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Etiquetas:   La delgada línea roja   -   Sección:   Opinión

Marruecos: la amenaza del sur

Antonio Pérez Omister
Antonio Pérez Omister
@esapo1
martes, 21 de diciembre de 2010, 08:01 h (CET)
Supuestamente, según la propaganda oficial socialista, España y Marruecos son “aliados” y “amigos” que comparten intereses políticos, económicos, culturales y sociales, pero la realidad es que la actitud beligerante del país africano deja pocos resquicios al optimismo. En los últimos meses, mientras las televisiones emitían un inoportuno anuncio publicitario con el eslogan “Marruecos está preparado”, demandando más inversiones españolas, la presión anexionista del sátrapa de Rabat se dejaba sentir sobre las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, al tiempo que reprimía con inusitada dureza a los saharauis en los campamentos de refugiados de El Aaiún. Sin embargo, al margen de la infumable verborrea buenista, en ámbitos militares se califica a Marruecos como “la amenaza del sur”. Repasemos la historia más reciente para ver si la desconfianza de muchos españoles, que vemos nítidamente en Marruecos a un potencial enemigo, está justificada.

El mayor choque diplomático de los últimos años entre ambos países se produjo a propósito de la ocupación marroquí del islote del Perejil en el verano de 2002. Aquel suceso supuso la retirada mutua de embajadores. La mitología política alentada por el PP asegura que el altercado se resolvió gracias a la providencial mediación de Estados Unidos, por aquel entonces más interesado en su particular “cruzada” contra el yihadismo y en las imaginarias “armas de destrucción masiva” iraquíes, que en apoyar a España en nada. Mientras Estados Unidos nos involucraba en absurdas guerras con lejanos enemigos, nos imponía, y nos sigue imponiendo, la dolosa “amistad” con Marruecos.

Aznar tensó la cuerda con los acuerdos de pesca y con el Acuerdo de Asociación con la UE, que abría las puertas del comercio europeo a Rabat. Dicho acuerdo de asociación, recientemente ampliado sin que la delegación socialista haya opuesto la mínima objeción, lesiona gravemente los intereses de España, y especialmente los de Andalucía. La presión ejercida por la UE sobre Aznar fue grande y éste, erróneamente, creyó que apoyando a Estados Unidos en sus aventuras bélicas, obtendría su respaldo frente a Rabat y Bruselas. Se equivocó dramáticamente. Y los atentados del Once de Marzo fueron la confirmación palmaria de esa terrible equivocación.

En cualquier caso, gracias a esos atentados, hubo un vuelco en las elecciones y cambió el signo del Gobierno de España. Casualmente, las relaciones con Marruecos comenzaron a mejorar sensiblemente con la llegada de Zapatero al poder en marzo de 2004. Gracias, sobre todo, a que éste cedió ante todas las pretensiones de Marruecos, país del que procedían, también casualmente, los criminales que, supuestamente, pusieron las bombas en los trenes.

Zapatero no tardó en revelarse como “el mejor aliado de Marruecos contra España” y su primera visita oficial como presidente del Gobierno fue a Rabat el 24 de abril de 2004, apenas unas semanas después de unos terribles atentados perpetrados por marroquíes en suelo español, y el mismo día en que las portadas de todos los periódicos aseguraban que fue también un marroquí quien colocó un artefacto explosivo en las vías del AVE, también dentro del más puro estilo ETA, para provocar otra masacre.

Nada de aquello tenía importancia: Mohamed VI recibió por todo lo alto a Zapatero y éste “exigió a los españoles que no “criminalizasen” a la colonia marroquí por las muertes de las víctimas de los atentados”. Había que “pasar página” en aras de los buenos negocios que unos deleznables empresarios españoles realizan en Marruecos con el beneplácito del sátrapa de Rabat. Un reyezuelo de opereta que, como un perro rabioso, no pierde ocasión de morder la mano que le da de comer.

La reunión entre ambos dirigentes giró en torno a los atentados del 11-M. La prensa marroquí y la casa real alauí (en una extensa e indigesta nota oficial) alabaron la actitud “dialogante” del nuevo presidente español. Comenzaba así una época de “entendimiento” con Marruecos. Pero donde dice “dialogante” debemos colegir claudicación constante; y por “entendimiento” traición a los intereses de España.
Durante estos nefastos seis años y medio de desgobierno socialista, y tras numerosos encuentros entre el reyezuelo alauita y un Zapatero cada vez más instalado en el absurdo, y en la tónica del hazmerreír constante en el ámbito de las relaciones internacionales, el empalagoso discurso del presidente ha colocado a España como el “mejor aliado de Marruecos” y “principal valedor” de la entrada del país magrebí en la OTAN y en la Unión Europea, como miembro de pleno derecho. Ambas cosas perjudican enormemente a España.

A cambio de todas estas vergonzosas concesiones, Marruecos ha mantenido durante estos años de ignominiosa claudicación, un peligroso “doble juego” que no oculta su profunda animadversión y antagonismo hacia España.

Según han reconocido en varias ocasiones el tirano de Rabat y sus esbirros: “Las inversiones españolas son claves para Marruecos. Y la presencia de empresas españolas y francesas es fundamental para garantizar el desarrollo del país magrebí”. Algo que a la ciudadanía de este país se nos ha vendido como un gran “logro” sin que sepamos en qué nos beneficia que los agarenos prosperen a costa de unas inversiones que se escamotean en España, generando desempleo, para trasladarlas a un país que no pierde ocasión para demostrarnos abiertamente su hostilidad.

Según el propio Mohamed VI: “El empleo es una de sus prioridades ya que afecta directamente a la seguridad del país: con una mayor población activa se evita la creación de las bolsas de marginación y pobreza de las que se nutre el islamismo radical”. Pero todo esto, insisto, a los españoles nos debe traer al pairo. A quien debe preocuparle el fundamentalismo islamista es al propio sátrapa de Rabat, que podría ver cómo sus días de tirano terminan tan ignominiosamente como los del sha de Persia. Otro déspota que contó con la anuencia de Estados Unidos durante algún tiempo, y al que finalmente dieron la patada para colocar en su lugar a un anciano Jomeini que resultó ser más duro de pelar de lo que habían supuesto los chicos de la CIA.

Desafortunadamente, prácticamente todas las empresas españolas con horizontes internacionales tienen un pie puesto en Marruecos, lo que las convierte a ellas, y a nosotros, los ciudadanos de a pie, en rehenes del tirano de Rabat. Inditex, Altadis, Fadesa, Méditel, Pescanova o ACS, son algunas de las empresas españolas que se benefician de las ventajosas condiciones tributarias y de la mano de obra barata que ofrece Marruecos.
Gracias a las inversiones españolas, escatimadas sobre todo a Andalucía, Marruecos ya dispone de grandes infraestructuras para la exportación, como el nuevo puerto de Tánger, el mayor de África y uno de los más importantes del Mediterráneo. Un privilegio que hace diez años parecía reservado al puerto de Algeciras, resignado ahora, precisamente, a servir de lanzadera para el tráfico de marroquíes entre la Península y el continente africano.
No obstante, y más allá de los absurdos y vacuos discursos buenistas pronunciados por mediocridades a las que poco importa el futuro de nuestro país, Marruecos también supone una amenaza para la economía española: grandes multinacionales como Renault, están valorando la posibilidad de trasladar la producción que realizan en España al país magrebí. Esto afecta directamente a las plantas de Sevilla y Valladolid.

De momento, los intereses agrícolas, sobre todo en productos que comparten Marruecos y España, es uno de los escasos sectores que equilibran la balanza diplomática entre ambos países. Los agarenos saben que sus exportaciones a la UE perjudican gravemente a los agricultores españoles, y si no tensan más la cuerda por ese lado, es por temor a romperla. Si los agricultores españoles dejasen de sestear durante un rato, advertirían que con su desidia están cavando su propia fosa. La ganadería también se ha visto perjudicada ya que, de los cientos de miles de corderos consumidos por los marroquíes en sus fiestas religiosas, ni uno sólo procede de la cabaña española. Todas las reses vienen de Marruecos sin que sepamos si cumplen con las normas de higiene y calidad exigibles. Pero, a tenor del pestazo a carnaza que desprenden muchas carnicerías marroquíes, nos atrevemos a pensar que no es así.

Asimismo, el régimen marroquí siempre ha exigido la “devolución” de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Ambas plazas son territorio español desde mucho antes de que existiese ningún país llamado Marruecos, y, suponiendo, que ahora dicho país exista. En cualquier caso, si hubiese que negociar la “devolución” de algo sería con la región norteña del Rif si algún día logra, como el Sáhara, sacudirse el yugo marroquí. Y digo esto porque, veladamente, la torticera diplomacia agarena ya ha insinuado en más de una ocasión que Marruecos podría convertirse en el nuevo “santuario” etarra si España no se doblega a sus exigencias: antes de meterse en camisas de once varas, que le van demasiado grandes a un abotargado reyezuelo de opereta de poca monta, éste debería cuidarse muy mucho de que no le crezcan a él los enanos del circo independentista.
De paso, antes de invocar chulescamente el gran negocio que Marruecos representa para Estados Unidos y Francia, hacerles ver a los agarenos lo insignificante del mismo si se compara con el que estos dos países realizan en España. Y, ya que estamos, hacerles ver también a estos dos países “amigos” en qué cesta tienen depositados más huevos. En estos momentos, la renta per cápita de los españoles es de 35300 dólares, a pesar de la crisis, y la de los marroquíes de unos 2750. Que evalúen sosegadamente los norteamericanos dónde venden más hamburguesas y perritos calientes; y que los franceses hagan lo propio para averiguar dónde se consume más champagne, perfume y otras fruslerías: ¿en España o en Marruecos?

La anexión de Ceuta y Melilla, y de los demás territorios y posesiones españolas en el norte de África, así como la de las islas Canarias, y la definitiva incorporación del Sáhara occidental, es una meta que Marruecos confía alcanzar a largo plazo. Absurdamente, el Gobierno mide al milímetro cualquier alocución pública sobre las ciudades españolas del norte de África y programa con cuidado cualquier visita oficial. Cuando lo que debería hacer es precisamente todo lo contrario: dejar bien clara la españolidad irrenunciable de dichas ciudades viajando allí de forma asidua nuestros políticos y, sobre todo, el jefe del Estado.
Oficialmente, el objetivo de esta comedida posición es no alentar ningún tipo de protesta marroquí en las fronteras de las dos ciudades, como la que tuvo lugar este verano en Melilla. Pero España podría estrangular económicamente a Marruecos impidiendo, o entorpeciendo al menos de forma contundente, el tráfico terrestre de mercancías a través de la Península. Como hacían en su día los agricultores franceses con los camiones cargados de frutas y hortalizas procedentes de España. Luego, existen procedentes para taparle la boca al principal valedor de Marruecos.

También deberían ser repatriados forzosamente todos los inmigrantes marroquíes, como ha hecho Francia con los rumanos, aun siendo europeos. Y si amenazan con dejar pasar a los subsaharianos, dejarles bien claro que por cada subsahariano que entre en España ilegalmente, saldrán legalmente dos marroquíes. Marruecos está haciendo un repugnante negocio, uno más, esquilmando a los subsaharianos que pretenden alcanzar las costas españolas.

Para España, Ceuta y Melilla, suponen una cuestión de seguridad nacional. Si se cede ahí, o se muestra el menor atisbo de debilidad, sucederá como ocurre con los nacionalistas de aldea: las reivindicaciones no tendrán fin. Asimismo, el Gobierno español debería ser lo suficientemente hábil para saber proyectar la particularización del problema con Marruecos a una cuestión meramente bilateral, sin que pudiese entenderse como un problema entre España y los países árabes, y/o musulmanes por extensión. Marruecos no es un país árabe, es un país africano de población mayoritariamente bereber, y aunque ellos pretendan hacerse pasar por “árabes”, no lo son. Son un país de cabreros y pastores trashumantes con el que las sofisticadas petromonarquías del Golfo no quieren tener más tratos que los imprescindibles.

Los marroquíes no son europeos, aunque intenten colarse por la puerta de atrás. Puede que finjan hablar francés, y que vistan con trajes de Armani en lugar de chilabas, y que hayan cambiado sus malolientes babuchas por zapatos italianos. Pero siguen siendo un país de bárbaros que tratan a sus mujeres como si fuesen ganado, y que las degüellan por cualquier nimiedad, como hacen con los corderos en sus sanguinarias festividades.
El salvaje sacrificio del cordero se ha introducido sin que los cobardes hipócritas que se preocupan de perseguir en maltrato a los animales en las corridas de toros, hayan abierto la boca para protestar. Es comprensible: insultar a los amantes de la tauromaquia no conlleva riesgos; pero criticar a los musulmanes por degollar brutalmente a los corderos puede significar acabar como ellos.

Nos estamos dejando apabullar por unos farsantes que pretenden hacerse pasar por árabes, cuando los propios árabes les consideran parias. Decir que los marroquíes son árabes, es una falacia casi tan grande como sostener que los españoles somos escandinavos. Pero todavía es más absurdo pretender que los marroquíes son europeos.
En los últimos años, el Gobierno socialista ha diseñado una drástica política de desmilitarización en la zona del Estrecho que algunos observadores militares no dudan en calificar de “suicida”.

Sobre el papel, Marruecos y España son “aliados” en materia militar y diseñan maniobras y ejercicios conjuntos de sus Fuerzas Armadas. Esta colaboración militar comenzó a desarrollarse durante el primer gobierno de Felipe González. En 1983, durante una visita a Rabat del entonces ministro de Defensa, Narciso Serra, se anunció la intención de ambos países de firmar un protocolo de ejercicios aeronavales conjunto.

Sin embargo, pese a esta cooperación militar de dudosa conveniencia, en las Fuerzas Armadas españolas se sigue mirando con recelo al vecino del sur, y hay quien señala el papel de Marruecos como potencial enemigo de España en un futurible conflicto armado. Las ansias expansionistas de Mohamed VI, como las de su predecesor Hassan II, más pronto o más tarde se desatarán. Si las de su padre tuvieron como objetivo el Sáhara occidental, está más que claro que las de su obeso retoño se centran en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.

Y por ello, no se entienden algunas decisiones más o menos recientes que han “debilitado” la presencia militar española en el norte de África hasta hacerla peligrosamente vulnerable. La más polémica fue la desaparición del Mando de Artillería de Costa del Estrecho (MACTAE) y su reconversión en Regimiento.

Entre las actividades del MACTAE, potenciadas por Aznar, y que molestaban sobremanera a Mohamed VI, según fuentes militares, estaba la gestión de una eficiente red de sensores que monitorizaban toda actividad en aguas del estrecho de Gibraltar: tráfico de pateras e inmigración ilegal, narcotráfico y los movimientos de las patrulleras marroquíes de las que se sospecha, ofrecen cobertura a los narcotraficantes marroquíes en su ruta a Gibraltar.
El último anuncio que tiene en vilo a las FFAA españolas son las órdenes de Mohamed VI para acelerar la construcción de su primera base naval en el área del Estrecho, y que estará situada a 20 kilómetros de Ceuta. Así, mientras las FFAA españolas se reconvierten en una ONG, se llenan de quintacolumnistas marroquíes y se desarman para no “ofender” al sátrapa de Rabat, los agarenos se rearman y se preparan para darnos un disgusto de proporciones similares a las del Desastre de Annual de 1921. En la base del desastre estuvo el hecho de que las “leales” tropas indígenas al servicio de España, se pasaron al enemigo. A fin de cuentas… sus hermanos y primos. Espero que hayamos aprendido de nuestros errores del pasado.

Asimismo, Marruecos quiere “influir” en las urnas españolas: es una cuestión muy recurrente en la prensa marroquí y que obsesiona particularmente al sátrapa de Rabat. De hecho, ya lo consiguieron con los atentados del Once de Marzo y, desde entonces, se han escrito multitud de artículos de opinión incitando al régimen a dejar su impronta en las campañas electorales españolas. El sector más conservador de la prensa marroquí, próximo a los postulados yihadistas, apoya al Partido Socialista y califican a Mariano Rajoy de “amenaza” para los intereses del país magrebí. Durante la campaña electoral de 2008 en España, fue un tema de obligada presencia en la prensa marroquí “la necesidad de recordar a los españoles que un triunfo del Partido Popular supondría graves perjuicios para las relaciones entre ambos países, en materia comercial, de inmigración y de seguridad”. Y estas jeremiadas solían apostillarse con la patibularia perorata de que “éstas son las principales armas con las que cuenta Marruecos para influir sobre el melifluo electorado español”. Algo que parece obsesionar a la monolítica prensa oficialista marroquí.

De todos modos, mientras se criminaliza a España con cualquier pretexto recurrente, sazonándolo con unas gotitas de odio visceral, y espolvoreando un poco de exaltación nacionalista y religiosa, se distrae la atención del pueblo llano para que no repare en la miseria que le atenaza y que obliga a muchos de sus hijos a cruzar el Estrecho en rudimentarias pateras para huir del hambre y la miseria que en Marruecos campa por sus dominios.

En España viven unos 950.000 marroquíes, la mayoría en situación ilegal. La opción de voto en España de estos quintacolumnistas siempre ha sido una cuestión deseada para Mohamed VI. La prensa marroquí, por ejemplo, ensalzó a Jordi Hereu, alcalde de Barcelona, cuando de visita en Rabat en 2009, propuso públicamente que los marroquíes pudiesen votar en las municipales y autonómicas. Y de hecho podrán hacerlo muy pronto, además, a partidos extremistas como el PRUNE, de reciente creación, cuyo ideario político, xenófobo y antiespañol se diseña directamente por Rabat, al dictado del tirano Mohamed VI.

Es decir, que los españoles tendremos que soportar la humillación de un partido radical, orientado hacia el integrismo islámico, compuesto por fanáticos religiosos antiespañoles en nuestro propio país, al tiempo que esos mismos fanáticos exigen la ilegalización de un partido como “Plataforma per Catalunya” por exigir la expulsión de los inmigrantes musulmanes que se encuentren en situación ilegal en España, o que fomenten el odio y la xenofobia, como es el caso de todos los partidos nacionalistas marroquíes, y de los de inspiración religiosa islámica, sin excepción.

Muy pronto, la única “intolerancia” tolerada en nuestro país será la de los musulmanes hacia los cristianos y judíos. Asimismo, el único movimiento xenófobo políticamente correcto, será aquel que se refiera al sentimiento antiespañol de cualquier minoría étnica o religiosa afincada en nuestro país. Pero ¿qué más da? Nosotros a lo nuestro: a seguir sesteando mientras nos convertimos en una minoría perseguida y anatemizada en nuestro propio país.
Entretanto, en ámbitos políticos, incluso del PP, y también militares, suele escucharse aquello de “Mohamed VI es la opción menos mala”. Son los mismos que jalean la victoria electoral de CiU y Artur Mas sin tener en cuenta que su proyecto soberanista es idéntico al del tripartito.

El tirano de Rabat es inteligente, y ha sabido venderse a los Estados Unidos como un “fiel” aliado en la lucha contra la delicuescente Al Qaeda en el Magreb. Con un discurso falaz, grotesco y alambicando, trufado de mentiras y medias verdades, el reyezuelo alauita se presenta como una “garantía” contra el mismo fundamentalismo salafista que él cultiva y utiliza como arma arrojadiza contra la timorata sociedad española. Mohamed VI se ha envuelto en un halo de beatífico “impulsor” de la moderación religiosa, ante la amenaza de que Marruecos pueda caer bajo el influjo de poderes “más radicales” y aquí hemos comprado esta burra coja sin mirarle siquiera el careado dentado.

De este modo, un problema que debe inquietar exclusivamente al tirano de Rabat: el de perder su trono a manos de los furibundos clérigos musulmanes; se transforma en un “problema de España” y debemos estarle agradecido al mismo perro que nos muerde la mano que le da de comer.

Lo más repugnante de todo esto, y lo que hace al sátrapa de Rabat particularmente odioso, es que constantemente utilice la velada amenaza de lanzar contra España al terrorismo islamista, si no nos plegamos a sus caprichos. Su discurso es tan burdo como inaceptable; sin embargo, “compramos” sin regatear esta verborrea plagada de chantajes, amenazas e insultos.

Habría que decirle claramente a Mohamed VI y a sus lacayos, a los de aquí y a los de allí, que si Marruecos, para su exclusiva desgracia, cae bajo la férula del fanatismo islamista, pasaría a constituir una amenaza para Occidente, como antes lo fue Iraq, y ahora lo es Irán, y que como tal amenaza, sería susceptible de ser borrada del mapa y devuelta a los “felices” tiempos del Profeta.

Dicen que a buen entendedor, pocas palabras bastan.

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