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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Una solución al fracaso educativo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 20 de diciembre de 2010, 08:46 h (CET)
La educación, que no es sino la transmisión a las nuevas generaciones de los valores, conocimientos y costumbres heredados de las generaciones precedentes, es, sin duda alguna, uno de los grandes problemas de nuestro país. Tanto, que por educación, y de forma muy generalizada, la mayoría de la población entiende todo lo que abarca cuestiones puramente académicas o la forma conductual de una persona ante sus semejantes.

Ciñéndonos al campo estrictamente académico, el desastre educativo actual no puede ser mayor, y no sólo porque el informe PISA así lo desvele, poniendo a nuestros niños y jóvenes en la cola del mundo desarrollado, sino porque es una evidencia que ni la Primaria, ni la Secundaria ni aún en muchos casos los estudios universitarios valen de gran cosa. Un joven que sólo disponga de su título de Primer Grado, depende únicamente de sí mismo para poder salir adelante en el mundo laboral, y esta formación en todos los casos es insuficiente; pero lo mismo sucede si tiene sólo el título de Segundo Grado, no sirviéndole éste absolutamente de nada para integrarse en la sociedad o en el mundo laboral, porque no tiene fundamento práctico alguno; y tanto si no ha concluido hasta la última asignatura de una carrera universitaria como si lo ha hecho y no tiene una formación adicional suficiente, tampoco le vale de gran cosa haber estado quemándose las pestañas durante quince o veinte años. Resumiendo: el Sistema Educativo y quienes lo dirigen desde el Ministerio de Educación, fracasan y les hacen fracasar a los alumnos, que son nuestros jóvenes y nuestro futuro, porque han sido incapaces de entender qué es la Educación y el propósito social de la misma. En vano es buscar la solución a esto en un mayor rigor contra los alumnos o en el siempre socorrido ambiente familiar: el error está en el propio concepto del sistema, en la estrategia y en el método, y, en todo ello, el alumno nada tiene que ver. El sistema educativo debe ser eminentemente práctico, real, capaz de proporcionarle al niño o al joven la posibilidad de disponer una herramienta y una formación con la que salir adelante no importa en qué fase de su formación académica abandone sus estudios y se integre en la sociedad y el mundo laboral. Esta herramienta y esta capacidad, la niega el sistema actual imperante.

Quienes tenemos hijos en edad escolar nos admiramos de las estupideces que se les enseñan a los chicos, ya sea en cuestiones lingüísticas o gramaticales (¡para qué querrá saber un chaval de diez años qué diantres es un morfema o para qué sirve el predicado circunstancial!) o ya en cuestiones biológicas (¡qué demonches de interés tendrá para un niño de nueve años el saber si las células tienen orgánulos o no!). Una enseñanza basada en principios absurdos, que llena la cabeza de los niños con conocimientos absurdos y sin utilidad práctica para su edad, sólo pueden conducir a la aridez irracional del absurdo, al odio hacia el inútil y nada práctico aprendizaje y el convencimiento de que estudiar y aprender es el más antipático sinsentido. El fracaso del sistema, y a menudo del niño, así, está garantizado.

Existen, sin embargo, soluciones incontestables al aberrante sistema educativo imperante que han sido sobradamente contrastados como rotundamente exitosos en la historia reciente, al menos desde que allá por el siglo XIX se fuera implantando como una alternativa real: la Formación Profesional. Una forma y manera de entender la educación, la vida y la sociedad que se ha ido validando como ideal por genios incontestables como san Juan Bosco, y merced al cual, no importa en qué periodo de su formación un alumno se integre en el mundo laboral, está capacitado para enfrentar con notable capacidad de éxito su propia vida y de ser útil a la sociedad desde el primer día de su integración. Un sistema que es susceptible de ser extendido a todas las áreas y disciplinas académicas, ascendiendo de grado en grado el alumno desde la más humilde base a la más alta cima del conocimiento y la responsabilidad no sólo a través del inútil por sí solo conocimiento teórico, sino merced también a poner en práctica cada día la ciencia que va adquiriendo. Por ejemplo, no habría mejor médico que aquél que primero ha estudiado y se ha desempeñado como auxiliar, luego como enfermero y, por fin, como médico; o no habría mejor ingeniero que aquél que primero aprendió a limar una pieza de metal, luego supo diseñarla y, por fin, es capaz de idear nuevos ingenios; o, aun, no habría mejor general que primero fue soldado, luego suboficial, más tarde oficial, a continuación jefe y, por último, general. Que un muchacho que abandone Derecho en quinto curso, por ejemplo, vaya a buscar trabajo con todo su conocimiento sobre los lexemas o los orgánulos, y ya me dirán qué trabajo le ofrecen. Nuestras autoridades académicas y políticas y nuestro sistema educativo son, en fin, absolutamente irracionales y tienen la visión práctica y social del topo.

La absurdidad de las clases sociales, sin embargo, no sólo han despreciado este excelentísimo sistema educativo, sino que lo han reducido a una especie de estigma identificativo de los desheredados sociales o de las clases más bajas. Nada más lejos de la realidad, adempero: un bachiller, no tiene la menor oportunidad de desempeñar una tarea que no le tengan que enseñar desde cero, entretanto un titulado en Formación Profesional ya tiene una base sólida desde la que desempeñar una tarea laboral por sí mismo. Y lo mismo podríamos decir de un ingeniero, un abogado, un médico o cualquier otro “profesional”.

Al final, lo que manda y ordena en la tarea social es la formación, y la exclusivamente teórica que siguen los actuales sistemas educativos no tienen horizonte práctico, no sirven salvo que se concluya una carrera universitaria y se complete con una excelente colección de másteres y unos cuantos años de becado. La realidad dicta, sin embargo, que la inmensa mayoría de los que emprenden estudios académicos nunca los terminan y que no tienen otra oportunidad laboral que ser mano de obra sin especializar y sin expectativas de futuro. Las diferencias entre un sistema y otro, están claras: la sociedad precisa individuos formados, y aún jefes que sepan lo que mandan cuando dan una orden, y esto sólo lo proporciona la Formación Profesional. El sistema educativo de Primaria, Secundaria, etcétera, está obsoleto, no sirve por clasista.

El problema de nuestro fracaso, en conclusión, está en el sistema mismo: falla por la base, por la concepción y por la estrategia. De necios es continuar adelante con formas o reformas sobre algo que no tiene la menor oportunidad de funcionar de presente ni de futuro, y, si hubiera mentes capacitadas para adquirir inteligencia entre quienes dirigen el ministerio, ya están tardando en implantar la Formación Profesional como sistema educativo único. Las excelencias demostradas son demasiadas como para ignorarlas. Todo lo demás, es cuestión sólo de clases: producir inútiles manejables que no pueden desempeñar una tarea en la sociedad..., o aprendices de brujo que no tienen ni idea de lo que mandan cuando ordenan algo. Y así nos va, claro.

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