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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Las etiquetas no son el problema

E.J Dionne
E. J. Dionne
viernes, 17 de diciembre de 2010, 07:49 h (CET)
WASHINGTON - El colectivo "No Labels", que celebraba su reunión inaugural esta semana en nombre del centro político, me llena de apasionada ambivalencia. Mi postura es de apoyo moderado y moderadamente crítica -- acentuada por un moderado matiz de cinismo.

¿Quién podría discrepar con un llamamiento a dejar a un lado "el partidismo baladí" y suscribir "soluciones prácticas"? Saludemos la insistencia del colectivo en "debates en contacto con la realidad". Demasiado revuelo político en estos tiempos está totalmente desvinculado de lo factualmente real. El apoyo en la realidad derrota al apoyo en fantasías.

Los activistas de No Labels también tienen motivos para sentirse repelidos por la sustitución del debate real con una variante virulenta del mote. Cuando un presidente de los Estados Unidos es atacado simultáneamente como "embustero de extrema izquierda" y "Nazi", en nuestro discurso hay en juego una enfermiza ausencia de raciocinio.

Y, caramba, la transparencia total me obliga a reconocer que en 1991, escribí un libro titulado "Por qué odian la política los estadounidenses" en el que ensalzaba "el gran centro estadounidense" representado por "la mayoría atávica".

"Este gran centro estadounidense se sintió engañado por nuestros políticos durante gran parte de los 30 últimos años", defendí. "En el progresismo vio un credo que degradaba sus valores; en el conservadurismo veía una doctrina que defraudaba sus intereses".

Todavía me siguen pareciendo correctas esas líneas, de manera que ¿qué problema tengo con estos tipos de la neo-mayoría atávica?

La dificultad básica se deriva de la falsa equivalencia que se establece entre nuestra "izquierda" actual y nuestra "derecha" presente. La verdad es que la derecha estadounidense está mucho más alejada de cualquier cosa que se pudiera describir con precisión como "el centro" que la izquierda.

De hecho, ya no hay más extrema izquierda de la que hablar. Hasta entre los socialistas -- me refiero a los de verdad -- casi todos reconocen ya los beneficios del mercado, sin proponer más la propiedad pública de los medios de producción y aceptando la inevitabilidad de las desigualdades de la riqueza y la renta. A lo que se oponen es a la aparición de desigualdades extremas que son antitéticas tanto con una democracia saludable como con una economía de mercado cuerda.

En el ínterin, secciones importantes de la derecha se han desplazado hasta posturas que Ronald Reagan no se atrevió a contemplar, o que abandonó en aras del realismo: financiar Medicare mediante vales, privatizar parte de la seguridad social, insistir en que el New Deal representaba una extralimitación inconstitucional, y eviscerar el impuesto de sucesiones y los tipos tributarios progresivos.

Tanto éxito ha tenido la derecha coaccionando el discurso que el plan sanitario del Presidente Obama, una redacción de las ideas intermedias Republicanas de hace 15 años, es condenado por radical. Su programa general y su retórica son más comedidos que los de Roosevelt, Harry Truman o Lyndon B. Johnson.

Todavía sigo comprometido con la moderación pero rechazo el culto al centro que define como bueno todo lo que se puede considerar bipartidista. Parte de los mismos centristas que hace unas semanas pedían iniciativas bipartidistas para rebajar de forma drástica el déficit ahora elogian el acuerdo tributario de Obama con los Republicanos, incluso si eleva ese mismo déficit alrededor de 900.000 millones. ¿Qué principio exactamente está funcionando aquí aparte de la fe en que cualquier acuerdo que cuente con la bendición Republicana es digno de elogio?

El problema central de los activistas de No Labels era expuesto por Ben Smith en el Político, destacando que abrieron su encuentro en Nueva York "con una única etiqueta brillando por su ausencia: Republicano".

Los pocos Republicanos presentes eran gente admirable desplazada de su partido por la derecha. Los congresistas Mike Castle de Delaware y Bob Inglis de Carolina del Sur perdieron las primarias este año, y el Gobernador de Florida Charlie Christ se presentó al Senado como independiente. Les acompañaban el alcalde de Nueva York Mike Bloomberg y el ex congresista y ex-semi-Republicano de Virginia Tom Davis, que rehusó presentarse al Senado en 2008 cuando el Partido Republicano prefirió elegir candidato a través de una convención destinada a estar dominada por ultra-conservadores.

La moderación, tan presente entre los Demócratas y el centro-izquierda, está tan ausente del seno del Partido Republicano y de la derecha que hasta conservadores convencidos como David Frum, el antiguo redactor de discursos de George W. Bush y co-fundador de No Labels, es un apóstata. Se precipitó demasiado al cuestionar la preparación de Sarah Palin y se atreve a pensar que los Republicanos tienen que ser serios al abordar problemas como la sanidad.

Los activistas de No Labels están a tiempo de ser una fuerza constructiva si nos recuerdan lo radical que se ha vuelto la derecha y ayudan a forjar una alianza entre el centro y la izquierda, la única coalición que puede detener de forma realista una forma aún más radical de conservadurismo. Pero tendrán que admitir que las etiquetas no son el verdadero problema. Es lo que las etiquetas tienen detrás.

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