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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Raíces profundas

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 17 de diciembre de 2010, 23:00 h (CET)
Muchas de las raíces existentes, los orígenes, son bien enrevesados. Los comportamientos y los hechos derivan de las CIRCUNSTANCIAS PREVIAS, inmediatas o alejadas en el tiempo, evidentes o solapadas. Con frecuencia nos limitamos a la observación de los acontecimientos sin parar mientes en los factores que influyeron en su desarrollo. El arrebato de un asesinato o la elaboración de acciones encomiables, responden también a bases muy recónditas. Los maquillajes encubridores no eliminan el protagonismo de los factores precedentes. Lo histórico más reciente significa una minúscula culminación; se trata de un hilo demasiado largo para menospreciarlo o para la pretensión de tenerlo domesticado.

Quizá por eso, las consideraciones simplistas, como anecdóticas, no pasan de una valoración momentánea; se asoman y desaparecen como un relámpago, sin una consistencia de mayor entidad. Los motivos para el apoyo parlamentario a un presidente o un gobierno ineptos ante la que está cayendo, la elección de un candidato sin perfiles concretos para gobernante, la convivencia con la pareja elegida o los nombramientos de los directores para unos colegios; nadie negará que arrostran numerosas ramificaciones para cada una de las opciones elegidas. El descuido no será aconsejable en dicho procedimiento si pretendemos la mejora de la TRAMA. El arrebato impulsivo se entrelaza con multitud de características, desacuerdos, silenciamientos, inquinas, querencias ocultas; no conviene ser simplista a la hora de una valoración de los resultados.

Uno de los orígenes misteriosos y sin trazas de que lo podamos comprender con precisión, radica en la inusitada EBULLICIÓN CEREBRAL, que no se detiene y se multiplica por el número de personas existentes. De entrada, nos encontramos con una fuente permanente de ideaciones, cambios, repeticiones y apariciones imprevistas desde el subconsciente; sería mucha afirmación pronunciarse sobre el conocimiento y el control voluntario de dichas actividades. Por lo tanto, no cabrá la confianza en ninguna reglamentación a ultranza para la canalización de esas funciones por derroteros convenidos. Hemos de contar con ese incontroloable ciclón, no es cuestión de reglas. Si acaso, de aproximaciones educativas para la convivencia con dichos impulsos. Es una labor que no se concluye, trabajosa y con exigencias. La deducción es evidente, si prescindimos de esa realidad y actuamos llenos de orgullo, sin la formación oportuna; el desbarajuste se intuye como permanente y azuzante.

La búsqueda de la seguridad, que nos permita estar tranquilos, suele flaquear al menos por dos motivos. Porque se busca paradójicamente a base de violentar a los demás, provocando el rebote consiguiente. O por el olvido del factor de AGITACIÓN y RIESGO, que se asienta en cada cuerpo y en cada cerebro. Eso nos vuelve vulnerables en la mayoría de las situaciones. Comienzo por la felicidad que se escabulle sin remedio, las vanidades caen por su propia consistencia, el amor tiene sus tropiezos diarios; la biología del cuerpo falla a la menor contingencia, los mejores inventos también se nos vuelven perjudiciales, y las mismas intenciones son ambivalentes, se convierten en maliciosas con las variables propias de la convivencia. Son reales las raíces frágiles y riesgosas que arrostramos. ¿Actuaremos en consecuencia? ¿Miramos hacia otro lado?

Somos capaces de creaciones magníficas expuestas a la visión general y de las más crueles maquinaciones, evidentes pese a los intentos de ocultación. Participamos de una ambivalencia fascinante y terrible a la vez. Los encontronazos son habituales, si las pegas quedaran sólo en ellos no sería malo. Por desgracia, cualquier detalle descuidado enciende la CHISPA de la VIOLENCIA, ha ocurrido siempre así, abusos de toda condición, opresiones, torturas, asesinatos, guerras y genocidios. Uno de los malentendidos nefastos deriva de la falsa creencia en la cultura como remedio; son cosas diferentes. La cultura genera convicciones exageradas hasta el fanatismo, exclusivismos, “ismos” en cualquier tonalidad política; con elaboración de formas más refinadas para los ejercicios violentos. ¿De qué sirven los razonamientos ante semejante reto explosivo? El contrapeso eficaz lo tenemos a disposición de cada persona; que no lo utilicemos e incluso lo desprestigiemos, es otra increíble y permanente realidad.

Los desfallecimientos, las equivocaciones y las intenciones perversas, son consecuencias lógicas entre tantas variables y posiciones enfrentadas. Los fallos y maldades surgen con profusión. De inicio, la responsabilidad es un rasgo cualitativo personal, aunque cuando confluyen, podemos referirnos a la responsabilidad colectiva. Uno esperaría de los cargos públicos, los puestos de mayor riesgo y los que exijan una gran delicadeza, que fueran ocupados después de una SELECCIÓN madurada con buenas razones; por lo menos atenuaríamos los desequilibrios graves y las malas actuaciones. No obstante, las carencias son evidentes en este campo; unos no quieren razones ajenas y otros no se preocupan de exigirlas. Ni tan siquiera intentamos con seriedad la selección de los sujetos con mejores aptitudes y mayor responsabilidad. Con estos panoramas, las perspectivas nunca serán halagüeñas.

Los ejemplos de tanta incertidumbre, jugadas fallidas y maquinaciones mal encaradas, hemos quedado que forman parte constitutiva de la existencia humana, estarán siempre ahí. Ahora bien, por fortuna disponemos de una cierta capacidad de RESPUESTA, resumida en 3 actitudes posibles. “Resignación” pasiva, con una renuncia explícita a la participación franca en la vida; lo que supone tanto como una anulación personal; no es tan rara esta postura como pudiera pensarse. Otros apuestan por “seguir el juego”, echando mano a cualquier recurso, con tal de lograr beneficios propios; cada uno de los prójimos y la comunidad, transformados en material utilizable; no hará falta la cita nominal de famosos, políticos, acaudalados y apoltronados representantes.

Por último, la tercera opción gira en torno a la elaboración de SOLUCIONES, decididas como personas, “con sentimientos e inteligencia”. La simple libertad de elección puede optar por acciones maléficas, es un hecho contrastado en la historia; la responsabilidad requiere de unas decisiones “en consonancia con lo que seamos”, bestias, animales intrascendentes, facinerosos o personas cabales. Se supone que albergamos ansias de mejora sustancial, aunque quizá esta sea demasiada suposición. El laureado Amín Maalouf escribió en el libreto de la ópera Adriana Mater, un verdadero alegato sobre estas soluciones entresacadas desde la vorágine ambiental. Cuando el hijo de una madre violada se dispone a vengarla y con ello matar a su padre, primero lo encuentra de espaldas y después comprueba que volvía ciego de la guerra; en esa tesitura renuncia a darle muerte. Vuelve con su madre, que resume la situación con estas palabras: “No nos hemos vengado, pero nos hemos salvado”. Fue una solución decidida desde las desgracias. ¿Hubiera sido mejor continuar golpe a golpe? ¿Fue la mejor solución? ¿En qué medida resulta decisiva la actitud de cada persona en particular?

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