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Etiquetas:   Columna de Martín Cid   -   Sección:   Opinión

Navidad, Navidad

Martín Cid
Martín Cid
@martincid
lunes, 20 de diciembre de 2010, 08:37 h (CET)
Digamos que escribo estas líneas en un lugar distinto al que resido habitualmente porque, mira tú por dónde, he tenido una discusión con la persona que habitualmente resido. ¿Cuál es la razón? Pues tiene un maldito y funesto nombre: Nochebuena. Y es que estas fechas tienen un encanto incomparable: son capaces de enfrentar hasta a la pareja de amantes más melifluos.

(Breve interrupción, para colmo ha llamado la madre de mi lo que sea, no he cogido el teléfono y me está gastando la batería).

Primero está la Nochebuena y luego la Navidad. Si las parejas se llevan bien, pasarán una noche en casa de unos y la comida en casa de los otros. Después, la clásica discusión (al menos, eso siempre he vivido yo) y ya la pareja no se lleva tan bien –esto en el caso de la gente civilizada, siempre puede terminar en una discusión pantagruélica si alguno no es tan educado). En mi caso, cada uno a su sitio en principio (aunque la discusión de ayer mucho tuvo que ver con este asunto). La última opción tampoco es demasiado adecuada porque la discusión es evidente: ¿por qué no podemos hacer como el resto de parejas? ¿tan raros somos? ¿tanto me odia tu familia? Las ideas surgen poco a poco y minan la confianza de cualquiera hasta la soñada Nochevieja, última noche del año en la que todos los nuevos propósitos se harán realidad (el mío no creo que se cumpla, ya que ese tipo que empieza por zeta no creo que vaya a dimitir). En principio no está mal si tienes veinte años (vas a ligar a una fiesta de esas en las que nadie liga y todos terminan bastante ebrios)… si tienes más de veinticinco la cosa se complica y nos quedamos en casa haciendo nada.

Y es que hay que levantarse para otra sesión: la comida de Año Nuevo con la querida familia. Si la familia es pequeña no está mal: intentamos todos disimular y comportarnos más o menos bien para largarnos rápido de allí y contentar a la anfitriona (que suele tomarse muchas molestias, eso sí). Si la familia es un poco crecida, la cosa es más o menos igual: alguno no se cae muy bien y todos están pendientes de ellos y de los de más allá y hay primos que consideran que otros no dan el suficiente cociente intelectual para sentarse a la misma mesa que los otros y así un largo etcétera que convertirá el asunto en algo incómodo y susceptible de una nueva discusión.

Los reyes están bien: los hombres reciben corbatas y cinturones (original, sí) y las mujeres perfumes que no les suelen gustar. A mí nunca me regalan lo que quiero y, la verdad, tampoco creo que sea tan difícil encontrar un estanco en Madrid capital.

Eso sí, los niños viven esta época con ilusión y esas cosas. En estas fechas, me gustaría volver a ser un niño o tener otra familia o introducirme en una máquina del tiempo y hacer que pasen estas fechas rápidamente.

Ojalá, estimados lectores, sus navidades sean tan blancas como la camiseta del Real Madrid. Las mías más bien se parecen a una película de Bergman: no sé muy bien de qué tratan ni por qué alguien las ha puesto ahí, pero sé que al final de la película me quedaré con mal cuerpo.

No pretendí en ningún momento exponer una situación común, quizás pase solo en mi caso (aunque muchos me cuentan casos similares) y en las familias de los lectores reine la cordialidad y las sus mujeres se lleven de vicio con las respectivas suegras y el sol brille en todo su esplendor en sus Nochebuenas. Entonces, son ustedes afortunados. Los que tienen niños al menos pueden contemplar en sus ojos la ilusión por estas fechas, por ver a los primos y también descubrir los regalos de Reyes (ahora creo que también se está perdiendo esa tradición a favor de un tipo invento de la Coca-Cola que diseñó un irlandés dado a la bebida).

En fin, amigos, espero no haberles aburrido demasiado. De veras que les deseo unas felices Navidades.

Y como dice la moral antigua: acuérdense de los que lo estaremos pasando mal.

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