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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Pasapalabra

Kathleen Parker
Kathleen Parker
martes, 21 de diciembre de 2010, 08:12 h (CET)
NUEVA YORK - Las palabras importan:

Que se lo digan a Google, que ahora posibilita que cualquier hijo de vecino busque millones de obras online y haga un seguimiento a las veces que una palabra concreta se ha utilizado durante siglos, indicando así lo mucho que pensamos (y, por deducción, valoramos) ciertas cosas.

O dígaselo al fundador de WikiLeaks Julian Assange, puesto ya en libertad y disfrutando de un "arresto mansionario", que cosechó tanta fama como elogios por sacar a la luz las palabras privadas de diplomáticos e incontables más. Mientras algunos cables filtrados destacan tanto lo bueno como lo malo que hacen los humanos, otros pueden revelar secretos contados por personas que pueden no disfrutar de los mecanismos de amparo de las democracias de la libertad de expresión.

O que se lo digan al Partido Republicano, parte de cuyos representantes trataron de eliminar ciertos términos de un informe difundido por la bipartidista Comisión de Investigación de la Crisis Económica, incluyendo "liberalización", "préstamo no bancario", "interconexión" y hasta "Wall Street".

Cuando los representantes Demócratas se negaron a prestarse a un Pasapalabra selectivo así, los legisladores Republicanos difundieron su propio informe si las palabras que podrían haber inducido al lector sensible a dar un respingo, que podrían haber implicado a partes que los Republicanos preferirían no ven implicadas.

Entre la equívoca manipulación del significado de las palabras y la transparencia absoluta, nos quedamos preocupados por nuestro enorme poder de conocimiento y la tiranía de otros cuyas exigencias de transparencia vulneran nuestros derechos a ser conocidos o no conocidos.

Ahórrame tu verdad absoluta y yo te ahorraré la mía.

La privacidad tal como la conocíamos es historia, acabamos de aceptar a regañadientes. Nos adaptaremos en consecuencia y, tal vez, nos guardaremos nuestras opiniones. No sería un mal avance, aunque no albergo esperanzas de que Twitter vaya a desaparecer por falta de uso. Compartir es muy... especial.

Más inquietante que los límites de la solidaridad o las fronteras de la transparencia son las manipulaciones intencionadas del lenguaje para maquillar la verdad. Los totalitarios de la historia han confiado en escribir y hablar mal -- léase sin claridad -- para mantener a la masa confusa y cautiva. La claridad, el enemigo de la mentira, es anatema de los autoritarios de todos lados.

Así, cuando los Republicanos se niegan a utilizar palabras concretas por ser potencialmente demasiado 'perturbadoras', eligen una oscura vía para que los ciudadanos la sigan. Se llame como se llame, es deshonesto. La mayoría entiende que el sector financiero jugó algún papel en la crisis económica, igual que "las instituciones de préstamo no bancario" liberalizadas, casas de crédito que sin embargo disponían de competencias de préstamo y las aprovecharon.
Los Demócratas son igual de culpables de ocultar el significado retorciendo el lenguaje. ¿Cuántas veces a lo largo del debate del régimen fiscal habremos oído alguna variante de lo siguiente? Conceder rebajas fiscales a las rentas altas pasará factura al déficit.

¿Perdón? ¿Cómo es que el dinero en el bolsillo de unos pasa a la deuda de otros? Este tipo de lógica sólo es posible, por supuesto, según el reglamento expropiador de la redistribución de la riqueza.

Pero aun así nos hemos acostumbrado a través de la repetición de esta idea a que los ricos de alguna forma perjudican a los pobres y alteran el normal funcionamiento de una administración congestionada y despilfarradora.

Permítame reformular el problema sólo un poco. Digamos que Joe debe 100 dólares pero sigue gastando dinero como un loco. Mary tiene cinco pavos, que se niega a compartir porque tiene que hacer la compra. Joe es insistente. Su deuda se agravará si Mary no colabora. Esto puede ser verdad, pero Mary no está convencida de que ayudar a Joe a pagar sus deudas vaya a servir de algo mientras él siga gastando. Apuesta a que Joe se va a endeudar más, y ella tendrá menos seguridad económica propia.

Ya ve el problema. No es el dinero. Es la falta de honradez del argumento. Permitir que los estadounidenses de rentas más elevadas conserven la cantidad de dinero que ya deducen no es pasar factura a la deuda. Pero aun así, el efecto de este mantra repetido hasta en la sopa ha sido demonizar a "los ricos", como si de alguna forma ellos hubieran agraviado a sus conciudadanos trabajando muchas horas y alcanzando lo que quiere todo hijo de vecino.

Las palabras importan, y sospecho que si la buena gente de Washington hablara con más claridad, alejándose cuanto antes de la clase de acalorada retórica que fomenta la lucha de clases y vivifica a los hacedores que crean puestos de trabajo para otros, la mayoría de los estadounidenses haría con gusto lo necesario, incluyendo ayudar de buen grado a Joe a pagar la deuda.

Pero antes Joe tiene que ser honesto con el papel que interpreta en esta tesitura. Achacar a los ricos los problemas de Washington es una distorsión propia de árbitros deshonestos. Y se preguntan por qué los estadounidenses no confían lo suficiente en ellos para entregarles más de su renta...

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