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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Papá Noel y la tercera república

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
sábado, 18 de diciembre de 2010, 01:16 h (CET)
He decidido enclaustrarme en mi fresquerilla (¿saben ustedes lo que era una fresquerilla? ¿La ha tenido alguno de ustedes?) hasta que pase el siete de enero. No, el quince. El veinte, mejor. Sé que no lo voy a poder cumplir, más que nada porque tengo callista uno de estos días, pero les juro que lo voy a intentar con todas mis fuerzas. La fresquerilla puede ser un poco estrecha, pero se está bien rodeado y si me mentalizo bien puedo resistir.

Les cuento que me niego a salir a la calle para no ver a Papá Noel. No he bebido nada más que mi habitual sanfrancisco (una vez un lector se me puso tonto y me llamó de todo: no sabía que mi bebida favorita no lleva alcohol y me criticó por dipsomaníaco) pero ese piojo reventón y sanguinolento se me aparece por todas partes. Voy a la farmacia y está allí; en la pescadería, en los taxis y autobuses de mi pueblo y en la casa de mil vecinos. En mil casas de mil vecinos. Le odio. Es un gordo, seguramente cervecero y salchichero, sometido a la obediencia de la multinacional del refresco más conocido para introducirse en nuestras vidas y comernos la voluntad disimulada y taimadamente.

Aparece colgado de ventanas, puertas y fachadas de toda la ciudad, asomando, trepando, subiendo, entrando. Siempre de extranjis, siempre tocando las narices. Conste que soy un firme defensor de la emigración, ordenada y controlada, de sus valores positivos y de su colaboración al enriquecimiento económico y social (sí, ya sé que algunos lectores me van a sacudir en la cocorota con todas sus ganas), pero a este extranjero no lo quiero, que se vaya, que se vuelva a su casa, que desaparezca. Es un extranjero contrario a nuestro orden y valores tradicionales, no le necesitamos, estorba, nos devalúa culturalmente convirtiéndonos en una extraña mezcolanza que desvirtúa las navidades españolas. Abajo Papá Noel.

Nosotros ya tenemos a los Reyes Magos, él es un personaje ajeno, no querido, un elemento decorativo redundante, innecesario y grotesco. A nosotros siempre nos han traído los regalos los Reyes Magos de Oriente hasta que nos creímos más listos, más rubios y, sobre todo, más ricos que los demás y necesitábamos una excusa banal para gastar dos veces cada navidad. E importamos a este payaso vestido de rojo. Me sucede con los papanoeleros como con aquellos personajetes que para parecer más intelectuales, cultos y elevados sueltan de vez en cuando algún palabro en inglés, qué nivel, Maribel.

No es que yo sea especialmente monárquico, la república me parece un medio natural de gobernarse (siempre y cuando se reinvindique la tercera, no la segunda bis, que es lo que quieren muchos supuestos republicanos) pero en este caso presumo que Papá Noel es un infiltrado republicano (probablemente pagado por Roures, Publiko y la Secta) dispuesto a cargarse la monarquía oriental que yo defiendo a capa y espada. Que vivan los Reyes, abajo Papá Noel. ¿Para qué le queremos, en qué le necesitamos, qué aporta, de qué sirve? Fuera este extranjero, fuera la colonización anglosajona, vivan nuestras tradiciones, viva nuestra cultura, abajo los extranjerismos.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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