de la innovación nacional, con el tiempo perderemos nuestra ventaja en la propia innovación.

Cualquiera que hable de reactivar la fabricación estadounidense se enfrentará a críticos que escucharán ecos de los argumentos de "la política industrial" de principios de la década de los 80 supuestamente desacreditados. Pero Carl Pope, el visionario que dirigió muchos años el Sierra Club, observa que a través de acuerdos comerciales y demás políticas, nuestro gobierno ya es partidario de ciertas industrias que como resultado han salido muy bien paradas: la banca y las finanzas, la explotación agrícola a gran escala, las farmacéuticas y la industria del celuloide. Se podrían añadir petroleras y gasistas, y la defensa.

Las políticas gubernamentales, al margen de la frecuencia con que utilicemos las palabras "libre iniciativa", por diseño o descuido, afectan inevitablemente al sector privado. ¿Por qué no escoger políticas que alienten concretamente a sectores que crean buenos puestos de trabajo para estadounidenses? ¿Por qué no aliarse con empresas y consejeros delegados cuyos intereses radiquen en hacer precisamente eso? Yo, por mi parte, no voy a envidiarles sus sortijas de caballero ni sus Rolls Royce - si bien espero que consideren la idea de adquirir un coche de lujo fabricado en Estados Unidos.

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