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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Feliz Navidad en plenitud

María Romo
Redacción
martes, 21 de diciembre de 2010, 11:46 h (CET)
¡Hola amigos! Los clásicos imprevistos me han alejado temporalmente del blog y lo siento. Pero volveremos pronto ¡y con qué marcha! Hoy solo quiero desearos mucha felicidad en estos días. ¿Recordáis? Se nos dio una consigna para esta Navidad: ESPERAR. Esperar siempre aunque sean cosas muy pequeñas. ¿Pueden los hombres vivir sin esperar? Y, a bote pronto, la pregunta que nos deja a todos perplejos ¿Qué espero yo?

La más fuerte llamada a la esperanza ¡Espera, Israel en el Señor! Se nos da en el salmo más pequeño de la Biblia: el 131. Curiosamente, se empieza esperando y se acaba colgado de la teta. No vendría mal vivirlo para liberarnos de la corrupción desmelenada, en busca del dinero y el poder, que nos ha hundido en la crisis.

En el salmo 131 comienza el salmista, afirmando con sincera honradez: No está mi corazón engreído ni mis ojos son altaneros. Tampoco nuestro hombre ha hecho planes por todo lo alto: No he tomado un camino de grandezas y prodigios que me vienen anchos. Y explica su situación: Yo mantengo mi alma en paz y silencio. Y, para que lo entendamos, repite esta comparación asombrosa: Como niño destetado en el regazo de su madre, así esta mi alma en mí. Y a continuación como broche final, el consejo: Espera, Israel, en el Señor, ahora y para siempre. ¡Qué fuerza la de este pequeño salmo cuando afirma mi alma está en mí. Pero ¿podemos decirlo todos? ¡Podemos! Y lo impresionante es añadir que nuestra alma está en nosotros como un niño destetado en el regazo de su madre.

¿Sabe alguien como está un niño después de haber mamado a placer entre los brazos de su madre? Todos recordamos sin querer su expresión de plenitud que parece iniciar una sonrisa de éxtasis mientras busca el sueño con la leche aun en los labios.

Por otra parte, las Escrituras repiten con frecuencia que seremos saciados en los pechos de la sabiduría y grandeza de Dios. Que vivamos así nuestra esperanza es tan asombroso como cierto.

No, lo nuestro no es ser hiperactivos. Es guardar en silencio y plenitud nuestra alma como niños destetados en el regazo de su madre. Así lo decide el salmo 131.

Pero algunos timoratos han suprimido la palabra destetado y falta en algunas ediciones. ¿Y los cuadros famosos de las grandes catedrales donde la Virgen envía su leche bendita a San Bernardo apretándose el pecho? Es símbolo de altísimas gracias que recibió el santo fundador de Europa.

Por cierto que nuestra lengua es tan rica que en el Diccionario Ideológico de Casares, encontré que las palabras mamar y leche tienen otras ciento noventa y cuatro expresiones afines. Entre ellas paladear, saborear, embriaguez, amamantar y mamandurria que consiste en recibir algo por pura cara.

Imposible olvidar, con la Navidad aquí, esa joya de las “Coplas del Nascimiento de Nuestro Señor” que escribió Fray Ambrosio de Montesinos, confesor de Isabel la Católica.

Dice tranquilamente el santo franciscano: ¡Aunque era, Virgen preciosa, al Rey tu leche sabrosa, de mirarte tan hermosa, la dejo, de tu beldad espantado. Y añade algo que raya en lo sublime: ¡Oh que extremos se juntaban, cuando tus ojos miraban, los de Dios como lloraban, y calló, con la teta consolado! Y protesta: ¿Qué razón sufre tal lloro, ver así a nuestro tesoro, siendo Dios, inmenso y no limitado. Aquí ya perdemos pie…

Paul Claudel, el gran poeta convertido por la Virgen en Notre-Dame, durante la misa de Nochebuena, comenta así el salmo 131: Como el niño que en el regazo de su madre, acaba de mamar, mi alma no puede con tanta plenitud. ¡Que mi alma espere en el Señor, ahora, y para siempre jamás!

¿Puedo desearos algo mejor esta Navidad?

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